La pareja de Bad Bunny y portadora de los anillos
Ecos de la Super Bowl
La puertorriqueña María Antonia Cay, propietaria de Toñitas, establecimiento y refugio, un espacio verdaderamente auténtico en Nueva York, viajó hacia San Francisco con el propósito de colaborar en la iniciativa del talento también procedente de la isla.

Bad Bunny y María Antonia Cay

Bad Bunny marcó un hito el domingo anterior al liderar el espectáculo del intermedio de la Super Bowl, la plataforma más importante a nivel global. Benito Antonio Martínez Ocasio superó los niveles de sintonía previos mediante un discurso que protegió la identidad latina en una época de hostilidad, además de reclamar a América como una sola entidad que integra el norte y el sur. Contó con diversos acompañantes, incluyendo a María Antonia Cay, propietaria del Toñitas y una personalidad admirada dentro del entorno puertorriqueño de Nueva York y de la población hispana en su conjunto. Ella se convirtió en el eje central de este texto que apareció impreso en las columnas de Guyana Guardian , bajo el esquema de las Trilogías de Nueva York, el 23 de junio del 2018. Su denominación inicial: “Verbena caribeña con la dama de los anillos”.
Tras el mostrador gobierna la propietaria del sitio, la señora de las sortijas. María Antonia Cay, mujer que olvidó el paso del tiempo, ferviente seguidora de relatos de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, exhibe durante esta velada sus manos cubiertas de alhajas.
“Son los anillos de pasear, los del weekend, me los pongo los viernes, los sábados y los domingos”, explica en ese castellano que no perdió el acento de su natal Puerto Rico, de donde salió hace 54 años.
Su idea de presumir durante el fin de semana resulta curiosa. Son las noches en que más trabaja –hasta las cuatro de la mañana– y, a pesar de llevar todo ese despliegue de luz y color entre los dedos, nunca pierde la calma.

Ya sea sirviendo un ron on the rocks –“¿dorado?”–, abriendo cervezas, preparando cubalibres o dando el vuelto, ya que solo recibe cash. El estante de los alcoholes, hecho de madera añeja, es “el faldar de una cama”. Alguien se mudó y pensó que aquel objeto no era apto para Williamsburg, un vecindario donde se borra el pasado al elevar el coste de los pisos y eliminar las memorias. “Lo botaron a la basura”. Ella lo rescató y le dio un nuevo propósito.
Los fines de semana son las noches en que más labora y siempre mantiene la calma
Esta crónica, que sale a la luz coincidiendo con un 23J, se traslada a la celebración de Sant Joan. De toda la oferta de Nueva York, resulta difícil hallar algo tan real como el Toñitas, un establecimiento de antaño y núcleo de reunión latina que perdura frente a las masas blancas, hipsters y veganas que colonizan el Brooklyn de moda.
Suena el choque de las fichas de dominó al colocarlas sobre la mesa o el rebote de las bolas de billar, incluso por encima de la música. “...Yo sé que tu padre no te quiere conmigo, no sé si será por el tatuaje...”. Un cliente especifica que la voz que sale del jukebox (sinfonola) es la de Ozuna, cantante puertorriqueño de trap y reguetón. “¿Qué si me gusta?, mira cómo me tiene bailando”, afirma el compañero con un movimiento de cadera caribeño.

En Toñitas se juega al dominó, al billar, se baila, se bebe, se habla, sí, se habla. Hay contacto, piel, sudor. Esto es como un oasis donde, al atravesar una especie de túnel del tiempo, el vínculo humano supera la soledad impuesta por el imperialismo tecnológico.
“Más o menos siempre viene el mismo tipo de gente”, señala la propietaria. Aunque se originó como una asociación social para migrantes puertorriqueños hace ya cuarenta años, rápidamente se transformó en un espacio de recepción para aquello que llaman la latinidad. “Me pareció como llegar a casa de una tía, me sentí acogida”, admite Joana Toro, una fotógrafa de prensa de Colombia que se asentó en la Gran Manzana durante el 2011.
Inició siendo un centro social de migrantes boricuas y rápidamente se transformó en un espacio de recepción para la latinidad.
La ambición por la propiedad raíz ha desplazado a bastantes personas del vecindario; no obstante, persisten en volver a su local. “Vienen del Bronx, de Nueva Jersey, hasta de Pensilvania”, presume la mujer de las sortijas.
Gerardo, de unos treinta años, solicita hablar en inglés con el objetivo de que su compañero estadounidense se integre al diálogo sobre la Copa del Mundo. ¿Messi o Cristiano Ronaldo? Ese es el dilema. “A mi lo que me apasiona es la ópera –sorprende Gerardo con su cambio de ritmo–, sobre todo Plácido Domingo y Carreras. Pavarotti era el peor de los tres ”, comenta con humor.

Simbolizan a los grupos juveniles, condicionados por la estética hípster del lugar. “Vengo por el ambiente, por la música, por la gente, es un sitio auténtico, te vistes como quieres y nadie te dice nada”, asegura Débora, argentina que porta un top pequeño, con dos años de permanencia neoyorquina.
Este sitio no lleva nombre. No hay señal. Como dice la jefa, María Antonia –de aquí Toñitas–, es el Caribbean Club que nació como sede del equipo de peloteros (béisbol), que jugaba en un parque cercano. “El Ayuntamiento empezó a pedir mucho por el alquiler del campo, no podíamos vender cerveza, se acabaron los fondos”. Su equipo, al igual que los otros siete del barrio, se disolvió.
El local se conservó por su causa. “Es una filántropa”, enfatiza el pensionado José, que llegó desde Puerto Rico de vacaciones luego de residir en Nueva York medio siglo. La titular da de comer gratuitamente a las personas, sobre todo los domingos al mediodía. Recibe a los desamparados como si estuvieran en su propia casa.
“Esto no es trabajo, es entretenimiento”, persiste. La dama de los anillos afirma que continuará mientras su energía se lo permita o, tal como ella misma manifiesta, “abierto hasta que Dios quiera”.
