Juan Tallón (Vilardevós, Ourense, 1975), es narrador, periodista y ensayista. Escribe en castellano y en gallego. Ha trabajado en la cadena SER y colaborado en las revistas Jot Down y en el periódico El Progreso, de Lugo. Entre las obras escritas en gallego podemos citar A autopsia da novela (2007), A pregunta perfecta (2010), sobre la relación entre el argentino César Aira y el chileno Roberto Bolaño, y Fin de poema (2013), sobre escritores suicidas como Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik o Gabriel Ferrater. Entre las escritas en castellano, El váter de Onetti (2013), Salvaje Oeste (2018), Obra maestra (2022) y El mejor del mundo (2014), reseñada por mí en estas páginas.
Mil cosas es un contrapunto de dos voces: Travis y su esposa, Anne. Y como telón fondo, su hijo en la cuna, durmiendo o amenazadoramente despierto. Se están preparando para salir de vacaciones. Su vida está marcada por las contrariedades. Travis vive con el infundado temor de recortes y despidos y en la revista, “nada le produce más inquietud que la idea de quedarse sin trabajo”. Trata de que no se alteren las rutinas que establece cada mañana, pero “siente que en cualquier momento la realidad se le vendrá encima y lo aplastará”, que “vivir se ha vuelto pesadísimo, agotador, extremadamente intenso”. Se le acumulan los contratiempos. Está a punto de atropellar a una mujer; ve a un policía poniéndole una multa y le come la rabia. Su colaborador, Valladares, le manda un mensaje diciendo que el reportaje sobre Viena es su última colaboración, y siente que su día se derrumba. Le llaman del Corte Inglés diciendo que están preparando el envío de un aspirador de 799 euros que él no ha solicitado y que no conseguirá cancelarlo. Han tenido que ingresar a su madre, con un principio de neumonía e insuficiencia renal. Y le persiguen los mensajes, “le gustaría contar las veces que repite ese movimiento a lo largo de un día: el de tomar el móvil”; las decenas de mensajes que se acumulan en el WhatsApp y en el correo electrónico.
⁄ La novela nos permite dejarnos arrastrar como si la trama formase parte de la realidad o saborear lo que hay de ficción
Las cosas no pintan mejor para Anne. Se deprime al abrir la nevera y comprobar que está vacía, si bien “le resulta casi mágico el sistema por el que las neveras se cierran prácticamente solas”; el bebé se pone a llorar; su colega Óscar Manso apoya una mano sobre sus hombros desnudos y le lanza una sonrisa que pretende ser seductora; ella le para los pies y días más tarde la coordinadora de personal, Paula Abastos, la llama a su despacho para decirle que ha recibido una queja de Óscar, que ella se le ha insinuado. Siente que todo se le ha puesto boca abajo. “Fumar para ella es eso, una ceremonia en la que el mundo se reduce a dos cosas, el cigarro y ella, y todo lo que orbita a su alrededor, lo que hace del mundo un lugar espantoso, angustioso, estresante”.
Hay amenazas que afectan a los dos: una de ellas, la más impactante, es el hijo, cuya suerte dejo en manos del lector. Y la otra el calor, que no nos deja en toda la novela y que nos hace pensar, inevitablemente en el calor que lleva a Mersault, en L’Étranger de Albert Camus y en el que nos amenaza a nosotros. “Irrumpió la ola de calor que está arrasando el país y ahora es un problemón”; “toda esta gente que está muriendo de calor”, “ya hay treinta y ocho muertos a lo largo del país”; “un calor que no es calor sin más, sino una forma de destrucción”; “Anne aprecia que el calor se está preparando para un día encarnizado con más muertos”.
Cuando leemos una novela, unas veces nos dejamos arrastrar como si formase parte de la realidad, otras saboreamos lo que hay de ficción. Aquí ocurren las dos cosas. /
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Juan Tallón Mil cosas Anagrama. 152 páginas. 18,90 euros
