Síndrome del nido lleno: hijos que no abandonan la vivienda… o que regresan a la morada familiar.
La crisis de la vivienda
Habitualmente, el síndrome del nido vacío causaba que los progenitores se entristecieran por la partida de sus descendientes: ante el síndrome del nido lleno, sienten inquietud por su estancia prolongada.

La difícil incorporación al sector de la vivienda y la inestabilidad de los vínculos afectivos repercuten en la cotidianidad de los grupos familiares.
Durante el año 2001, el cineasta galo Étienne Chatiliez lanzó el filme humorístico Tanguy ¿Qué hacemos con el niño?, el cual generó tanto risas como expresiones de meditación, quizás algo inquietantes. Tanguy, un destacado muchacho de 28 años, domina con soltura el chino y el japonés, ejerce como docente universitario y constantemente manifiesta a sus progenitores su gran afecto y la dicha que experimenta en el confortable piso parisino donde habitan juntos. ¿Qué persona desearía mudarse a otro sitio? Tanguy goza de una “suite” que incluye atención a la habitación, lavado de ropa y alimentación total, cortesía de su familia. Sus padres, a pesar de la actitud cariñosa que él les muestra, únicamente desean que se marche de casa y planean divertidas artimañas para complicarle la existencia de tal modo que opte por abandonar el hogar.
Esta obra humorística abordó un tema que angustiaba a numerosos progenitores: esa tensión entre el remordimiento y el anhelo de que los descendientes dejen el hogar de sus padres. El impacto de la película extendió en Francia la expresión “la generación Tanguy” para referirse a los comodones alérgicos a la emancipación.
Si un joven poseyera la seguridad de que su vínculo es sólido y permanente, se independizaría con su pareja y tratarían de encontrar la forma de prosperar.
Transcurrían las épocas animadas previas a la recesión, en las cuales era habitual mofarse de quienes no arrendaban un piso propio por estar más a gusto en la vivienda de su infancia. No obstante, en 2008, con el desplome financiero, el panorama se transformó. Y en los tiempos recientes las subidas vertiginosas e imparables de la vivienda han borrado nuestra alegría. Lo que era humorístico se volvió trágico.
Durante 2019 se filmó Tanguy, el regreso: el personaje principal, tras separarse a los 44 años, regresa con su hija a la vivienda de sus padres. Esta obra de humor agridulce evidencia que conseguir la autonomía no asegura conservarla para siempre.
Entre descendientes que demoran su partida y otros que vuelven, los padres que antaño experimentaban “el nido vacío”, esa melancolía que enmudece las viviendas tras el adiós de los hijos, ahora enfrentan el síndrome del nido ocupado.
Las dificultades al hallar una vivienda propia (y sus repercusiones)

En la actualidad, para un joven, dejar el domicilio familiar no es sencillo, aun sin ser un Tanguy o un nini. El Observatorio de la Emancipación detalla la complejidad: la paga media por mes es de 1.048,19€ y la renta de 1.072€. El balance no es positivo. Desde 2008, los ingresos de la juventud subieron un 10,8%, pero los arrendamientos se elevaron un 54%. El efecto es que el 74,5% de los empleados de entre 18 y 30 años habitan bajo el mismo techo que sus padres.
El especialista Fernando Pérez Río incorpora un componente extra, aparte de los elevadísimos costes de arrendamiento: la inestabilidad de los vínculos amorosos. “Si un joven tuviera la certeza de que su relación es estable y duradera, se emanciparía con su pareja y buscarían el modo de salir adelante, pero el problema es que la inseguridad en el vínculo es altísima”.
Incumplir con el pago de la renta propia tiene consecuencias. “A nivel psicológico existen unas necesidades básicas para el desarrollo de la autoestima, de la identidad y de las relaciones sociales. Una de estas necesidades es la de intimidad. En el desarrollo de las áreas de maduración nace la necesidad de tener un hogar propio. Alargar esto en el tiempo genera frustraciones, impotencia y emociones por no alcanzar metas; eso afecta a la identidad de la persona”, señala la especialista Francina Bou.
De acuerdo con la experta, el patrón educativo de las décadas recientes consiste en sobreprotector, lo cual provoca que los progenitores suelan hacerse cargo de su descendencia, aun cuando estos ya han alcanzado la madurez. “Antes los padres decían: ‘la vida es dura, tienes que espabilarte’, ahora el estilo educativo está orientado a la inmediatez y a que el niño no se frustre. Pero la felicidad depende en buena medida de conformar un espacio propio y tomar tus decisiones”.
Progenitores y descendientes recorriendo el mismo suelo que cuando los pequeños apenas gateaban. Bajo este escenario surge aquello que Pérez Río define como la infantilización silenciosa. Chicos con gran talento y formación que evitan las tareas domésticas, actuando como constantes Peter Pan bajo la protección de sus padres. “No tiene nada de malo vivir con los padres y se puede gestionar bien la convivencia responsabilizándose como un adulto de las tareas del hogar. El problema es cuando no se hace y el adulto se infantiliza”.
La triste vuelta a casa
Existen hogares que quedan desiertos tras grandes sacrificios para luego, tras un tiempo, volver a llenarse. Al igual que Tanguy, divorciado y con una pequeña, abundan los adultos que regresan vencidos por un quiebre sentimental, por la imposibilidad de costear una renta y por las dificultades de equilibrar la vida laboral y personal. “A los hijos les cuesta mucho volver, porque lo pueden vivir como un fracaso o como una pérdida de estatus o por el miedo a que eso signifique que involucionan en vez de evolucionar”, afirma la especialista Irene Santiago.
Para Bou resulta esencial profundizar en el rastro de fragilidad que acompaña a una ruptura. “En general, los humanos percibimos la vulnerabilidad como fracaso y no es así. Esta vulnerabilidad es un elemento que nos une a los otros, que nos sirve para comprender que cuando no podemos más contamos con personas que pueden sostenernos”.
El hijo o la hija regresa desalentado y los progenitores, con sus costumbres propias, deberán afrontar una situación nueva que no han elegido. “Muchos de ellos estaban tranquilos y felices solos. Son mayores y están cansados y es duro para ellos”, señala Pérez Río. En todo caso, estos retornos, que despiertan emociones ambivalentes, también funcionan, según Bou, para que se sientan “útiles y necesarios”.
El panorama se transformará de manera significativa según la realidad de los progenitores, ya que existirá una brecha profunda entre los padres que aún comparten el despertar y aquellos separados que inician el día junto a un tercero, sin parentesco directo con los recientes integrantes del hogar.
Edificando una renovada coexistencia.

Si lográramos subrayar con potentes focos un concepto que defina el contexto presente, ese sería “temporal”. Ha sucedido debido a una causa particular y se mantendrá solo por un lapso breve. Incluir este planteamiento en el discurso de la familia aliviará la presión.
Santiago señala que es preciso estar listos para cuando brote la discordia. Sin embargo, la confrontación no implica voceríos, agravios, golpes de puerta ni mutismos. “El conflicto es que tú eres tú y yo soy yo y tenemos que buscar una forma de encontrarnos porque no lo estamos haciendo. No se le ha de dar mayor importancia. Además, estas situaciones tienen su parte positiva: ayudan a resignificar los vínculos”.
Un punto de conflicto adicional lo constituirán los roces de antaño, aquellos que se ocultaron oportunamente para no ser vistos y que ahora podrían causar gran malestar. “En una vuelta a casa lo no resuelto emerge a la superficie. Lo que la distancia había puesto en pausa, se activa. Se ha de entender como una oportunidad para asentar nuevas bases”, sugiere Santiago.
La comunicación resulta fundamental, aunque no el discurso vacío, sino un nuevo acuerdo centrado en lo tangible. “No debe darse nada por hecho, se ha de explicar qué espero y qué aporto. Y, por supuesto, de las normas de convivencia: limpieza, ruido, responsabilidades económicas. También separar lo afectivo y buscar espacios de calidad. Es importantísimo verbalizar y no dejar pasar las desavenencias”, sugiere Santiago, quien además alerta sobre el doloroso engaño de convertir el cariño en mercancía. “Eso se ve mucho en consulta: ‘como yo pago esto o aquello, espero que me demuestres más cariño’. Esto causa dolor”.
En la actualidad de rentas prohibitivas y afectos inestables, la autonomía ya no constituye un avance lineal, sino un trayecto de ida y vuelta. Ya que, pese a que la responsabilidad de las llaves del hogar se perciba distinta a los 20 que a los 40, el umbral, por suerte, suele mantenerse abierto en la mayor parte de las circunstancias.



