De los ‘freaks’ a los frikis
Cultura pop
El libro musical ‘Freaks out!’, sobre los tarados del rock, sirve de excusa perfecta para repasar la representación de los raros en el audiovisual o el cómic

‘La parada de los monstruos’ (1932), dirigida por Tod Browning
En estos tiempos de globalización, algoritmos e inteligencia artificial, lo diferente, lo raro, es casi un acto revolucionario. Las ciudades se han tornado asépticos espacios que replican previsibles franquicias de todo tipo, de las mismas cadenas de esto o de aquello. Cuesta diferenciar una cafetería —de especialidad, claro— de otra; un gastrobar de otro; una tienda de móviles de otra. Cuesta abandonar la sensación de estar siempre en la misma ciudad, del hemisferio norte, eso sí.
Con idéntica y perversa dinámica opera el consumo, con el omnipresente modelo de robotización y deshumanización de la cadena comercial. Y lo mismo ocurre, en gran y desoladora medida, con la cultura; dominada por grandes plataformas que reúnen editoriales, televisiones, festivales o streaming musical. Fondos de inversión que manejan colosales estadísticas sobre los gustos generales del usuario medio universal. Todo es igual en todas partes.
Así las cosas, hoy más que nunca la diferencia, la rareza, la tara, no solo canta, sino que incomoda, inquieta, molesta. Pero siempre fue así. Nos lo recuerda el músico inglés Luke Haines (líder de bandas como The Auteurs o Black Box Recoder) en su libro Freaks out!. Tarados, raros e inadaptados: Ascensión y caída del rock and roll como Dios manda (Contra, 2025). Uno de los libros musicales más interesantes de este pasado curso, divertido y entretenido a rabiar. Haines, confeso freak, arma una personalísima e íntima historia del rock a través de ídolos y personajes malditos como Jim Morrison, Alan Vega, Gary Glitter, Sun Ra o Billie Eilish, entre muchos otros. Popes del rock y el pop extravagantes, diferentes, raros.
⁄ El origen del vocablo no está claro: pudo significar audaz u osado, y acabó designando a personas con malformaciones
El origen de la palabra freak, en Inglaterra, no está del todo claro. Al parecer, procedería de palabras como freke (hombre audaz), frician (bailar) o frec (insolente, osado, intrépido), que empiezan a circular a partir del siglo XII. No estará documentada hasta el siglo XVI cuando se usa para referirse al antojo o al capricho; y ya en el siglo XIX y principios del XX, a personas con malformaciones físicas. Estos freaks recalarían en circos y casetas ambulantes donde serían expuestos para el entretenimiento popular. Los freak shows están documentados ya a partir de 1887. Este es el punto de partida de Freaks, el clásico del cine de 1932 dirigida por Tod Browning y estrenada aquí como La Parada de los Monstruos. Este será el primer referente de la cultura pop al respecto del concepto, que irá mutando con el paso del tiempo. Con una sencilla y efectiva trama, Freaks muestra sin filtros aquel sórdido mundo circense que sacaba rédito de la miseria de personas físicamente desgraciadas y apartadas de la sociedad. Una realidad mostrada en su nivel más cruel por David Lynch en su gótico film The Elephant Man, de 1980.

La cultura pop se encargaría de darle nuevas definiciones a la palabra, siempre referida a desviaciones y anormalidades. A finales de la década de los sesenta y ya en los setenta, el asunto entra en la escena contracultural estadounidense para referirse a los entusiastas de esto y de aquello. De la música, de las drogas, de la salud, del cine, del comic… Es precisamente en el entorno del cómic donde los freaks aparecen ya en todo su esplendor. Individuos que viven al margen de la sociedad, contra el sistema. Inadaptados sociales. Gente rara. Como The Fabulous Furry Freak Brothers, historieta creada en 1968 por el estadounidense Gilbert Shelton que narra las peripecias de tres hippies desempleados que van todo el día fumados, de marihuana, sobreviviendo en los bajos fondos y evitando a la policía. Publicada en revistas contraculturales como Playboy, Ripp of Comix o High Times, supone una crítica abierta a las políticas de derechas y el conservadurismo yanqui.
Marcará la línea a seguir por otros tantos dibujantes de cómic como Robert Crumb que ese mismo 1968 edita su fanzine Zap Comix, considerado como el origen del cómic underground. Allí publica sus historietas y las de otros dibujantes coetáneos como Robert Williams, Spain Rodríguez o el mencionado Gilbert Shelton. Su obra es toda una oda a lo freak, creando personajes memorables como Flakey Foont, Mr Natural o el Gato Fritz. Estos autores abren la veda del cómic alternativo y sus personajes inadaptados y outsiders. Y de las tramas bizarras, de lo raro, que seguirán otros tantos en los ochenta y noventa y en adelante. Hablamos, por ejemplo, de Peter Bagge (Odio), los hermanos Hernández (Love and Rockets), Daniel Clowes (Wilson, David Boring), Seth (La vida es buena si no te rindes), Chris Ware (Jimmy Corrigan) o Charles Burns (Agujero Negro) entre otros.
⁄ Después del ‘freak’ circense, la contracultura de los sesenta dio con nuevas definiciones y perspectivas
El fanzine es un espacio natural para todo lo freak. Esas publicaciones alternativas, autoeditadas y de bajo presupuesto, a cargo de fans y entusiastas, que surgen a finales de los sesenta y se consolidan en los ochenta. Es la década del apogeo de las subculturas juveniles, que se comunican con los suyos a través de los fanzines, donde comparten sus filias, sus inquietudes y sus señas de identidad. Una cultura subterránea que aquí hemos hecho nuestra como friki —el palabro adaptado a nuestra lengua— a través de fanzines de culto como Reacciones, 2000 Maníacos o Mondo Brutto, acaso el más bizarro y friki.

Obviamente, lo freak se ha apoderado de la cultura audiovisual, asaltando la pequeña y la gran pantalla. No me resisto a citar la serie británica The Young Ones (1982-1984), que reúne a cuatro freaks de diferentes tribus urbanas (hippies, punks, rockers…) que comparten piso y no dan palo al agua. /