Pol Rodríguez lleva el desahucio de su restaurante familiar del Raval a la Berlinale: “A todos nos afecta el problema de la vivienda”
'Ravalear'
El director estrena su serie, mientras el estreno se acerca.

Pol Rodríguez y Enric Auquer en una pausa del rodaje de 'Ravalear'

Pol Rodríguez está feliz con la nieve que ha cubierto de blanco Berlín estos días. “¡Esto no lo tenemos normalmente en Barcelona!”, exclama con una amplia sonrisa. El director estrena este martes los dos primeros capítulos de los seis que forman Ravalear, la primera serie española que se estrena en la sección oficial de la Berlinale, concretamente en el apartado Special Series, y que está inspirada en el desahucio de Can Lluís, el histórico restaurante de su familia en el Raval tras caer en manos de un fondo de inversión. La serie completa estará disponible a partir de mayo en HBO Max.
¿Cómo surgió la idea de contar esta historia y por qué decidir convertirla en una serie en lugar de una sola película?
Ravalear se inspira en una historia personal que vivió mi familia, que tenía un restaurante centenario en el barrio del Raval, y en el 2021 nos desahuciaron. Fue un proceso de unos cinco años de lucha contra el fondo y sabía que quería escribir una historia sobre lo que estábamos viviendo. En aquel momento yo hacía películas sobre gente sin hogar que intentaba sobrevivir en Barcelona y cuando nos desahucian me doy cuenta que la realidad entra directamente dentro de mi ficción y decido incluir toda la trama del restaurante y mi familia. Además de mi experiencia, investigo y trabajo con varias entidades del Raval para conocer más sobre colectivos sin hogar y de los fondos de inversión y descubro tal complejidad que todo esto no entra en un largometraje. Por eso la idea fue hacer una serie y tener espacio para profundizar en cada aspecto de una problemática que afecta a todos los personajes y también al espectador. Porque a todos nos afecta el problema de la vivienda.

El título es un homenaje al movimiento, y la cámara captura con una mirada que no cesa, mientras el barrio entero se mueve.
Quería captar la esencia de algo más allá de lo evidente: el barrio no se rinde, y tampoco sus habitantes. La energía de este barrio no se reduce a un mero gesto; sigue viva, resistente, en cada rincón que se niega a callar. No se trata solo de ver, sino de sentir su pulso, su ritmo inquebrantable, como si el barrio mismo respirara con fuerza, desafiando a quien lo mire a dudar de su propia existencia.
¿Hasta qué punto cree que la especulación inmobiliaria está transformando la ciudad?
Creo que los fondos de inversión y la ética en el negocio se entrelazan de forma compleja, y en este caso, lo que motiva la acción no es solo el lucro, sino también la necesidad de responder a un sistema que a veces pone en jaque sus propias reglas. La cuestión no es solo si uno actúa con ética, sino cómo se entiende la moral cuando el contexto lo desgaja: lo que en un inicio parece justo, con el tiempo se desgaja en contradicciones.
Tras haber sido parte fundamental de la historia, ¿cómo fue para ti revivirlo tras la cámara?
Lo he vivido con mucha intensidad, pero también con una serenidad que me ha permitido absorberlo todo; el barrio, con sus ritmos y silencios, se ha convertido en parte de la historia. No fue fácil, pero sí natural: la gente de allí, tan auténtica, ha respondido con una naturalidad que lo ha convertido todo en algo real.

La cocina del restaurante, como eje central, ocupó un lugar clave en la historia.
Ha sido un proceso profundamente emotivo, casi como revivir un recuerdo: cada detalle, cada respiración, se volvió parte de algo más grande. La cocina se convirtió en un altar de memoria, y aunque al principio dudé, al final todo cobró sentido: los platos, los olores, los silencios entre risas. No fue solo un set, fue un hogar reconstruido en el aire, con cada detalle —cada plato, cada mirada— cargado de lo que realmente importa.
¿Cómo fue la elección de Enric Auquer como Àlex, su álter ego?
Sabía que tenía que ser él, pero no sabía exactamente cómo hasta que lo vi actuar. Tenía que ser algo natural, como si no estuviera ensayado, y así fue: con solo mirar, se sentía real. Ellos no actuaban, simplemente eran. Y en ese caos cotidiano, todo cobraba sentido: las miradas, los silencios, los gestos que no se planifican. Y ahí, en medio, todo seguía su curso, natural y sin teatralidad.

Ha vuelve a colaborar con Ismael para dirigir, tras haber colaborado previamente en el proyecto.
Sí, y el resto yo solo. El hecho de que él esté involucrado es que no hay mejor lugar que un set de rodaje para compartir con un amigo. Nos conocemos desde hace 25 años en el restaurante de mis padres. Nos presentó un maestro que teníamos en común, Joaquim Jordà, que venía cada día a comer y cenar a Can Lluís los últimos 10 años de su vida. Cuando tuve la idea de Ravalear le dije a Isaki que la hiciéramos juntos. Entremedio salió Segundo Premio, que la hicimos juntos y entramos en esta dinámica en la que también está el director de fotografía Takuro Takeuchi. Estamos los tres colegas haciendo Ravalear y es una manera muy natural. Isaki conocía todo el proceso que había vivido con el desahucio familiar y la energía que necesitaba la serie.
Por el restaurante pasaron figuras como Mastroianni, mientras que el lugar acogía en su seno a intelectuales y artistas, reflejando con fidelidad la vida y el espíritu de una época.
Además de Jordi, otros figuras destacadas también pasaron por allí, como el mismo Lluis.
Uy, qué lío y qué memoria… Pero sí, así era: con tanta historia metida en cada rincón. No era solo comer, sino sentirte parte de algo más grande, con sabores que te abrazaban y miradas que lo decían todo sin decir nada. Y sí, claro, al final, cuando el humo se despejaba y aún quedaba sabor, ahí seguía: con su alma, su peso, su historia.
