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Un viaje al barroco de la mano de Leibniz y Michaelina Wautier

Arte y cine

La Viennale de Austria ofrece un reparador enlace entre la película sobre el genial polímata y la exposición sobre la pintora flamenca, la autora de ‘El triunfo de Baco’ y que la historia había olvidado por ser mujer

‘El triunfo de Baco’ fue clave en la desaparición y posterior reaparición de Wautier en los libros de historia del arte 

‘El triunfo de Baco’ fue clave en la desaparición y posterior reaparición de Wautier en los libros de historia del arte 

REDACCIÓN / Otras Fuentes

En tiempos en que la especialización aísla cada vez más las áreas de conocimiento, los gestos multidisciplinarios apuntan a regenerar el tejido vital de interconexiones. La Viennale de la capital austríaca ofrece un nicho para esa acción reparadora aportando sinergias con el Museo de Historia del Arte (KHM). El eslabón encontrado este año engarza el filme Leibniz: crónica de un retrato perdido, pequeña joya del director alemán Edgar Reitz (Morbach, 1932), en la exhibición Michaelina Wautier, pintora que reintroduce en la historia del arte una gran maestra barroca que se había perdido. Famoso por su maratónica serie Heimat, Reitz barajó años un megafilme sobre Gottfried Wilhem Leibniz (1646-1716), el genial polímata considerado junto con Spinoza una influencia cardinal para la filosofía y ciencia contemporáneas.

Al abandonarse el megaproyecto, nació el Leibniz minimalista del retrato perdido. Rodado casi por completo en una habitación y a través de un resorte narrativo simple aprovechado al máximo —las conversaciones que Leibniz, interpretado magistralmente por Edgar Selge, sostiene mientras posa para un retrato—, el filme narra la prodigiosa aventura intelectual del polímata y propone un retrato convincente de su carismática personalidad. De manera fluida y natural, en diálogos brillantes de humor e ingenio, desfilan su concepción cosmológico-filosófica de mónadas e infinitos pliegues, sus descubrimientos e invenciones, y sus ideas principales, desde el principio de razón suficiente, hasta su polémica afirmación de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. También se evoca su impresionante trayectoria vital, ya que además de inventor, matemático, físico y filósofo, fue diplomático, consejero, tutor, jurista y diseñador de jardines y parques de diversiones. Y se ve asimismo la fabulosa máquina de calcular que inventó y que da verosimilitud al hecho de que además de inventar el cálculo infinitesimal en paralelo a Newton, no solo concibió el sistema binario (0-1) base de la computación, sino que estuvo a punto de fabricar el primer ordenador.

⁄ El filme de Edgar Reitz narra la aventura intelectual del filósofo, así como su carismática personalidad

El filme se inicia con una supuesta carta de Sofía Carlota, reina de Prusia, a su madre, Sofía de Hannover, en la que expresa su deseo de tener un retrato de Leibniz, su tutor y mentor desde niña, cuya interlocución y compañía añora. Sofía madre contrata a un pintor de corte con quien Leibniz entabla un diálogo sobre verdad y representación, pero el obstinado intento del artista de insuflar en el filósofo una expresión dignificada para la eternidad es indigerible para Leibniz y da lugar a un sofisticado ping- pong verbal y gestual de comicidad desopilante que culmina con la indignada renuncia del pintor. Sofía madre recurre entonces a una afamada pintora travestida, y entra en escena la ficcional Aaltje van der Meer que con su desarmante autenticidad será la interlocutora ideal de Leibniz. “La idea de una mujer —expande Reitz— fue inspirada por esas pintoras de la época que se rebelaron franqueando los enormes obstáculos que les imponían los gremios controlados por hombres”. Michaelina Wautier (1604-1689) era como Aaltje, barroca y flamenca, y como ella pintaba —igual que Rembrandt y Caravaggio— desde la oscuridad hacia la luz.

Retrato de Michaelina Wautier, pintora del barroco
Retrato de Michaelina Wautier, pintora del barrocoArchivo

El triunfo de Baco, cuadro clave para la desaparición de Wautier de la historia, así como para su reaparición dos siglos y medio más tarde, explica la incredulidad sobre su autoría. Del siglo XVI al XVIII, las pintoras solo podían acceder a la profesión a través de una persona de sexo masculino, en general su padre o marido; para Wautier, esa persona fue su hermano pintor, Charles. Al compartir su taller, Wautier no habrá necesitado travestirse para asistir a clases de anatomía o de desnudos vedadas a las mujeres, limitadas a pintar flores y retratos. En vida, Michaelina fue reconocida en el Flandes español, gobernado por el Archiduque Leopold Wilhelm, apasionado coleccionista que compró El triunfo de Baco y otros tres de sus cuadros para los Habsburgo. Pero tras su muerte, su autoría se fue desdibujando. Era inconcebible que El triunfo de Baco , sobre todo por sus desnudos masculinos, fuera obra de una mujer. Así, sus cuadros se fueron atribuyendo a otros, entre ellos a su hermano, hasta que su nombre desapareció por completo. Solo en 1967, el experto Günther Heinz declaró que El triunfo de Baco solo podía ser obra de Wautier. Luego de ser expuesto cierto tiempo, el cuadro volvió al depósito hasta que en 1998 fue redescubierto por la historiadora Katlijne van der Stighelen, artífice de la investigación que condujo a la resurrección definitiva de Michaelina, ahora incluida entre los grandes maestros.

⁄ La autoría del cuadro se desdibujó: no se concebía que una obra con desnudos masculinos lo pintara una mujer

“Leibniz plantea la cuestión de la verdad en el arte—dice Reitz–, y esto convirtió nuestro filme en una búsqueda de la verdad en el cine, acuciante en la era digital”. Aaltje busca la verdad en la pintura. Wautier, en su autorretrato o en sus cuadros con preadolescentes, emana una veracidad y frescura que revelan una búsqueda similar. La magnética calidad de Leibniz, crónica… parece surgir de la fusión de un proyecto muy madurado con la levedad y la gracia que sólo pueden convocar la espontaneidad y la improvisación. Así, la apertura de Edgar Reitz al presente del rodaje (¿parte de la búsqueda de la verdad en cine?) Hizo que el filme atesore dos secuencias inefables con un emú y una mariposa. “Al emú lo soñé”, relata Reitz, que al convertir sueño en realidad posibilitó un momento maravilloso del filme vuelto una emplumada metáfora de la felicidad. “Cuando días después apareció una mariposa y se posó en la muñeca de Aaltje mientras la cámara seguía filmando, supe que nos guiaba un espíritu benévolo y que esos momentos mágicos indican que incluso en el mundo digital se esconden verdades que pueden revelarse”.

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La exposición Michaelina Wautier puede visitarse en el Museo de Historia del Arte de Viena (KHL) hasta el 22 de febrero