
Sexo, muerte y política: emerge una nueva Mesalina
BLUES URBANO
Muchas personas nacidas en la segunda mitad del siglo XX se formaron su idea sobre el emperador Claudio y de su esposa Mesalina a partir de la serie de la BBC Yo Claudio (1976). Los episodios estaban basados en la extraordinaria novela homónima de Robert Graves publicada en 1934, a la que siguió, en 1935, Claudio, el dios, y su esposa Mesalina .
Tanto en los libros como en la serie, el emperador que sucedió a Calígula nos era mostrado como un tipo culto y entrañable que llegó al trono por estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, mientras que Mesalina aparecía representada en su papel habitual de depredadora sexual, pero también como una mujer inteligente y sarcástica.
Por todo ello, son una legión en el mundo los aficionados y aficionadas a la Roma antigua deseosos de contrastar con la opinión e otros autores la imagen que Graves y la BBC (inolvidables Derek Jacobi y Sheila White en los papeles principales) proyectaron sobre la célebre pareja. Son entusiastas de las historias de romanos que ven en cada novedad editorial la oportunidad de regresar a los apasionantes días del imperio decadente.
En este contexto, es muy relevante que la joven historiadora británica Honor Cargill-Mar tin se haya atrevido a escribir una extensa biografía de la huidiza emperatriz (hay muy poca información sobre ella), Mesalina , que acaba de publicar ahora Edhasa en castellano.
La biografía subraya la vocación política de la emperatriz, aunque fuera criminal
Historiadoras contemporáneas como Mary Beard ya han puesto en cuestión algunos episodios en los que los biógrafos clásicos (Juvenal, Suetonio y Tácito) cimentaron la fama de ninfómana de la emperatriz; en especial, su supuesta competición con una prostituta para ver cuál de las dos practicaba sexo con más hombres en una sola noche o su cacareada afición a prostituirse en burdeles de mala muerte de Roma.
Para Beard, en cambio, el presunto desorden moral de Mesalina fue usado (incluso después de muerta) por sus enemigos para combatir su estatus de mujer poderosa.
Cargill-Martin comparte este argumento de Beard y lo extiende al resto de la trayectoria vital de Mesalina, poniendo sobre todo el acento en el instinto político de la emperatriz, que desarrolló incluso antes de la entronización de su marido. Sugiere así que Mesalina fue muy hábil al movilizar sus contactos familiares para evitar que Claudio cayera en desgracia en la turbulenta era de Calígula.

Dado que, por su condición de mujer, Mesalina no tenía acceso a las decisiones de gobierno, la emperatriz se sirvió de su red de relaciones con hombres influyentes, como el liberto Narciso o los senadores Lucio Vitelio y Publio Suilio Rufo, para ejercer algún tipo de poder real. Hasta el punto de que algunos senadores competían para honrarla. “El que pensaran que tales esfuerzos valían la pena –sostiene Cargill-Martin– da testimonio del poder que percibían en la emperatriz, así como, tal vez, de la popularidad de que disfrutaba en las calles”.
La autora rebate mitos como que la emperatriz se prostituyera en burdeles
Más allá de la afición de Mesalina a las aventuras sexuales –que la autora no niega– se apunta en el libro que la emperatriz usaba sus citas amorosas como una ocasión para persuadir a personajes que podían ayudarla en sus fines políticos: “Mesalina era joven y hermosa, y los hombres siempre han hecho estupideces por sexo”. Cuando un hombre se acostaba con la emperatriz, además, su destino quedaba ligado a ella: “Un examante no podía atacar a Mesalina sin destruirse en el proceso”.

El hecho de que usara su belleza para influir en la política, es decir, que intrigara dentro de las estructuras más clásicas del patriarcado, descarta a Mesalina, según Honor Cargill-Martin, como un modelo feminista. Tampoco se la puede rescatar por su bondad porque fue una emperatriz tramposa y cruel que instigó la tortura y la muerte de sus adversarios.
Pero sí concluye la escritora que la información de que disponemos sobre ella, una vez destilada la misoginia de los historiadores clásicos, permite concluir que Mesalina fue una mujer “poderosa, interesante, audaz, innovadora e inteligente”.
Trump y los emperadores
Honor Cargill-Martin no cree que los clásicos sean vitales para comprender el presente, pero sí interesantes. En este contexto, con mención a la América de Donald Trump, advierte que “no debemos subestimar el poder del temperamento personal, del amor, de la lujuria, de los lazos familiares, de los celos, de los prejuicios y del odio como motores del cambio histórico real”. También asoman resonancias trumpistas (implícitas) cuando se describe la reforma ostentosa y caótica que hizo Calígula de su palacio.
Las improbables salidas al burdel
La autora británica ve inverosímil la historia difundida por Juvenal (contemporáneo de la emperatriz y de Claudio) de que Mesalina cumplía con la fantasía sexual de prostituirse en burdeles de Roma. Honor Cargill-Martin ve inverosímil que la emperatriz pudiera burlar la fuerte guardia de palacio, así como mantener su anonimato siendo una figura muy conocida por estar representada en estatuas, pinturas y monedas. Recuerda que otras mujeres poderosas, como Cleopatra, fueron también tildadas de prostitutas.
Una vida eclipsada por el sexo
La vida sexual de Mesalina ha eclipsado a lo largo de la historia cualquier otro rasgo de su personalidad, concluye la historiadora Honor Cargill-Martin. El cóctel de belleza, dinero, lujo y sexo era demasiado sugerente para que no se proyectara “en cuentos morales renacentistas, melodramas victorianos y películas porno de los años 70”. ¿Y Robert Graves? La autora cree que el historiador describió a una Mesalina villana, mala madre y mala esposa, pero también humana, inteligente, racional, divertida y maquiavélica.
