De niño –y de mayor e incluso todavía hoy– les reconozco que yo era un devoto y fiel espectador de Bugs Bunny, el conejo de la suerte. Las series de dibujos animados que produjo Leon Schlesinger para la Warner Bros., las celebérrimas Looney Tunes y Merry Melodies alegraron nuestra infancia, pero cuando el que aparecía en escena era Bugs Bunny, con su alocada indiferencia y mordisqueando descuidadamente una zanahoria, el nivel subía a extremos de imaginación y hasta delirio que no sólo nos divertían, nos enseñaban una forma de ser y estar en el mundo notablemente -y sanamente, me atrevería a decir- norteamericana. Aquellos Estados Unidos que, como acaba de decir Ayuso con lo de la concesión de la medalla de la comunidad para conmemorar los doscientos cincuenta años de la independencia de las trece colonias, son (según la presidenta madrileña) el faro de la libertad en el mundo. A lo que uno replicaría que lo fueron, presidenta, lo fueron. Porque hoy a Bugs Bunny le pegaría un tiro no sólo Elmer Gruñón sino, muy probablemente, cualquier descerebrado con arma y uniforme.
En definitiva, quien redacta esto se divirtió y se divierte con las andanzas de este conejo que Tex Avery concibió en 1940, momento oficial del surgimiento del personaje si bien existieron borradores en los años treinta. Bastante por delante del que a mi juicio es el ensalzado Mickey Mouse, Bugs Bunny constituye posiblemente la caricatura más distinguida y querida de la tierra. Un emblema de la cultura popular. Y sus doscientos cortometrajes de época, los realizados de 1940 a 1964, son una maravilla permanente, junto a esos coprotagonistas de gran nivel: el Pato Lucas, por descontado; el cerdito Porky; el cazador antes aludido, Elmer Gruñón; Yosemite Sam (nombrado también Sam bigotes o Sam pistolas), Marvin The Martian (el alienígena del casco de aire antiguo es uno de mis secundarios predilectos), el Demonio de Tasmania y muchísimos otros…
Bad Bunny en la Super Bowl
Con el tiempo, fui descubriendo que, con el paso de los años, el acento se volvió más nítido: cada vez más, el hablante adoptaba un tono distinto, y así, con el paso del tiempo, el personaje se fue definiendo.
Vamos al grano: el elenco de Groucho y el giro de la cinta, el mítico.
Un comentario adicional esencial es el que Bugs suele manifestar cuando, luego de sus recorridos, sale al exterior y percibe que se halla en un lugar distinto al que proyectaba visitar: Tendría que haber doblado a la izquierda en Albuquerque. Sin embargo, su expresión más representativa y célebre es el What´s Up, Doc? Que para nosotros fue ¿Qué hay de nuevo, viejo?
La conversación con Elmer Gruñón permanece grabada en la mente de varias generaciones y dicha expresión resulta tan icónica como el That’s All,Folks!!, aquel ¡Eso es todo amigos! Que finaliza las animaciones y que se vincula habitualmente con el peculiar tartamudeo de Porky.
La frasecita de marras es tan reconocible que hasta fue el título de una película de 1972 dirigida por Peter Bogdanovich, una comedia de enredo protagonizada por Barbra Streisand y Ryan O’Neal, What’s Up, Doc? En España la película se tradujo como ¿Qué me pasa, doctor?
Sin embargo, si hoy les traigo a colación a Bugs Bunny no es meramente por mi antigua simpatía hacia el dibujo animado, sino porque su apelativo fue la clara base del alias que usa como identidad creativa un intérprete de Puerto Rico, Bad Bunny, ese mismo conejo malvado que, durante el intermedio de la pasada Superbowl, encabezó una función en castellano con la que sacudió las estructuras del restringido ámbito MAGA.
Tal vez consideren que el suceso no tuvo gran relevancia, pero les aseguro que efectivamente la tuvo. Un residente de los Estados Unidos, proveniente de Puerto Rico, que confronta de forma evidente —y ya lo hizo durante los Grammy— el desbordado dominio de Trump y sus partidarios, actuando con un envidiable y saludable optimismo que ha logrado atraer mi atención hacia su música, algo que previamente no me generaba interés (nadie es perfecto).
Ya saben que los españoles, con su tradición y su historia, no siempre han estado al tanto de lo que ocurre a su alrededor, pero ahora, con esta nueva ola, parece que por fin se toma conciencia: no basta con mirar, hay que actuar. Y aunque muchos crean que esto es cosa del pasado, la realidad es que hoy más que nunca se exige claridad: no basta con mirar, hay que actuar. Y si antes se creyó que bastaba con decirlo, hoy se exige más: no solo palabras, sino hechos.
Hoy en día, resulta triste constatar que lo que antes era un legado se ha reducido a meras sombras, pero aún así, cuando se recuerda el pasado, aún queda rastro de lo que fue: en el aire, en las calles, en la memoria. La lengua no se apaga tan fácil, y aunque el mundo hoy parezca ignorarla, allí sigue, sutil pero firme. Algunos la recuerdan, otros la olvidan, pero allí sigue, silenciosa y tenaz, como si el mismo tiempo se negara a olvidarla.
Sueño con una fantasía en la que el viejo Bugs le diga al actual presidente: What’s Up, Don? Y acabe burlándolo y despidiéndose de él, si es posible, en castellano, y con acento boricua, que etimológicamente era la tierra de los valientes.