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La 'penúltima' de Salman Rushdie: afrontar el final no solo con miedo, vino y sexo

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‘La penúltima hora’ nos recuerda de qué es capaz Salman Rushdie y por qué nos enamoramos de él con ‘Hijos de la medianoche’: oralidad, imaginación, control de la narrativa...

Salman Rushdie, fotografiado en 2024, durante la presentación en España de su anterior libro,‘Cuchillo’

Salman Rushdie, fotografiado en 2024, durante la presentación en España de su anterior libro,‘Cuchillo’

Dani Duch / Propias

Salman Rushdie fue atacado el viernes 12 de agosto de 2022 cuando iba a dar una conferencia en una pequeña localidad del estado de Nueva York: todos conocemos la historia, que el autor de Los versos satánicos narró en su libro Cuchillo; hemos visto las imágenes, leímos sobre ellas. Rushdie perdió el ojo derecho y la movilidad de la mano izquierda, pero se recuperó, y su escritura —de la que los relatos de La penúltima hora son el ejemplo más reciente— sólo se vio afectada en un aspecto: se llenó de fantasmas.

Uno de esos fantasmas es S. M. Arthur, el protagonista de Finado: después de morir, descubre que no puede abandonar las instalaciones del college en el que se instaló, voluntariamente, varios años atrás. Una vez fue un escritor importante, pero nunca volvió a publicar, está descomponiéndose, sus habitaciones han sido convertidas en un museo y sólo puede comunicarse con una joven india. Rosa va a ayudarlo a conseguir que el college dé explicaciones por el horrible modo en el que destruyó su vida y también a descubrir, en el camino, que libertad y bondad son esencialmente la misma cosa.

⁄ Tras el atentado que sufrió, su escritura sólo se ha afectado en un aspecto: se ha llenado de fantasmas

Si S. M. Arthur es un fantasma muy real, el narrador de Oklahoma es un espectro más sutil, un fabulador que persigue la sombra de su tío desaparecido y acaba descubriendo que ya no sabe a quién persigue y si el desaparecido no es él mismo. Junior y Senior, los viejos, “personajes de un cuento antiguo, atrapados en aciagas coincidencias e incapaces de hurtarse a las consecuencias del azar” del relato En el sur, también son fantasmas, en algún sentido: su amistad, resignada a sus escasos placeres y sus agravios, es lo único que queda de su vida, pero también es el residuo de los hábitos y las tradiciones de la India del período inmediatamente posterior a la independencia, un tiempo esperanzador que Rushdie hace concluir aquí con el tsunami del 26 de diciembre de 2004 y que en la realidad terminó antes, con la perpetuación de las enormes desigualdades del período colonial y el ascenso del nacionalismo étnico.

“Quizás podría ayudarme a abordar un enigma. Este: yo estoy muerto, es obvio. Dicho lo cual, ¿por qué estoy también no muerto?”, pregunta S. M. Arthur a su amiga. De algún modo, todos los personajes de este libro se hacen la misma pregunta. “En sus tiempos[,] pocas personas vivían tantos años[,] y[,] los que sí[,] probablemente estaban tan furiosos como él por cómo había resultado ser la vida y el tramo final de la misma, y por la estupidez y la crueldad de la raza humana”, leemos en Oklahoma. Quien habla aquí es Francisco de Goya, pero podría ser —y de hecho, de alguna manera, es— el propio Rushdie, quien ya tiene 78 años de edad y, por supuesto, no es ajeno a lo que sucede en el mundo.

La penúltima hora nos recuerda de qué es capaz su autor y por qué nos enamoramos de él con Hijos de la medianoche: oralidad, ironía, control absoluto de la narrativa, imaginación desbordante, humanidad. Rushdie es mejor cuando permite que el lector saque sus propias conclusiones; por ejemplo, en La intérprete de Kahani, la —magnífica— historia bollywoodiana de los talentos no sólo musicales de la joven Chandni, así como una reflexión en torno a lo mucho que se parecen un conglomerado empresarial y una secta.

Cuando tiene prisa, sin embargo, tiende a ser demasiado explícito: es lo que sucede en El viejo de la piazza, una sátira acerca de las redes sociales en su carácter de ágora y de “plaza pública”, y en la historia titulada En el sur, dos relatos que —no por azar— aparecieron originalmente en el New Yorker, una muy respetable institución estadounidense con una muy notable capacidad para “aplanar” toda la ficción que publica. Pese a ello, y aunque Rushdie hace decir a Goya que la única manera de afrontar el final es “con miedo, vino y sexo”, La penúltima hora demuestra que es posible hacerlo de otro modo. Por ejemplo, narrando. Y Rushdie sigue haciéndolo como nadie.

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Salman Rushdie. La penúltima hora. Traducción de Luis Murillo Fort. Random House. 272 páginas. 21,90 euros

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