mantengo una discusión recreativa con mi amigo el arquitecto Carles Guiral porque no recuerdo cuál de nuestros queridos profesores de literatura nos hizo leer Gran Sol , la novela de Ignacio Aldecoa. Tuvimos la suerte de que, cuando estudiábamos, la literatura ocupaba un lugar central en el currículum. Aprendimos un montón de cosas: muchas de ellas no tienen relación con nuestro trabajo, pero nos proporcionaron un bagaje que hubiera faltado con una formación más utilitaria. De chicos leímos algunas obras fundamentales: Industrias y andanzas de Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio, Primera memoria de Ana María Matute, Fin de fiesta de Juan Goytisolo y Gran Sol de Ignacio Aldecoa. Llegamos a la conclusión de que Tiempo de silencio de Luis Martín-Santos la leímos por nuestra cuenta siguiendo la recomendación del profesor Manuel Navarra. Yo pensaba que había sido Navarra quien nos descubrió estas maravillas. Pero me entran dudas y le pregunto a Carles: “¿Alguno de estos libros no nos los hizo leer Antonio Bizcocho?”
Qué cosas aprendes de chico. Antonio Bizcocho era sevillano. A raíz de las migraciones de los años cincuenta y sesenta conocíamos a muchos andaluces. Pero pocos como Antonio, que tenía un aire señor, estilo Antonio Gala. Hablaba con un acento dulce y muy buena dicción. De pequeño estuvo enfermo de polio. Andaba arrastrando la pierna y llevaba bastón. Me impresionó mucho saber que no sé si su hermano o su primo era un jugador del Betis que se llamaba Francisco Bizcocho. ¡Uno con polio y el otro lateral de primera división! El pobre hombre fue el encargado de darnos las primeras clases de educación sexual, en una época en la que se hablaba poco del tema. Recuerdo que nos contó que los niños nacían de un intercambio de flujos. Y yo con una mezcla de inocencia, tontería y espíritu provocador le pregunté que si los flujos se intercambiaban –en principio en dos direcciones– por qué los hombres no tenían niños. Me miro con cara de ay mi madre. Como yo insistía, llegó a ponerse muy incómodo y se me quitó de encima a cajas destempladas. Ahora pienso que la inocencia, la tontería y el espíritu provocador me han acompañado toda la vida.
No sé si su hermano o su primo era un jugador del Betis: Francisco Bizcocho
Manuel Navarra era un tipo exuberante. Un vez que se montó una fiesta en la escuela, Roderic de los calzados Vilarroya de la rambla del Poblenou y sus amigos dieron un concierto de rock progresivo. A continuación, Manuel subió al escenario y se marcó un solo de batería que nos dejó boquiabiertos. Años después, en una sesión del Servei d’Ensenyament del Català me lo encontré de alumno. Se estaba reciclando para dar clases de literatura en catalán, además de las de literatura castellana, que le salían bordadas. Qué impresión hablar delante de aquel hombre sabio al que tanto admiraba. Ya me he zampado el artículo y no he dicho nada de Ignacio Aldecoa. Será la semana que viene.