María Florencia Mainet, reclutadora para yates de lujo: “Subimos y bajamos escaleras todo el tiempo; es físicamente exigente”
Yate
De dejar un trabajo administrativo a vivir a bordo de yates de 95 metros: así es la vida laboral en la industria del lujo marítimo y las oportunidades que ofrece.

María Florencia Mainet junto a un yate

Durante años, María Florencia Mainet llevó una vida estable en Argentina. Trabajaba como administrativa, tenía un sueldo fijo y un futuro previsible en La Plata. Sin embargo, esa estabilidad no era suficiente. “Podía ver con bastante claridad cuál iba a ser mi futuro si me quedaba ahí… y no era la vida que quería para mí”, explica al recordar el momento en el que decidió cambiarlo todo.
Graduada en Turismo y con una fuerte inquietud por viajar, en 2018 optó por romper con la rutina y buscar una alternativa fuera de su país. “No me gustaba ni mi trabajo ni la vida que ese trabajo me ofrecía”, reconoce. Ese salto al vacío la llevó a una industria tan desconocida como exigente: la de los yates de lujo.
De la oficina a la vida a bordo
El cambio no fue sencillo. Florencia admite que tuvo miedo al fracaso, a la soledad y a perder la seguridad que había construido durante más de una década. Aun así, pesó más el deseo de vivir de otra manera. “No quería quedarme en una rutina aburrida, sin desafíos y sin crecimiento. Para mí era mucho más emocionante vivir persiguiendo un sueño”, afirma.

Desde entonces, ha trabajado y vivido en países como Grecia, Estados Unidos, el Caribe, África y distintos puntos de Europa. Esa experiencia le dio algo más que kilómetros recorridos: “Hoy en día me animo a arriesgar más, porque tengo mucho menos miedo que antes. Hacer lo que hice me dio una seguridad que pocas cosas en la vida te dan”.

Cómo es trabajar en un yate de lujo
La vida a bordo combina glamour y una gran exigencia. Florencia, que actualmente ejerce como jefa de azafatas y reclutadora, explica que las jornadas cambian mucho según haya huéspedes o no. Con pasajeros, el ritmo es intenso: organización de comidas, bebidas, actividades y atención constante a cada detalle.
Cuando el yate está vacío, el trabajo se centra en la limpieza, el mantenimiento y la preparación para la siguiente travesía. La tripulación se divide por departamentos —interior, cubierta, máquina, cocina y puente— y cada uno cumple un papel clave. En el caso de las azafatas, la exigencia es alta: orden, discreción, organización y orientación absoluta al servicio.
“El trabajo es físicamente duro. Subimos y bajamos escaleras todo el tiempo; es físicamente exigente, pero te mantiene en forma”, explica Florencia sobre una rutina que se desarrolla en barcos de varios pisos.

Sueldos altos y requisitos claros
A pesar del esfuerzo, la compensación económica es uno de los grandes atractivos del sector. Una azafata sin experiencia puede ganar unos 2.500 euros al mes, mientras que perfiles técnicos como chefs o ingenieros superan los 6.000. A eso se suman ventajas clave: alojamiento, comida, seguro médico y vuelos cubiertos, además de propinas que, en grandes yates, pueden alcanzar cifras muy elevadas.
Eso sí, no es un trabajo para cualquiera. El dominio del inglés, la experiencia en atención al cliente y una formación específica son fundamentales. Florencia advierte de uno de los errores más comunes: “El principal error es el currículum. Tiene que estar hecho específicamente para yates, porque es tu carta de presentación”.
“Este trabajo puede cambiar vidas”
Con los años, Florencia no solo transformó su propia vida, sino que empezó a ayudar a otros a dar el mismo paso. Hoy asesora y recluta a personas interesadas en entrar en la industria náutica de lujo. Está convencida del impacto que puede tener esta salida profesional: “Este trabajo puede cambiar vidas y ayudar a muchas familias”.
Su historia resume una idea clara: salir de la zona de confort da vértigo, pero también abre puertas a experiencias y oportunidades que, desde una oficina, parecen inalcanzables.