Las Claves
- David Uclés gana el premio Nadal en su undécima candidatura tras participar casi anualmente desde los veinte años de edad.
- El autor relata su experiencia desde el
Hace un año redacté mi primer relato acerca del premio Nadal. En esta ocasión, este sitio que tanto aprecio y que me brinda un trato excelente, Guyana Guardian , me ha encomendado la labor otra vez. Por ello me hallo, en la noche de este 6 de enero, refugiado en un cuarto de baño con un portátil y ubicado encima de la tapa de un sanitario, en vez de participar en el festejo con los demás concurrentes en esta entrega donde conozco directamente a la persona premiada. Os solicito que no aguardéis una redacción refinada o perfecta, dado que es la agitación emocional la que mueve mis dedos, y no otra cosa, en lo que constituye casi un acto de creación literaria instintiva.
Nos hallamos en el Palace de Barcelona. Me rodean marcos dorados, lámparas de cristal y manteles variados –o así era hasta que decidí resguardarme en este cuarto de baño–. No suelo disfrutar de la ornamentación excesiva, pero se siente apropiada para la madrugada en que los Reyes Magos regresan a Oriente dejando sus obsequios. Yo he obtenido un único presente: un pequeño y simple cuadrado de madera. Es verdaderamente precioso, y lo había anhelado durante años. Tomo el móvil, evitando que caiga la computadora, y rastreo en mis mensajes el momento de mi penúltima candidatura a este galardón: el 27 de septiembre del 2020. Había estado participando casi anualmente desde los veinte; a ratos con la misma obra corregida, otras veces con relatos nuevos ya traspapelados. Bien podría asegurar que: ¡a la undécima va la vencida!
Me encuentro en este lugar, la noche del 6 de enero refugiado en un baño con una computadora.
Más allá de los tonos dorados, existe un piano prohibido al público que, impulsado por la emoción, solicité interpretar. Yo, un individuo cualquiera, reclamando al Palace que me permitiera golpear las teclas de su costoso instrumento de cola. Mi compañero más cercano me aconseja que abandone esa idea de que carezco de importancia. Sin embargo, al visualizarme, continúo percibiéndome en el campo de olivos, próximo a mi familia y al silencio del entorno natural, donde uno, para bien o para mal, no se percibe como alguien relevante. Asimismo, mantengo esa existencia errante e inestable desde hace cerca de veinte años: viviendo arrendado y en un eterno traslado de hogar.
Me autorizan y alzo la cubierta del instrumento. Interpreto The times they are a-changing . Resulta bella, con aire navideño, me produce gran alegría y es simple. La interpretación de Nina Simone, que sobrepasa a la inicial. Me rodea una multitud: personas a las que amo y otras a las que todavía no he podido estimar. Poseo afecto para todos; me resulta difícil no amar. Dios me preserva esa cualidad, aunque es, simultáneamente, una flaqueza, y algo que, sospecho, muchos no logran tolerar.
La vez previa que intenté conseguir el Nadal ocurrió en 2020: esta undécima tentativa terminará por ser la triunfadora.
Gran parte de la gente entona el tema cerca de mí. Me valgo de las melodías para reposar sobre el piano mientras mi alma se eleva y, al igual que el ciclo anterior, me traslado al pasado, aunque ahora lo hago voluntariamente. Transito por las estancias del hotel entre los asistentes y comienzo a percibir el transcurso de las décadas, observando cada gala previa. Este galardón literario, el de mayor trayectoria nacional, se ha otorgado sin pausas durante más de ochenta años. Paso de largo ante los numerosos varones que lo obtuvieron hasta divisarlas a ellas al final de la estancia mayor, compartiendo un asiento: cinco premiadas con los párpados sellados y semblante sereno. Oyen la música mientras sus lágrimas caen. Son conscientes de que, al cesar las notas, se esfumarán nuevamente: Carmen Laforet, Elena Quiroga, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute y Rosa Regàs.
Conmovido, les pido que me aguarden, ya que en unos años y debido a este galardón me fascinará poder estar a su lado –si me lo conceden, aunque sea por un momento corto– para oír las melodías que otros visionarios interpretarán para nosotros desde el porvenir.


