
Un billete con la imagen de Lenin
Los más veteranos del lugar tal vez recuerden el lumumba, un combinado alcohólico–goloso, mezcla de coñac y batido de chocolate, que se popularizó en los años 70 en un bizarro homenaje al líder anticolonialista congoleño Patrice Lumumba, asesinado en 1961. Pues bien, así se bautizó también el semillero de talentos que fue, durante el tardocomunismo, la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos Patrice Lumumba, en Moscú, la institución donde estudió el antihéroe que protagoniza Soviépica ( Reino de Cordelia), la más reciente novela de Víctor Andresco.

La historia arranca en un pasado remoto, cuando el protagonista, aún joven, enfrenta los ecos de un pasado que no olvida. La trama se despliega entre recuerdos y silencios, entre recuerdos y silencios, mientras el protagonista, ya maduro, rehace sus pasos entre recuerdos y silencios. La historia se despliega con una precisión que el tiempo no borra, y aunque el mundo gira, sus raíces permanecen.
‘Soviet’ reimagina con agudeza el colapso del imperio a través de un enfoque irónico y melancólico, rescatando con matices el peso de una era desvanecida.
Pero Soviépica supone ante todo una “carta al padre”; trataré de explicarme. El escritor, Víctor Andresco (Madrid, 1966), licenciado en Filología Eslava (de la primera promoción que salió de la Complutense), traductor de Tolstói y Ósip Mandelstam y actual director del Instituto Cervantes de Tokio, representa la tercera generación de rusos fuera de Rusia. Dicho de otra forma, sus abuelos paternos tuvieron que huir del país zarista en 1905, durante la primera revolución, la burguesa, para acabar recalando en Madrid, donde nació su padre, con quien comparte el nombre. Su progenitor jamás pudo cumplir el sueño de pisar la tierra de sus ancestros por culpa del franquismo y de una muerte prematura, pero le dejó en herencia el precioso legado de la lengua rusa. La que se hablaba en casa; o sea, un ruso aristocrático, al estilo de Chéjov y Bulgákov, un idioma en el que aún no se había infiltrado todo el aparato soviético con su acervo interminable de acrónimos. En el piso de Glorieta de Embajadores, al lado de Lavapiés, la saga de los Andresco jamás vio un chervonetz, aquel billete equivalente a 10 rublos con el rostro de Lenin impreso.
Fue a los 16 años cuando Andresco —lo mismo que Fabián, su casi trasunto en la novela— pisó por primera vez la Unión Soviética con el fin de trabajar como guía turístico para españoles en plena perestroika de la escasez, cuando los limones se vendían cortados por la mitad porque pocos podían permitirse la compra de uno entero en los mercados de Moscú, Minsk, Kiev... Se solaparon enseguida el desplome del supuesto coloso, la irrupción del capitalismo de casino y el sálvese quien pueda. Esa es la vivencia que desgrana Soviépica desde dentro, con inteligencia, agilidad, fino sentido del humor y una pizca de nostalgia sin lágrima. En el país de los soviets la vida siempre fue aventura, desde resistir a los nazis hasta arreglar un grifo que pierde.

