Opinión

Yongmao y Chengiao

Opinión 

Trato de encontrar una fotografía de Yongmai Ji, el propietario de Vivari, y la única que aparece en las redes sociales es borrosa y de dudosa autenticidad. Y ante la duda, me pongo en manos de la IA, que dicen que es infalible por su capacidad de adentrarse en las sombras más impenetrables, pese a estar custodiada por mentes no artificiales y menos inteligentes. Tras varios intentos, sigue sin aparecer una imagen clara de un hombre que es propietario de un negocio de más de 150 establecimientos repartidos por Barcelona que, más que beneficiar la marca de una ciudad, la está desvirtuando. 

Tanto misterio alrededor de un empresario inidentificable solo despierta dudas sobre la legalidad de sus negocios. Si Yongmai Ji es un hombre sin rostro, a su socio Chengiao parece que se lo haya tragado la tierra.

No muy lejos de donde vivo cuatro días a la semana, han abierto un nuevo Vivari. Otra rareza debido a la proliferación de un negocio que tiene instalados dos locales más en un radio que, medidas y multiplicadas las longitudes, no abarcaría más de diez mil metros cuadrados. Entiendo que el sueño de todo empresario sea lograr el monopolio y la obligada sumisión del ciudadano, pero en una urbe como Barcelona, en la que cuesta tanto levantar proyectos por culpa del laberinto burocrático al que suele someter el ayuntamiento a los emprendedores, sorprende la facilidad con la que Vivari inunda la ciudad de locales cuya oferta es de una loable vulgaridad.

Panadería Vivari con degustación en Barcelona
Panadería Vivari con degustación en BarcelonaVivari

El nuevo local del barrio de Sants abarca 530 metros cuadrados y tiene la virtud de ser el más grande de Barcelona. Nada nuevo. La amabilidad estética de los locales Vivari, amantes del minimalismo prosoviético 2.1, armoniza a la perfección con la ordinariez de su oferta. El nuevo Vivari está situado en la antigua sede de Dincat, una entidad sin ánimo de lucro dedicada a la atención y promoción de la calidad de vida de las personas con discapacidad intelectual. El signo de los nuevos tiempos. Estética en favor de la ética.

Vivari es una ofensa para una ciudad que se jacta de tener la mejor oferta pastelera de España y con razón. Lamentablemente, no es la única cadena del sector de las bakery&coffee low cost – en inglés, of course - que están matando los negocios de proximidad, las pastelerías, panaderías y cafeterías que tratan sobrevivir reivindicando la calidad y la tradición como únicas armas de futuro. Vivari, por supuesto, funciona como un rodillo, auspiciado por una clientela sin criterio, a la que le da igual comer un croissant apelmazado, que comprar una barra de pan con la miga con aspecto y sabor a serrín, y elaboradas con harinas refinadas y de difícil digestión. Si la salud es lo primero, como nos repiten incansables nuestras doctrinarias autoridades, lo barato sale caro.

“El secreto del éxito”, me digo, “quizás se halla en la vulgaridad”. Eso sería normal en la sociedad de ultra consumo en la que vivimos, si no fuera por la cantidad de demandas que coleccionan los misteriosos Yongmao y Chengiao por parte del Gremio de la Restauración. La oferta de muchas de estas macropanaderias -y Vivari es il capo di tutti i capi-, es inodora y de una picardía que raya el insulto, y si a eso le sumas el trato que reciben sus trabajadores, la mayoría, miembros de la última de la última ola migratoria, tenemos dos problemas. El Estatuto de los Trabajadores está para cumplirlo.

Los asuntos meramente burocráticos, los respectivos a la legalidad y la ilegalidad, deberían ser responsabilidad del ayuntamiento, pero Vivari y otras cadenas se expanden como el aceite de colza por esta ciudad, por lo que se ve, en la que no todos somos iguales ante la ley.

Lo único que puedo hacer como ciudadano, es quejarme. Y sé, que algunos me dirán, no sin razón que, con no ir y elegir otro lugar, el asunto está solucionado, y siguiendo un diálogo que podría alargarse hasta el fin de los tiempos, les preguntaría al final: pero si no somos exigentes ahora, ¿en dos o tres años qué otra opción nos quedará como clientes? Quizás la respuesta final sea la de quedarse en casa. A mí, que soy barcelonés de pura cepa y un català emprenya t de manual, me molesta que la ciudad esté cayendo en la vulgarización por culpa de negocios cuya fácil proliferación despierta -por habituales- sospechas razonables.

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