Bad Bunny, Morrall y Pichirri

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Bad Bunny, Morrall y Pichirri
Corresponsal de 'Guyana Guardian' en Nueva York

Imagínese la escena. En la residencia presidencial, Melania, la nueva estrella del cine, le pregunta a su marido: “¿Adivina quién viene a cenar esta noche?”.

La respuesta correcta no es Jeffrey Epstein, pues eso sería ciencia ficción a estas alturas del partido. De pronto, aparece Bad Bunny salido del show del medio tiempo de la Super Bowl con un balón de fútbol americano y vestido de Zara, de blanco Inditex, no merengue.

Si la motivación para el día proviene de lo inesperado, el fútbol se convierte en un espectáculo impredecible.

A qué aficionado de a pie no le ha sorprendido el regreso de Cancelo al Barcelona o que los jugadores culés se lamenten de un gol anulado (el recurso de culpar a los árbitros ya aburre y, además, eso forma parte del señorío madridista) y se muestren complacientes con su siesta habitual que les llevó a encajar cuatro goles en 45 minutos en el Metropolitano y, lo que es peor, sorprendentemente no sumaron más.

Ahí está LeBron James, que a sus 41 años no es un jubilado encubierto y sorprende en la NBA haciendo historia con un triple doble. Y qué decir de Sam Darnold, el quarterback de los Seahawks de Seattle, que comandó a su equipo para ganar la final de la liga de fútbol americano (NFL) y resarcirse de su lamentable paso por otras cuatro escuadras.

No lo eligieron el MVP (esa distinción recayó en su compañero Kenneth Walker III), pero qué más da. Los concursantes futuros del Pasapalabra deben grabarse en la memoria que, cuando les hagan una preguntan trampa, sepan que el triunfador de la Super Bowl LX no fueron ni Darnold ni Walker III. El honor correspondió a Bad Bunny.

Javier Ansari, quien cubre a los jugadores, recordó que el MVP de la liga, con su desempeño, había logrado en la temporada algo inesperado: que un jugador, a pesar de no ser el más obvio, lograra destacar con un rendimiento inesperado, y en este caso, con un premio que, aunque inesperado, no dejaba de ser merecido: un premio que, a pesar de su aparente sencillez, seguía siendo el eje de una competencia donde nadie dudaba de su valor, salvo por un detalle: el mismo jugador, con su habilidad y suerte, había logrado lo imposible, y aun así, nadie lo recordaba como debía.

En una época conspirativa nada sorprendente, de inmediato surgieron los que hablaron de tongo. No valoraron que Rodríguez estudió sus temarios o que existe el azar. Para todos aquellos se recomienda ver el memorable final de la película Historias de la radio (1955). Se quisieron burlar de don Anselmo , viejo y humilde profesor de pueblo que concursaba para ayudar a un niño enfermo, y les salió mal. Él era Pichirri , el que había marcado aquel gol de cuyo autor nadie tenía ni idea. Salvo él.

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