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‘La cronología del agua’: sumergirse en el trauma

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Kristen Stewart debuta como directora en la adaptación de las memorias de la escritora Lidia Yuknavitch, protagonizada por Imogen Poots

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Imogen Poots interpreta a Lidia en ‘La cronología del agua’

Imogen Poots interpreta a Lidia en ‘La cronología del agua’

Uncredited / Ap-LaPresse

En su debut como directora, Kristen Stewart adapta La cronología del agua, las memorias de la escritora estadounidense Lidia Yuknavitch: un relato marcado por el abuso sexual en la infancia, seguido por años de adicción y autodestrucción, antes de que la autora lograra encontrar una forma de supervivencia al canalizar el dolor, primero a través de la natación y, finalmente, mediante la escritura.

Protagonizada por Imogen Poots en la piel de Lidia, la película huye de la linealidad y se construye a partir de recuerdos que emergen de forma fragmentada: algunos apenas insinuados, otros abiertamente violentos. A partir de estos restos dispersos de la memoria, Stewart compone un collage brumoso y sensorial del daño, que expone (sin recurrir a la explicitud gratuita, pero con escenas cuidadosamente orquestadas) el prolongado abuso sexual y psicológico sufrido por Lidia y su hermana Claudia (inter­pretada en la adultez por Thora Birch) a manos de un padre monstruoso (Michael Epp). La madre, amorosa pero ineficaz (Susannah Flood), atraviesa estos horrores en silencio, aparentemente incapaz de proteger a sus hijas.

El filme explora, de forma no lineal, una infancia marcada por el abuso y la posterior redención a través de la escritura

Las catástrofes del presente de Lidia –relaciones fallidas, alcohol y drogas– se contraponen con recuerdos filmados en Super8 y epifanías de la infancia, con primeros planos extremos de detalles que funcionan como detonantes de la memoria. Las voces en off terminan de darle forma al recuerdo, mientras la fotografía en 16 mm de Corey C. Waters y los encuadres cerrados y asfixiantes empujan al espectador hacia el interior del dolor de Lidia, casi sin ofrecerle distancia ni alivio.

Stewart apuesta por una puesta en escena visceral, más interesada en transmitir estados emocionales que en explicar causas o consecuencias. De este modo retrata un cuerpo y una mente atravesados por el trauma, donde el tiempo deja de avanzar en línea recta y el pasado irrumpe de forma violenta e impredecible en el presente.

Al espectador solo le queda entregarse a la experiencia, tal como la propia película sugiere: “Entra. El agua te sostendrá”. Una invitación a sumergirse en un relato que puede resultar perturbador, pero que también encuentra una forma de reconstrucción a través del arte.

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