Richard Mackenzie, médico, sobre el cortisol: “Hay que dejar de simplificarlo como la hormona del estrés; también moviliza nuestro combustible”
Longevity
El doctor Mackenzie, referente en salud metabólica, y el periodista especialista en salud Peter Walker publican el libro ‘Mucho más que el cortisol’ y proponen una nueva mirada sobre el estrés, el metabolismo y la longevidad saludable

Richard Mackenzie, investigador del metabolismo

Durante décadas, el cortisol ha arrastrado una reputación poco amable. Su nombre se ha convertido en sinónimo de estrés, agotamiento, ansiedad y enfermedad. Para muchos, es la hormona culpable de casi todos los males modernos. Todo un villano bioquímico. Esta visión es incompleta, y en cierto modo injusta. Sin embargo, la que señalan el doctor Richard Mackenzie y el periodista especialista en salud Peter Walker en su libro Mucho más que el cortisol, es más ambiciosa, y también con más matices. Se trata de comprender esta hormona no como un enemigo a erradicar, sino como una pieza central de la arquitectura metabólica humana.
Porque, como explican estos dos especialistas, no es la mera existencia del cortisol lo que acelera el envejecimiento y compromete la salud, sino el uso —o más bien, el abuso— que hacemos de este sistema biológico diseñado para ayudarnos a sobrevivir. Ambos han unido ciencia de vanguardia y experiencia clínica para responder a una pregunta muy de actualidad, ¿por qué vivimos más años que nunca, pero no siempre vivimos mejor?
Desmontar el mito del cortisol
Richard Mackenzie, profesor del Instituto de Medicina Cardio-Metabólica del Hospital Universitario de Coventry y Warwick, es una de las voces más respetadas en metabolismo, fisiología del ejercicio y endocrinología aplicada. Desde hace años insiste en que el envejecimiento no es solo una cuestión genética ni una cuestión de años cumplidos. Es, sobre todo, el resultado acumulativo de cómo nuestros sistemas hormonales y metabólicos responden —o se ven desbordados— por el estrés crónico.
Los datos lo respaldan. Estudios longitudinales muestran que los niveles de cortisol siguen una trayectoria en forma de U a lo largo de la vida: descienden en la veintena y treintena, se estabilizan en la mediana edad y aumentan de nuevo a partir de los 60 años. Ese repunte se asocia a una mayor secreción ante el estrés y a una menor capacidad del organismo para apagar la respuesta una vez activada.
Pero antes de alarmarse, Mackenzie hace una advertencia esencial, en declaraciones a LaVanguardia. “Hay que dejar de simplificar el cortisol como ‘la hormona del estrés’”. En realidad, explica, “yo lo describiría como una hormona con múltiples funciones en el organismo. Una de las más importantes es su papel en el metabolismo humano, proporcionando y movilizando combustible”.
Desde un punto de vista evolutivo, el cortisol ha sido clave para la supervivencia. Libera energía, aumenta la disponibilidad de glucosa y prepara al organismo para responder ante una amenaza. Sin él, nuestra especie no habría llegado hasta aquí. El problema surge cuando ese sistema, diseñado para activarse de forma puntual, permanece encendido de manera constante. Vivimos en un entorno que no permite bajar la guardia: presión laboral, hiperconectividad, falta de descanso, incertidumbre económica y emocional. “No es que el cortisol funcione mal; es que nuestro contexto lo mantiene activo sin tregua”, resume Mackenzie. No estamos ante una hormona defectuosa, sino que es nuestro contexto el que lo mantiene encendido de forma permanente.
No es que el cortisol funcione mal; es que nuestro contexto lo mantiene activo sin tregua
Metabolismo y estrés
Uno de los ejes clave de su investigación es la relación entre cortisol e insulina. “Mientras la función del cortisol es producir energía, azúcar, la función de la insulina es la contraria: almacenar azúcar. Así que se contrarrestan mutuamente”, nos explica Mackenzie. Cuando ambos sistemas están equilibrados, el metabolismo es flexible y eficiente. Pero cuando el cortisol se mantiene elevado durante largos periodos, la sensibilidad a la insulina se deteriora. A partir de ahí se desencadena un efecto dominó: aumento de la presión arterial, alteraciones en los lípidos en sangre, cambios en el colesterol y mayor riesgo cardiovascular.
Este enfoque resulta especialmente relevante en un contexto marcado por la epidemia de resistencia a la insulina, prediabetes y síndrome metabólico, patologías que afectan de forma creciente a la población sénior. Muchas de ellas no pueden entenderse sin incorporar el estrés crónico como factor central.
Estrés y envejecimiento biológico
Uno de los aspectos más innovadores del trabajo de Mackenzie es su aproximación al envejecimiento biológico, más allá de la edad cronológica. “Se han realizado varios estudios de cribado genético que demuestran que el cortisol elevado cambia la forma en que nuestros genes responden”, señala. Es decir, no solo envejecemos por cumplir años, sino por cómo nuestras células interpretan el entorno.
Aquí entran en juego conceptos como la epigenética y la longitud de los telómeros, biomarcadores clave de la longevidad. El estrés crónico puede alterar estos mecanismos, acelerando procesos asociados al envejecimiento celular.
La evidencia va más allá. Niveles elevados de cortisol se han asociado con una reducción del volumen del hipocampo, región fundamental para la memoria. Esto se ha observado tanto en personas con alzheimer como en adultos mayores sanos, y se relaciona con un peor rendimiento cognitivo. Es decir, el estrés sostenido no solo nos hace sentir peor, sino que deja huella en nuestra biología más profunda, acortando los años de vida saludable.

La importancia del eje HPA
En nuestro organismo, el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA) es el gran director de orquesta de la respuesta al estrés. Mackenzie aclara que “el proceso de envejecimiento se acelerará si se tiene una respuesta crónica elevada al estrés, no solo con cortisol, sino también con adrenalina y otros neurotransmisores”. Sin embargo, el eje HPA parece desajustarse con la edad. Estudios muestran que los adultos mayores pueden tener alteraciones en los ritmos diarios de cortisol y respuestas de estrés diferentes a los jóvenes, lo que podría contribuir a vulnerabilidades fisiológicas en la vejez.
E problema no es sólo el estrés, sino la imposibilidad moderna de apagar el sistema. En la sociedad actual se mantiene un estado de alerta en el que los depredadores, han sido transformados en notificaciones, plazos de entrega, compromisos sociales y diversas preocupaciones constantes. Todo ello nos mantiene en un estrés continuado que puede llegar a ser peligroso.
El proceso de envejecimiento se acelerará si se tiene una respuesta crónica elevada al estrés, no solo con cortisol
Peter Walker, corresponsal de The Guardian y reconocido comentarista sobre salud, recuerda un matiz esencial, “el eje HPA puede ayudarte a envejecer más, porque está ahí por una razón evolutiva. El estrés existe por una razón. Si un coche se dirige hacia ti a gran velocidad, el eje HPA te ayudará a apartarte. Eso significa que vivirás más tiempo de lo que lo harías de otra manera”.
No hay recetas universales
Lejos de fórmulas mágicas, Mackenzie y Walker insisten en que no hay soluciones universales para gestionar el estrés. Cada organismo responde de manera distinta, y la biografía personal pesa tanto como la biología. El estrés, concluyen, no es solo un problema individual, sino estructural.
Walker desmonta además otro mito habitual. “En términos del impacto metabólico del cortisol, es mucho más importante cómo fue tu infancia que si eres hombre o mujer”, indica. La exposición temprana al estrés deja una huella duradera en el sistema nervioso y endocrino. Eso no impide reconocer que las mujeres suelen estar más expuestas al estrés crónico por razones sociales y por una mayor carga de responsabilidades, lo que podría explicar la mayor prevalencia de algunas enfermedades inflamatorias.
El mensaje es claro, el estrés no es solo una cuestión individual, sino estructural. Walker indica que “no hay dos personas iguales. Nunca se puede decir que para una persona en concreto una cosa sea mejor que otra. En resumen, hay muchos estudios que demuestran que si se quiere mitigar el efecto del cortisol en el organismo, es bueno hacer más actividad física. En casi cualquier circunstancia, hacer más actividad física siempre será bueno para ti”.
Cómo modular el cortisol
Hasta la fecha, la herramienta más eficaz para regular el cortisol es el ejercicio físico, pero no de cualquier manera. Mackenzie relata el caso de una paciente con estrés crónico que entrenaba a alta intensidad. «El ejercicio no le reducía la carga mental; hacía justo lo contrario», explica.
La solución no fue entrenar más, sino distinto: caminar, escuchar música relajante, reducir la exigencia. El objetivo era disminuir la carga fisiológica del estrés, no añadir otra capa de presión.
Este enfoque personalizado conecta directamente con la idea de longevidad saludable. No se trata de acumular hábitos ‘correctos’, sino de encontrar aquellos que ayuden a apagar el sistema de alerta en cada persona, encontrar los que reduzcan la carga fisiológica del estrés en cada individuo.
Resiliencia metabólica: la clave para envejecer mejor
La resiliencia metabólica, es decir, la capacidad del cuerpo para adaptarse a los desafíos, emerge como uno de los conceptos más prometedores en la investigación actual. “El estrés crónico contrarresta la mayoría de las respuestas metabólicas positivas”, afirma Mackenzie, especialmente la sensibilidad a la insulina.
Cuando cortisol e insulina se mantienen elevados al mismo tiempo, el organismo entra en un callejón metabólico sin salida que acelera el envejecimiento. La idea principal que tratan de transmitir es que cuidar el estrés no es un lujo, sino una estrategia antienvejecimiento basada en evidencia. Porque, como recuerda Walker, “la esperanza de vida es cada vez mayor, pero el número de años que las personas viven con buena salud no aumenta al mismo ritmo”.
El futuro de la longevidad
Mackenzie reconoce que aún no disponemos de los mejores biomarcadores para medir con precisión el impacto del estrés en el envejecimiento saludable. Por eso, su investigación se orienta al análisis combinado de múltiples marcadores y al uso de inteligencia artificial para detectar enfermedades antes de que se manifiesten. El objetivo no es solo vivir más, sino vivir mejor los años ganados. Ajustar tratamientos, personalizar intervenciones y comprender, de una vez por todas, que el cortisol no es el enemigo.
Walker añade una reflexión esencial, que “el estrés no puede separarse del resto de hábitos; forma parte de un todo”. Además subraya que hay que diseñar nuestros hábitos saludables sin demonizar a esta hormona esencial. El objetivo es lograr una comprensión profunda, accesible y actualizada de cómo el estrés moldea nuestro metabolismo. Para así mejorar nuestro envejecimiento y, en última instancia, nuestra calidad de vida.



