–¡No, basta ya de “ángel”...! Desde que es mi copiloto le llaman “el ángel de la guarda”... Estoy hasta la coronilla...! –ríe Isidre Esteve (53) mientras su inseparable Txema Villalobos se agacha, pone las manos bajo las piernas inmóviles del piloto de Oliana, y con un movimiento suave y delicado lo eleva hacia el habitáculo del Toyota Hilux a medio montar en una nave industrial de Cassà de la Selva (Girona), antes de que lo embarquen hacia Arabia Saudí.
Es un pequeño ensayo de una maniobra habitual que le tocará hacer durante las dos semanas de rally a Txema Villalobos, mecánico y copiloto con funciones de celador de su piloto y amigo Esteve.
Fidelidad al piloto
“Isidre no es un jefe, es un amigo; no mira quién ha fallado sino adelante, con él es muy fácil”
– Son 61 kilos, ya estamos acostumbrados... La gente me dice que soy el escudero o el ángel de la guarda de Isidre, pero yo me veo solo como su copiloto. La única diferencia con otros competidores es que si pinchamos o tenemos una avería, bajo yo solo del coche. Él no puede. En el vivac o en el parque cerrado nos ayudan los mecánicos. El resto de cosas son iguales –minimiza Villalobos con su buen talante, que cautivó a Isidre para ficharlo. Además, claro, de sus conocimientos mecánicos.
Sus caminos se cruzaron en el 2009. Esteve hacía dos años que había sufrido la lesión medular y se había empeñado en correr su primer Dakar en coche adaptado, con un Ssangyong Kyron... Que preparó Txema Villalobos.
Txema Villalobos e Isidre Esteve en la nave del equipo en Cassà de la Selva
– La empresa donde trabajaba, Tot Curses, de Vulpellac, preparaba coches para el Dakar. Nos encargaron hacer la asistencia técnica del Ssangyong. Lo hice casi todo yo; era el jefe de mecánicos. Así fue como conocí a Isidre – recuerda Villalobos, que no tenía ni idea de hacer de copiloto cuando el de Oliana, dos años después de recuperarse de la dolorosa experiencia dakariana ( por las llagas en las nalgas), lo tentó para seguirlo...
–El copiloto es más importante de lo que creía, no solo por la navegación, sino por la mecánica. Yo quería a alguien al lado que cuando se parara el coche supiese rápidamente si se podía volver a arrancar. Y Txema era muy bueno como mecánico... –dice Isidre.
– Le dije que sí, pero yo no sabía mucho de copiloto. Había hecho un rally en Italia con Marc Blázquez. La frase de Isidre fue: “Tranquilo, que ya aprenderemos juntos”. Y así fue. Aprendí a hacer de navegante con él, porque sabe mucho de copiloto, como motorista que era...
Isidre Esteve no lo tiene fácil para acceder al habitáculo de su Toyota
Así nació, en el 2011, la pareja Esteve-Villalobos, primero compitiendo en el campeonato de España de buggies con un Polaris, y en el 2017, embarcándose en el primer Dakar juntos. Ya llevan nueve consecutivos. Ya se puede decir que son un matrimonio del rally... Aunque Txema no es un profesional de la navegación ni del Dakar –donde se estrenó en el 2000 como mecánico de Salvador Servià–. Él es solo un mecánico de Calonge, donde regenta un taller que tiene que dejar 15 días por la fidelidad a Esteve.
– Isidre no es un jefe, para mí es un amigo. Nos sentimos muy bien en el coche. Tiene un modo de ser que no mira quién tiene la culpa; él mira adelante y busca una solución. Con él es muy fácil. De momento no tenemos fecha de caducidad... El día que no pueda ir, o que esté cansado, porque ir al Dakar es bastante duro, pues no pasará nada –dice el mecánico con aquella calma que tanto ayuda a Isidre a pilotar.
– Txema nos aporta calma a los dos. Solo una vez lo he visto superado: el año pasado en el Empty Quarter [se quedó el coche clavado en una duna]. Se sentó en el suelo y dijo: “ Isidre, yo no puedo sacarlo de aquí”...
Descansaron, comieron, se hidrataron y lo desencallaron.
Pero la peor situación la vivieron en el campeonato de España de buggies, cuando se incendió el coche. Es la situación de más riesgo que pueden sufrir.
– Saqué a Isidre del coche, lo alejé todo lo que pude y volví para apagar el fuego, con arena, con las manos. Es la única vez que he sufrido peligro, porque estaba el depósito de gasolina al lado. El fuego es lo que más preocupa. Estos coches, con gasolina y aceites, cuando se encienden, se queman rápido, tenemos un tiempo limitado para salir. Isidre tiene que desatarse los pies y las piernas, y cuesta un poco salir. Eso da un poco de miedo –confiesa Villalobos, que confía en las buenas manos de Isidre y en cuidar los detalles.
Y si toca soñar, lo tiene claro:
–Sé que ganar el Dakar es imposible, pero me gustaría ganar una etapa. Imagínate que todo el mundo tiene problemas menos tú, y estás allí y ganamos una etapa. Eso sería lo mejor del mundo.
En la maleta
Cumpleaños feliz, papá
En la maleta de Txema Villalobos cada año se cuela alguna sorpresa... Que él ya se espera. “Es un regalo que me hacen mis hijos, y que me esconden, porque casi cada año paso mi cumpleaños en el Dakar. Así, el 29 diciembre, al llegar al rally, abro la maleta y me encuentro alguna sorpresa... Es una costumbre que hemos establecido”. Algunas veces le han regalado postales o tarjetas de “vale por un viaje”. “Lo celebramos cuando vuelvo, con el cumpleaños de mi hijo, que es del 12 de enero, y tampoco coincidimos nunca”.
