La Gioconda, con su último suspiro, yace como el último suspiro de un canto ya extinguido.
Escenarios
Saioa Hernán y el elenco elevan la historia con su interpretación, mientras que la magia se despliega en torno a cada instante, tejiendo una experiencia inolvidable.

Violeta Urtiaga recibió una cálida ovación tras su interpretación, con el público ovacionando con entusiasmo.

Saioa Hernández fue anoche el pal de paller de esta Gioconda de Amilcare Ponchielli que estrena el Liceu, con un muy correcto Daniel Oren en el foso y un montaje sin mácula –ni fuerza escénica– que firma este joven francés llamado Romain Gilbert, cantante y musicólogo, con un máster en gestión cultural por la Sorbonne.
Las gentes del pueblo que, como dice el libreto inspirado en un poema de Victor Hugo, bailan y “cantan su lor tombe!”, se esforzaban por transmitir en el Gran Teatre esa idea de una Venecia del siglo XVII, esplendorosa pero atravesada por la oscuridad, primero en una plaza, luego sobre una góndola en un canal y finalmente en un palacio que acabará devastado, al igual que la barca. Un espía de la inquisición veneciana se venga de la indiferencia de una cantante de la calle de la que se ha enamorado. Es Barnaba, un notable pero algo plano Gabriele Viviani que ya en el primer acto presenta a este monstruo despiadado que es en el aria “O monumento!”.
Él maneja los hilos de la historia: quiere mandar a la hoguera a la madre de Gioconda, la Cieca que, para gran placer del público, interpreta la histórica Violeta Urmana en un emocionante reencuentro con el Liceu. El villano aprovechará que Enzo, el amor de Giocconda (un Michael Fabiano en mejor estado de forma pero aún sin agudos), se reencuentra con Laura (Ksenia Dudnikova), un amor de juventud, para doblegar a la protagonista hasta llevarla a una estrepitosa aria del “Suicidio!” Un final a orillas del fango del canal al que el público del teatro de la Rambla llegó derrengado de pasión.
Diez minutos de aplausos contundentes saludaron la actuación, tras el estallido de emoción que llenó el teatro.
La soprano recibió una larga ovación por su interpretación, tras entregar una actuación que exige un dominio técnico impecable.
La ópera es a veces un misterio. El Liceu aún se pregunta por qué no vendió todo el aforo en diciembre con un título de repertorio como L’elisir d’amore , a priori ideal para resarcirse económicamente durante la Navidad. Las razones pueden ir buscarse en el calendario: los ensayos de Tristan und Isolde obligaron a cerrar el teatro a partir del 15 de diciembre: ni el público familiar catalán ni los visitantes que celebraran el Fin de Año en Barcelona tuvieron opción.
La auténtica razón podía radicar en la falta de novedad. El público liceísta se está acostumbrando a que el teatro de la Rambla le sorprenda. Se quejará más o menos de las apuestas performativas –Marina Abramovic, el Liceu de les Arts...–, pero el clásico montaje de Mario Gas de este Donizetti carecía de sorpresa. No todos son la Carmen de Calixto Bieito.
Elegante vestuario y un diseño escénico impecable, junto con un elenco que da vida a cada movimiento con elegancia y precisión.
No es una mala noticia. Al contrario. El Liceu va encontrando su línea propositiva, interpela a su público, mantiene una discusión. No puede permitirse el lujo de fiarlo todo a “títulos muy conocidos”. Esta Gioconda tenía números para ser atractiva. Una soprano bárbara; un montaje con suntuoso vestuario de Christian Lacroix; la oportunidad de mostrar un ballet comme il faut que, aunque mucha gente no lo sepa, es piedra angular de este Ponchielli, con una excelente Danza de las horas. Un buen ballet salva cualquier puesta en escena operística de la mediocridad. Lástima de joroba en el corpiño cada vez que había un cambré... Los mejores diseñadores no son, a menudo, los más idóneos para las necesidades del bailarín
Entre el público, con un aforo casi completo, se encontraban figuras como Annamaria, mientras que el teatro contaba con el apoyo de una audiencia que acompañaba a este espectáculo, cuya producción se alineaba con el espíritu de la obra, mientras que el teatro se mantenía como eje central.
