Cultura

La derecha ama a Pasolini

Una figura disputada

Los simpatizantes de Meloni rescatan la representación del teórico marxista: “Era conservador”

Pier Paolo Pasolini rodando en Roma en 1962 La Ricotta con Orson Welles

Pier Paolo Pasolini rodando en Roma en 1962 La Ricotta con Orson Welles

Bettmann / Getty

Dentro de una estancia del Senado italiano se organiza una convención con un nombre muy revelador: “Pasolini conservador”. Efectivamente, se trata de él: aquel autor antifascista, gay y marxista, fallecido hace 50 años, después de un largo periodo de humillaciones y agresiones debido a sus ideas y a su “estilo de vida”. Quien preside el acto es el titular de la Cámara Alta, Ignazio Benito La Russa, segundo cargo más importante del país, creador de Hermanos de Italia, quien guarda con satisfacción una escultura de Mussolini en su hogar y menciona el “Panteón”: no aquel que se sitúa en este lugar, sino el vinculado a los modelos culturales de la derecha –la radical– transformada, justamente, en facción conservadora.

El sector derechista en el poder, buscando continuamente figuras culturales de prestigio, menciona con mayor frecuencia a Pier Paolo Pasolini, quizá el pensador de Italia más relevante de la centuria pasada: de ideología marxista, aunque poco convencional, resultó apartado del Partido Comunista Italiano durante 1949 debido a “indignidad moral”, luego de la polémica suscitada por su orientación sexual. Y, en consecuencia, “hay algo nuestro”, se escucha comentar a los asistentes del evento. Transcurridos quince días, en Atreju —el festival juvenil de la formación de Meloni, denominado así por un protagonista de La historia interminable— la imagen del autor figura en un mural de “las hegemonías que nos gustan”, al lado de Gabriele D’Annunzio, Simone Weil, Gennaro Gattuso, técnico del combinado de fútbol, e incluso Charlie Kirk, el líder afín a Trump que murió el anterior septiembre. Vínculos bastante artificiales, sobre todo este último, al relacionar a un creador declaradamente gay con un militante contrario a la homosexualidad. El máximo responsable de la comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, Federico Mollicone, afirma: “Pasolini estaría honrado, era un Kirk superior, que se enfrentaba con los estudiantes de derechas”.

Los sectores posfascistas retratan al director como un intelectual contrario a la Ilustración e incluso lo asemejan a Kirk.

Sin embargo, esta tendencia no es reciente. Al investigar los registros, el comienzo de este análisis acerca de Pasolini se sitúa en 1989, momento en que Lodovico Pace, quien dirigía el área cultural del Movimiento Social –la formación surgida de los restos del fascismo– coordinó en una sede unas jornadas dedicadas al pensador comunista. “No fue algo sencillo y provocó muchas críticas; al fin y al cabo, Pasolini era ridiculizado en la prensa de derechas y fue agredido en la calle por algunos militantes”, rememora durante una charla por teléfono Umberto Croppi, quien fungía como líder del MSI en aquel tiempo pero se alejó de la organización al empezar la década de los noventa. En la publicación oficial del grupo, Il Secolo d’Italia , se inició una discusión y el mismo Croppi redactó una columna llamada: “¿Y si fuera reaccionario?”.

Un desafío, desde luego, “pero también una forma de responder a lo que entonces se decía en mi entorno sobre Pasolini: primero, que no era un corruptor de menores, sino un educador; y, sobre todo, que sus ideas eran revolucionarias en el sentido de la ruptura, pero su visión del mundo era antiprogresista y antimodernista y, por tanto, reaccionaria”.

Aquel debate ahora reaparece “porque la derecha de gobierno necesita reconstruir un Panteón, llegando a una evidente instrumentalización –añade Croppi–. El marco es la operación de marketing político que Meloni inició cuando entendió que podía aspirar a gobernar: girar hacia el conservadurismo. Una clave que le permitió salir del soberanismo a lo Orbán, pero que es exactamente lo contrario de lo que profesaba en la juventud. Así nace este gran minestrone que lo mezcla todo, de Prezzolini a D’Annunzio, y en el que acaba entrando también Pasolini”.

El poema El PCI a los jóvenes, del año 1968, mediante el cual arremetió contra el alumnado que había confrontado a las fuerzas policiales, posicionándose a favor de los oficiales –considerados descendientes de la clase obrera– (“Cuando ayer en Valle Giulia os peleasteis con los policías, yo simpatizaba con los policías”), representa una postura desafiante, aunque bastante más estructurada de lo que se ha expuesto durante casi seis décadas, y que los líderes de centroderecha suelen evocar después de cada protesta de estudiantes. “Al fin y al cabo, cada cual toma de la obra de Pasolini lo que le conviene: retazos de frases, fragmentos de poemas, plegando los argumentos pasolinianos a sus propias lecturas interesadas y distorsionando su sentido”, afirma el historiador Giovanni De Luna.

Muestras de admiración por ese poema provinieron asimismo del Movimiento Social, relata Flavia Perina, periodista y directora de Il Secolo d’Italia y, tras el cambio “constitucional” del MSI, diputada de Alianza Nacional: “Aquellas palabras se convirtieron en un apoyo de alta calidad, también en el debate interno, dado que los jóvenes cuestionaban las posiciones securitarias del partido”. Existe un Pasolini para cada quien.

La lección oculta de Pier Paolo en el Clínic

El vínculo entre Pier Paolo Pasolini y Barcelona resulta corto, profundo y significativo. Durante 1965, el autor y director italiano arriba a la urbe atraído por la leyenda de la resistencia cultural frente al franquismo y motivado igualmente por descubrir el idioma catalán. El asunto de los grupos lingüísticos minoritarios constituía un eje fundamental de su estudio. El pensador italiano era originario, en realidad, del noreste de la nación, un territorio limítrofe que posee un habla particular: el friulano. Aquello que actualmente ampara la Constitución, en aquel tiempo sufría la represión del sistema fascista. Un patrón que Pasolini halló nuevamente en el hostigamiento que el franquismo aplicó sobre el catalán. Su estancia en Barcelona queda documentada en la obra Solare, notturna e sonora, escrita por la traductora Amaranta Sbardella y publicada por el Ayuntamiento de Barcelona. El texto relata de qué manera, tras ser convocado para impartir una charla, Pasolini recibe un rechazo repentino: la facultad de Letras y Derecho le deniega el espacio. Pasolini decide no retirarse. Junto a Salvador Clotas y José Agustín Goytisolo, termina realizando su discurso en un sitio inesperado: el aula de disecciones del hospital Clínic.
Dicho vínculo persiste como foco de interés cultural: en la biblioteca Canyelles – Maria Àngels Rivas, integrante de Biblioteques de Barcelona, se ha coordinado hace poco un club de lectura nombrado La mirada negra de Pasolini, destinado a profundizar en su legado y su trascendencia crítica.

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