De la cinta aprendí la importancia del movimiento y también sus riesgos
Almudena Cid
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Llueve a mares y así, bajo la tormenta, Marta Cantón (60) me planta un beso y un buen abrazo.
Luego abro el paraguas y nos parapetamos debajo, y agarrados del brazo bailamos bajo la lluvia y cruzamos la calle y alcanzamos el gimnasio Claror Cartagena, donde hoy ella oficia una sesión de estiramientos.
En el vientre del lugar, en la sala, se atenúa el estruendo del exterior. Se apagan los ecos de la tempestad, los alumnos han tendido las esterillas, ahora nos envuelve una luz violeta, suave y relajante. Marta Cantón abre el bluetooth, deja que la música sobrevuele el lugar, da rienda a una suerte de electrónica relajante, como una nana para adultos, y ahora habla bajito, le susurra a la veintena de alumnos, y Àlex Garcia, el fotógrafo, le pregunta:
–¿La puedo retratar a usted así? ¿Hay algún alumno que no desee aparecer en la foto?
Al fondo, alguien alza la mano.
El resto asiente.
Marta Cantón, semanas atrás en Barcelona
Arranca la sesión de estiramientos y arranca la sesión de fotos, y tomo asiento en una esquina y disfruto del momento.
Si no tuviera prisa, yo también me tumbaría ahí mismo por una hora, seguiría las instrucciones de Marta Cantón.
(...)
Luego, con un café de por medio, Marta Cantón me dice:
–Cuando tenía 19 años, a veces me preguntaba cómo sería la Marta Cantón de cuarenta. Al llegar allí estaba igual. Y ahora, con sesenta, también sigo igual.
–¿Pero no tiene dolores?
–Como todo el mundo. La muñeca, el tobillo... Poca cosa.
–¿Es usted una privilegiada genética?
–Creo que sí. Mis padres (Manuel y Carmen) tenían esa buena genética. Mi padre era creativo, trabajaba en seguros médicos y una vez me cosió una herida en la muñeca derecha. Y mi madre cosía a diario en Mullor, que era una tienda de ropa para bebés.
La rítmica me dio un nombre, pero poco más. Dinero... A mis 19 años, a mi lado no quedaba ya nadie de mi generación”
Cuando tenía 19 años, Marta Cantón era una reina en nuestro país. Junto a Tere Rioné (atleta) y Natalia Mas (nadadora), las tres componían un tridente sensacional, algo así como la avanzadilla del aluvión de mujeres deportistas que estaban por florecer en España.
–Fui sexta en el concurso general de gimnasia rítmica en Los Ángeles’84. Era el primer diploma olímpico de una mujer de nuestro país. Y éramos unas privilegiadas, nosotras tres, también junto a Isabel Mozún en el salto de altura y junto a Anna Tarrés en la sincro.
–Se forraría, entiendo... –le observo.
Enarca una ceja.
–La rítmica me dio un nombre, pero poco más. Dinero... Me gustaba el deporte artístico, el arte, la música, la parte creativa. También me gustaba la disciplina y el compromiso por profundizar y alcanzar el límite. Pero tras LA’84 entendí que debía estudiar porque en aquellos años el deporte no daba para más. Aún no había llegado el boom de Barcelona’92, el tiempo de los ADOs y las becas. A mis veinte años, a mi lado ya no quedaba nadie de mi generación. Emilia Boneva, mi entrenadora, me pidió que aguantara hasta el Mundial de Valladolid de 1985 y en la rutina de cuerda decidí que ese sería mi último ejercicio. Acabé quinta, ¡mejor que nunca!
Marta Cantón imparte una sesión de estiramientos en el gimnasio Claror Cartagena, en diciembre
–¿Y no podía haber seguido?
–Seguro que sí, pero tenía que estudiar. Saqué la Selectividad y me planteé el deporte como otra franja de mi vida, ahora quería ser entrenadora y ayudar a que otros rompieran sus techos.
–No vivió la decadencia de la élite.
–Al retirarme aún conservaba la juventud y la posibilidad de encajar. Cuando acabé INEF, enseguida tuve trabajo como entrenadora. Estuve en las Teresianas, en la Associació Montjuïc de la calle Lleida, en la Estació del Nord, aquí en los gimnasios Claror...
Con el tiempo se casó con Colomán Trabado, ochocentista imprescindible, y más adelante, junto al fisioterapeuta José Antonio Sánchez-Guardamino, tuvo a Itzíar (fue internacional en natación artística) y a Iker, que corre el 800.
–Pero la paz me la da el yoga –me dice.
–¿Qué le da?
–Salud y el centro mental, el saber qué quiero hacer en cada momento. Sigo siendo de goma, sueño con ser como Paco, mi instructor, que ya tiene 70...

