
Amores, trenes, guerras perdidas
C oser, escribir. Durante varios años del exilio, Mercè Rodoreda enmudece. La guerra, la expatriación, otra guerra, la lucha por subsistir y la angustia de haberse convertido en la amante de un hombre casado, Armand Obiols (“¿El amor? […]. Es un juego que a mí me decepciona. Nunca sé si gano o si pierdo”), admite en una carta a Anna Murià. La parálisis del brazo derecho no le impide seguir cosiendo “a preu fet” (a destajo) para una casa de lencería fina. En otra misiva, fechada en 1948, en París, le confiesa a su maestro el lingüista Delfí Dalmau: “ Sense heroisme i sense vergonya he anat tirant”. Ir tirando, esa frase en que se cristaliza el quid de la existencia. Ya que habíamos perdido tanto –prosigue la carta–, debíamos procurar, al menos, “no perdernos a nosotros”. Magnífica, por cierto, la exposición que el CCCB dedica a la autora. Cuando salgo, la luna asoma en un cielo ya sin nubes, de un tono cobalto muy peculiar.

Azul Tiziano. En urgencias con mi padre, casi nonagenario, ocho horas lentas, de reloj de arena, entre pruebas y esperas. En la penumbra del box le brillan los ojos vivaces y curiosos, todavía los del niño que fue en la guerra; él sí conoce el significado del hambre y la soledad. Se viene despidiendo la última generación para quienes la contienda civil y la primera posguerra fueron autobiografía doliente y no mero relato. Salgo del hospital a despejarme un rato, y de nuevo se ha puesto en el cielo ese azul inexplicable, el que se derrama sobre las azoteas justo antes que la noche. ¿Ultramar?, ¿añil?, ¿Prusia? Luego, ya en casa, perderé un tiempo divino buceando en internet hasta ir a parar a Tiziano, el polvo de lapislázuli y el manto que le pintó a Ariadna en un cuadro que cuelga en la National Gallery de Londres. El arte de perfeccionar la procrastinación, incluida la escritura de este artículo.
Nadie asume la más mínima autocrítica, mientras se dilapida el tiempo en polémicas estériles
El asolamiento. Ya en 1997 Francisco Umbral escribe en La forja de un ladrón, una novela ambientada en el Madrid del estraperlo: “Habíamos perdido, todos habíamos perdido, hasta los que habían ganado”. Es una frase literaria cuyo alcance se atisba: la devastación completa de un país en todos los sentidos imaginables (cada vez que enarbolan los pantanos, se me eriza la cresta). ¿La guerra que todos perdimos? Unos más que otros, desde luego. Podría haberse afinado más el título de las jornadas, las aplazadas en Sevilla hasta el próximo otoño, pero apearse del certamen me parece un gesto equivocado. Debatir, argumentar siempre, hasta la última hoja de los respectivos cuadernos. Aun así, ya basta de ruido y cominerías.
Rodalies. Una amiga me cuenta que, otra vez, justo cuando prometían forrar los raíles con paños de seda, se ha quedado colgada en la estación de El Masnou y que ha llegado al trabajo, en Bellvitge, con tres cuartos de hora de retraso. Durante la enervante espera, observaba a sus compañeros de fatigas en el andén, y todos parecían contener el mismo grito de impotencia en la garganta, ¿hasta cuándo la jodienda? Pasan los días y los años sin que partido alguno asuma la más mínima autocrítica, mientras se dilapida el tiempo en otras procrastinaciones estériles que orillan lo esencial: el mantenimiento de una red de ferrocarriles con verdadero sentido de Estado y ofrecer respuestas contra una extrema derecha que medra como el liquen en las grietas. Bronca y discusiones huecas ante los desafíos del mundo: la velocidad turbo de la IA o la desfachatez de las élites, esa mecánica perversa del poder –Jack Lang, en Francia; el príncipe Andrés y el embajador Peter Mandelson, en el Reino Unido– que aflora ente los papeles de Epstein, detrás del asqueroso sexo con menores.
Azul Patinir. Para desengrasar el ambiente de camorra enquistada, en la radio, en el programa de Àngels Barceló, conversan sobre la gama de azules que derrocha Joachim Patinir en el cuadro El paso de la laguna Estigia. Hace ya diez años, el Museo del Prado dedicó una muestra al paisajista flamenco, y su comisario, Alejandro Vergara Sharp, explicó que Patinir buscaba la belleza en esa paleta de azules, y que siempre, siempre, pintaba una franja blanca entre el horizonte y el cielo, una especie de promesa de Dios, de felicidad o quizá de algo más abstracto. El “azul primigenio”, esa “sensación de epifanía” que a veces tanto se necesita.
