En un vuelo reciente desde Bruselas me entretuve en contar a los viajeros que iban leyendo, en dos paseos hasta los lavabos, el del morro y el de la cola del aparato. Resultado: tres pasajeros estaban concentrados en libros físicos, dos leían en artilugios electrónicos y un solo caballero sostenía un periódico de papel, en francés. La mayoría del pasaje veía películas o se entretenía con juegos en sus dispositivos o bien dormitaba mientras el Boeing surcaba el anochecer. No será un método demasiado científico pero a ojo de buen cubero parece que sí, que el hábito lector mengua (el 35,9% de los españoles no lo hace jamás). Las apreturas de Ryanair tampoco propician la lectura.
Siempre hubo dos maneras de arrimarse a los libros. Se atribuye al poeta romántico inglés Samuel Taylor Coleridge la distinción entre cuatro tipos de lectores: el lector esponja absorbe todo lo que lee y lo devuelve “más sucio”, sin haberlo procesado; el reloj de arena no retiene nada y se contenta con ir pasando páginas para matar el tiempo; el lector colador al menos conserva los sedimentos, lo superficial; y los lectores diamante, tan raros como valiosos, quienes criban y sacan el máximo provecho de cuanto leen. Tiempo después, el escritor C. S. Lewis, autor de la saga Las crónicas de Narnia , subsumió las cuatro categorías de Coleridge, en el ensayo La experiencia de leer (Alba), jibarizándolas en solo dos: quienes ven la lectura como un entretenimiento momentáneo y quienes leen buscando nuevas capas de significado, con el propósito de ensanchar su percepción del mundo.
La inteligencia artificial está transformando la relación de los humanos con los textos
En las últimas décadas ha cambiado drásticamente la naturaleza de la lectura, al menos como la entendíamos en su ideal clásico: de una manera intensa, prolongada y de principio a fin del libro. Ahora se leería de forma más fragmentaria, en un esfuerzo constante contra la tentación de YouTube o Netflix, o bien mediante el recurso de podcasts y audiolibros. Algunos autores vaticinan que la irrupción de la inteligencia artificial (IA) supondrá incluso el fin de la lectura tradicional. Este verano, el escritor y periodista Joshua Rothman publicó en The New Yorker un artículo titulado What’s happening to reading? , donde introducía la idea del “paréntesis de Gutenberg”, en el sentido de que el dominio de la cultura impresa habría sido un periodo relativamente breve en la historia de la civilización y ahora los medios digitales estarían llevándonos hacia una cultura más oral o conversacional.
El autor entiende los algoritmos de la IA como “máquinas lectoras” capaces de procesar cantidades inmensas de textos, detectar patrones y, a su manera, conectar ideas, habilidades estas que podrían favorecer el hecho de que los lectores acaben por pedir versiones más cortas o escritas en un lenguaje más claro. ¿Se acabará escribiendo para la AI? ¿Se formarán comunidades rebeldes de “lectores profundos”? ¿Democratiza el chatbot el acceso a textos difíciles o clásicos? No me atrevo a apostar, pero el debate está servido.