Cultura

László Krasznahorkai: “Uno de cada diez húngaros es alcohólico... Y me parece poco con Orbán”

Entrevista

El premio Nobel de Literatura visita Barcelona para hablar de su obra

László Krasznahorkai, fotografiado ayer en Barcelona, durante la entrevista 

László Krasznahorkai, fotografiado ayer en Barcelona, durante la entrevista 

KIM MANRESA

El húngaro László Krasznahorkai (Gyula, 1954) se ha dedicado, desde los años ochenta, a poner la literatura occidental del revés, creando cosas nuevas, expandiendo la mente de sus lectores y atrapándolos en un flujo verbal y mental que te arrastra como una riada. Definido por Susan Sontag como “maestro del apocalipsis” –“bueno, luego he hecho otras cosas”, matiza–, capaz de escribir una novela de más de 400 páginas con una sola frase –como veremos en mayo con Herscht 07769, en Acantilado–, con él hemos asistido a la llegada de un fraudulento mesías en Tango satánico (1985), al odio que desata en un pueblo la presencia de un circo con ballena en Melancolía de la resistencia (1989), hemos viajado por sedes de grandes civilizaciones decadentes –especialmente Nueva York– en Guerra y guerra (1999), nos hemos sumergido en una intensa experiencia oriental en Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río (2003), hemos acompañado a artistas que buscaron la belleza en Y Seiobo descendió a la Tierra (2008), o seguido las peripecias de un noble arruinado en los casinos de Argentina que regresa aclamado a su localidad natal en Centroeuropea en El barón Wenckeim vuelve a casa (2016)... Krasznahorkai, invitado a Barcelona por el CCCB –en su primer acto público tras recibir el Nobel– recibe a este diario en el barcelonés hotel Alma.

Perfeccionismo

“Quiero escribir el libro perfecto, un 1% de error lo mancha todo, es terrible”

¿Cómo fue su infancia?

No voy a sorprender a nadie diciendo que, un día, nací. Durante un tiempo, fue mi madre quien me alimentó y, luego, ya fui capaz de comer por mí mismo. Llegó un momento en que ya no tuvieron que cambiarme los pañales. Más tarde, llegaron los años del parvulario y de la escuela. Sucedió todo en este orden, estrictamente, y lamentablemente porque yo hubiera preferido al revés, me lo puedo imaginar perfectamente: primero la escuela primaria, luego el jardín de infancia, perder la capacidad de andar, más tarde volver al pañal y, por último, los gritos hacia atrás de un nacimiento revocado. Pero eso solo es posible en el mundo cuántico.

En sus obras, consigue convertir incluso las cosas más cotidianas en algo sagrado. ¿Qué relación tiene con la religión?

Respeto mucho a quienes creen en un ser superior. En mi obra, lo manejo como un valor cultural. Es más: como el más alto valor cultural.

Usted escribió su tesis doctoral sobre Sándor Márai...

Ese trabajo fue, en realidad, un intento de acabar con el mito de Márai. No me apetecía nada redactar una tesis porque no sé escribir otra cosa que literatura, y una tesis impone ciertas limitaciones formales. Me ocupé de sus obras prohibidas en la Hungría comunista, quería ser útil, al menos para los demás estudiantes. Me pasaron de contrabando esos libros y mi conclusión fue que Márai había escrito muchísimas obras kitsch, tenía una gran tendencia a la cursilería. Era joven y quise ser honesto, objetivo, pero ahora pienso que fui injusto, Márai se merecía mejor trato, su figura humana tuvo un gran impacto, fue un personaje extraordinario que vivió su emigración con una dignidad humana muy poco común y un gran sufrimiento espiritual. Aún leo sus diarios, en cualquier momento, hoy mismo los he leído.

Pero, yo si fuera el dictador de Hungría en los años ochenta, prohibiría antes sus libros que los de Márai...

¡Yo también!

Son más subversivos...

Pero no solo desde el punto de vista de un político o un dictador, sino que los hubiera prohibido porque no son perfectos. Yo me convertí en escritor porque mi primer libro no me gustó. En el segundo, intentaba corregir aquel error.

¿Pero el primero no es 'Tango satánico'? ¿No le gusta 'Tango satánico'?

No todo es malo, entiéndame, pero hay una parte que es un efecto kafkiano total, una imitación. Y yo quería escribir un libro perfecto, sin ningún error. A mí me da igual que solo haya un 1% de error. Eso lo mancha todo.

¿Y su siguiente novela, 'Melancolía de la resistencia', ya fue perfecta?

Fue terrible, allí ya no había un 1% de error, sino el 7%.

Ahora, en el 2026, tiene ya muchos otros libros publicados. ¿Ha conseguido ya la obra perfecta?

Es horrible, la cosa va empeorando... Por eso yo no quería ser escritor.

Pero yo he leído ahora su nueva obra, 'Herscht 07769', y me ha gustado mucho.

Me alegro mucho de que le haya gustado, es usted muy amable... Pero yo considero que sigo empeorando cada vez. Esto es una condena, un proceso permanente. Lo único que conseguiría detener esta decadencia es mi desaparición.

László Krasznahorkai, fotografiado por un viandante a la entrada del CCCB
László Krasznahorkai, fotografiado por un viandante a la entrada del CCCBKIM MANRESA

La Pedrera y el 'cuchillo jamonero'

El último Nobel –fuertemente vinculado a la editorial Acantilado desde hace décadas– tiene importantes escenas catalanas en 'Y Seiobo descendió a la Tierra', obra de 2008 en que el personaje visita La Pedrera –descrita de un modo fascinante, desde varios puntos de vista– y pasea por calles del Eixample y de La Mina. Una expresión figura escrita en castellano en el original húngaro: 'cuchillo jamonero', un elemento que ejerce una perversa atracción sobre el protagonista. “Ese capítulo se titula ‘Nace un asesino’ –recuerda–, se trata de un personaje que se siente muy lejano de ese mundo donde se encuentra, porque no es español ni tampoco catalán, supuestamente rumano, y se siente tan alejado de todo lo sagrado que al final decide matar, asesinar. Y el arma homicida va a ser ese instrumento, que solo tienen ustedes los españoles –por todos lados–, esa herramienta precisa destinada a cortar el fantástico jamón ibérico”.

Para entender qué clase de escritor es usted, se puede abrir cualquiera de sus libros al azar y enseñar una página a alguien.

¿Sí? Yo nunca lo he intentado, porque para mí una obra de arte, sea literatura, pintura o música, tiene un principio, un cuerpo central y un final. Soy muy conservador, extremadamente conservador desde el punto de vista formal. No político, eh.

No sé si lo considerará una herejía, pero 'Herscht 07769' puede verse como una novela negra, hasta hay un detective.

Tengo muy buena relación con la novela policíaca. Me gusta mucho Philip Marlow, a quien conocí a través de William Faulkner, uno de sus fans, dijo haber aprendido mucho de esa serie de Raymond Chandler. Mezclar a Chandler y Faulkner resulta estimulante.

¿Fue usted víctima de espionaje?

Mire, realmente a mí no me molestaban mucho porque vivía tan alejado de la vida literaria... Yo despreciaba enormemente a aquellos escritores que se prestaban a la comedia de ese régimen comunista, en cualquiera de sus ámbitos. Es verdad que alguna vez, una, dos o tres veces, sí que me interrogaron o pincharon mi teléfono. Pero eso ocurrió porque empezaron a prohibir revistas literarias, echaron a toda la gente que no les gustaba en la publicación más importante, y los represaliados decidieron celebrar una fiesta de despedida, con los intelectuales que estaban en contra del régimen... En mi casa, porque ellos pensaron que ahí estarían muy protegidos porque yo no me metía en política y nadie sospecharía de mí. Se metieron 120 personas en mi piso de 43 metros cuadrados, pero cupieron y nos lo pasamos fenomenal.

¿Y cómo fue el interrogatorio?

Pues los policías insistían en que les hablara de política y yo no me metía en esas cosas. Se impacientaban, me acusaban de escribir contra el régimen y ya no pude más y les grité: ‘¿Pero cómo piensan que yo voy a escribir de personas como ustedes?’. En Hungría, todos los que estaban en el gobierno eran títeres del Kremlin, nadie tenía personalidad propia. Y, claro, había tantísimos policías por la calle, uniformados o civiles, que cuando estabas borracho era muy difícil esquivarlos. Chocabas con los policías y, ebrio, les decías: ‘Vete a donde quieras, llévate a los rusos también de aquí’.

En casi todos sus libros hay un personaje que se emborracha. ¿Cree que la ebriedad tiene puntos en común con la literatura?

No, esas borracheras de las que yo hablo, de cuando vivíamos en el régimen comunista, no tienen nada en común con las de la antigua Grecia, cuando la ebriedad suponía elevarte, no abrazar al vecino. Mi país pasó esas décadas prácticamente borracho, todos estaban borrachos siempre. De hecho, de 10 millones de habitantes, hoy en día seguimos teniendo un millón de alcohólicos. En pleno régimen de Orbán, me sorprende que sólo haya un millón.

“Yo sé cómo es su espalda aunque la tenga oculta”

Oriente está presente en varios de los libros de Krasznahorkai, en espacial 'Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río'. “Llegué al Tíbet por pura casualidad –cuenta–, en autocar, a través de Mongolia y China, y allí me di cuenta de algo esencial: que el mundo no tiene un único punto de vista. ¿Parece tonto, verdad? Me habría bastado poner la tele en Pekín y ver que el mapa del hombre del tiempo era diferente. Sentí que no podía mirar el mundo solo con ojos de europeo. Encontré una nueva óptica, también en mi estética. Desde entonces combino siempre dos puntos de vista. Yo sé perfectamente cómo es su espalda aunque la tenga oculta y eso que no la he mirado. Es solo un ejemplo, no se asuste”.

¿Escribe con algún esquema, aunque la novela sea luego una sola frase?

No escribo a mano, como se dice. Escribo con la cabeza, como un poeta romántico, como Hölderlin, que tenía el poema en su mente, le daba vueltas y vueltas y, cuando ya estaba perfecto, lo estampaba en papel. Yo tengo quince o veinte páginas en la cabeza y, como si fueran elementos musicales, intento buscar el ritmo, la armonía perfecta, para que todos los elementos estén en su sitio. Y cuando está todo perfecto es cuando lo escribo.

Kafka resuena en toda su obra...

Me sé libros enteros suyos de memoria. O partes de Don Quijote, tampoco puedo olvidarlo. Ahora vivo un tiempo en Sevilla, frente a una casa que tiene una placa que dice ‘aquí Cervantes concibió el Quijote’. Evidentemente no es verdad, pero quién sabe.

En Barcelona tenemos una casa donde se dice que estuvo Cervantes también.

Pero lo importante sería encontrar la cárcel en la que estuvo preso, y eso ha desaparecido. No es una sorpresa que los españoles sean gente tan feliz, porque tienen al escritor europeo más grande de la historia por todas partes.

La gente hoy no está esperando al Mesías. Esperan a un falso profeta que les mienta y prometa que va a ser todo mejor”

Muchos de sus libros deben mucho a sus viajes, por Mongolia, Japón, China, Bosnia, incluso a Extremadura, donde ambienta 'El último lobo'...

Hasta 1987 no tuve pasaporte y no pude viajar. Tenía 33 años. La mitad de mi vida, prácticamente. No es que yo fuera un disidente, no era nadie ni quería ser nadie. Pero, en aquel sistema, era suficiente escribir una bonita frase para que te convirtieras en sospechoso.

Usted habla de la dignidad de la pobreza y muchos de sus personajes son seres fracasados.

¿Cómo no voy a sentir compasión por la gente caída que está pidiendo dinero en un supermercado, en una iglesia? Es que yo lo que no entiendo es a la gente que no siente compasión por ellos. Eso no es un rasgo moral excepcional. Pienso que mucha gente está de acuerdo con eso. Estos personajes son los que están más expuestos a las vicisitudes del mundo, son los más vulnerables y otras personas les hieren y les hacen daño. Por supuesto que forman parte de mis obras. Ahí están y estarán.

En varias de sus obras se está esperando a un mesías. Todavía hay gente que en el mundo real espera que vuelva alguien y nos salve y lo solucione todo.

Yo pienso que la gente hoy no está esperando al Mesías. Esperan a un falso profeta. No quieren que les digan la verdad, ya sabemos cuál es la verdad. Esperamos a un profeta que nos mienta, que nos prometa que va a ser todo mejor. Sabemos que solo es una promesa y que no va a mejorar nada.

En sus novelas, esos profetas se quedan con los ahorros de la gente del pueblo.

Es lo primero que te quitan.

László Krasznahorkai, en un momento de la conversación
László Krasznahorkai, en un momento de la conversaciónKIM MANRESA

Oriente está presente en varios de sus libros. ¿Qué le debe a la cultura oriental?

Llegué al Tíbet por pura casualidad, en autocar, a través de Mongolia y China, nunca había tenido el deseo o el afán de estar allí. Allí me di cuenta de algo esencial: que el mundo no tiene un único punto de vista. ¿Parece tonto, verdad? Me habría bastado poner la tele en Pekín y ver que el mapa del hombre del tiempo era totalmente diferente. Sentí que no podía mirar el mundo únicamente con ojos de europeo. Encontré una nueva óptica, también desde la vertiente estética. Desde entonces combino siempre al menos dos puntos de vista, lo que me calma enormemente. Yo sé perfectamente cómo es su espalda aunque la tenga oculta y eso que no la he mirado. Es solo un ejemplo, no se asuste.

¿Su literatura es más optimista con los años?

No, eso no lo podemos decir. Un optimista está muy lejos de la realidad... Pero un pesimista también. Tanto el mundo descrito por un optimista como por un pesimista no existen. Ambos utilizan la esperanza, que es siempre un error. Para uno, todo va a ser peor, y para el otro todo va a ser mejor. Lo único que debe existir es la compasión. Compasión con las piedras, con las personas, con los animales, con las plantas, con el mismo Dios.

Usted ha dicho que, según como vayan las elecciones húngaras de abril, si triunfa otra vez la ultraderecha, aconseja a sus compatriotas huir. ¿A dónde?

¡Lo más lejos posible! ¡Que corran y corran muy lejos!

Jefe de edición del área de Cultura. Autor de publicaciones como 'Aquellos años del