Comer

Petición de disculpas a la doctora Marín, consuelo de alcohólicos

En su tinta

El alma mater de un comedor social singular y al que el Ayuntamiento ha dado la espalda

El capítulo anterior: La inteligencia y la capacidad de sufrir de los pulpos llegan al Congreso

La doctora Marín, con bastón y su pulsera de teleasistencia 

La doctora Marín, con bastón y su pulsera de teleasistencia 

Mané Espinosa

El día que la doctora Maria Lluïsa Marín conoció al cronista, lo primero que le dijo fue: “Yo también soy amiga de Eugeni Madueño”. No hacía falta, pero si hubiera habido alguna puerta cerrada entre la doctora Marín y el cronista, Eugeni Madueño habría sido la llave que abriría cualquier cerradura. El cronista está en Guyana Guardian gracias a él (“Oh, capitán, mi capitán”).

Los innumerables fallos que he cometido en el oficio son obra única y exclusivamente mía, pero si hay algún acierto se lo debo a su magisterio, que ya no ejerce (¡ay!) En este diario, pero sí en otros medios. Aprendí más a su lado durante mi beca que en los cinco años de carrera en Bellaterra. Puedo citar de memoria muchos artículos suyos, que leí (y sigo leyendo) embelesado.

El magisterio de Eugeni Madueño 
El magisterio de Eugeni Madueño LV

Uno de los textos que me señaló el camino lo publicó el 27 de febrero de 1988: Sor Genoveva, consuelo de yonquis. La segunda parte del título de esta crónica es un indisimulado homenaje a aquella crónica y a Eugeni Madueño, que entonces firmaba como Eugenio. He hablado mil veces con la doctora Marín, de 78 años, pero hace poco descubrí que ella es mi sor Genoveva.

Una sor Genoveva laica, pero que como la de mi gaviero ha dedicado su vida a los demás. Es un misterio que tengamos semejantes con una capacidad de amar y de entrega tan colosales, pero los milagros existen. Y los periódicos deberían abordarlos muchísimo más. Sor Genoveva (1923-2015) remaba en el mismo barco que Viqui Molins y que Maria Lluïsa Marín.

Otra escena de la protesta contra el Ayuntamiento 
Otra escena de la protesta contra el Ayuntamiento Mané Espinosa

En realidad, siempre supe que Maria Lluïsa es un ángel sin alas, aunque no me di cuenta hasta el pasado 27 de junio, en una protesta contra el Ayuntamiento de Barcelona. Allí estaba ella, con su silla de ruedas mecanizada y su pulsera de teleasistencia municipal (que olvidó quitarse para dejarla en casa, donde la debe llevar obligatoriamente por si necesitara ayuda urgente).

La fractura del peroné derecho, de la que afortunadamente se está recuperando, pero menos rápido de lo que ella quisiera, ha reducido notablemente su movilidad. Debería usar más la silla, sobre todo en la calle, pero durante la concentración de protesta se irguió y se mantuvo de pie con la ayuda de un bastón más tiempo de lo aconsejable. Todo por La Terrasseta, su Terrasseta.

Explica la doctora Marín, el alma mater de la oenegé Rauxa, que los alcohólicos que no se rehabilitan solo tienen cuatro finales y todos malos: “En la calle, muerto, en prisión o sin salud mental, entre otras patologías”. Cuando se especializó en reumatología en el hospital Clínic, descubrió que “los médicos acabábamos la carrera  sabiendo muy pocas cosas sobre las adicciones”.

Además de ejercer en la sanidad privada y de las guardias en el Clínic, aquella joven licenciada ayudaba a un jesuita que atendía a los sintecho en Barcelona. Ella no sabía qué les pasaba porque no planteaba las cuestiones correctas. Les preguntaba si bebían y cuando quienes estaban peor le decían que “lo normal” no repreguntaba qué era eso. Cuando lo supo, se cayó del caballo.

Cuando por fin le dijeron qué era normal, descubrió que el alcohol es la peor droga y la más accesible. Esa fue en 1989 la semilla de la que nació su asociación, Rauxa, una entidad altruista y multipremiada que atiende a personas sin hogar y esclavizadas por el alcohol. La alusión a la esclavitud no es una exageración. Los alcohólicos son enfermos. No beben por vicio.

Rauxa es una realidad poliédrica. Ofrece a los sintecho una furgoneta con literas, muchas veces la vía de entrada a sus pisos terapéuticos y talleres de formación, la clave de la reinserción sociolaboral. Su proyecto estrella, sin embargo, es La Terrasseta. Este comedor social de Gràcia ofrece comida saludable para personas vulnerables, pero hace algo tanto o más importante...

Cadenas invisibles

El alcohol activa el centro de recompensa del cerebro y desactiva el del raciocinio

La Terrasseta es una iniciativa tan singular porque su plantilla está formada por alcohólicos rehabilitados. Ellos mejor que nadie saben detectar si en la sala hay personas que están en el mismo infierno en el que estuvieron ellos y pueden encaminarles hacia Rauxa. Esta oenegé vive íntegramente de sus recursos,  de los donativos y del altruismo de los socios.

El Ayuntamiento ha retirado la subvención que el comedor recibía desde el año 2000. Ese dinero no cubría ni el importe total de los 160 menús que se preparan cada noche, pero era de  ayuda. Mientras haya un céntimo en sus arcas, La Terrasseta seguirá. Otros nubarrones, sin embargo, se ciernen en el horizonte. No todos los vecinos cierran ya filas a su alrededor.

La doctora Marín, acompañando a un usuario de La Terrasseta 
La doctora Marín, acompañando a un usuario de La Terrasseta M. Martín

Una escena resume la personalidad de Maria Lluïsa Marín. Hace unos días, un joven llegó a La Terrasseta, pero necesitaba hacer unos trámites en una calle a diez minutos a pie de allí. No sabía cómo ir y entonces ella, que tiene el peroné roto, 78 años y una silla de ruedas mecanizada que le han prestado y que a veces se le atraganta, dijo: “Ven, que yo te acompaño”.

Está convencida de que la fuerza de la razón se impondrá a la razón de la fuerza y espera que La Terrasseta siga siendo una tabla de salvación. No es fácil que algún día le pidan perdón por los sinsabores de estos días, pero el cronista sí debería disculparse. La conoce y sabe que no le gusta ser la protagonista. “Los protagonistas son ellos”, dice siempre. Y señala al comedor.

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