Queralt Castellet (36) era una adolescente de quince años cuando aparecía en sus primeros Juegos de invierno, en Turín 2006.
Era menuda y talentosa, y el mundo del deporte extremo, entonces embrionario en nuestro país y también en el olimpismo, buscaba adalides. Aquellos sabios del deporte alternativo recorrían el mundo asomándose a los tubos de nieve, andaban tras rostros frescos para una especialidad emergente.
Rostros como el de ella.
Al descubrirla, los sabios, gente de Red Bull, promotor de estas alternativas, se decían:
–Será magnífica, al tiempo.
Tenían razón.
El tiempo, a Queralt Castellet le ha dado de todo. Proyección y presencia, también sinsabores.
En el 2015, cuando ya era una personalidad imprescindible y lucía una plata mundial en el snowboard halfpipe (piruetas y piruetas en un tubo, la modalidad acrobática del snowboard), la gente de Red Bull nos contó su historia.
Queralt Castellet destaca como un talento único
Lo hizo a través de un documental, Ride to the roots, el repaso a la carrera profesional de Queralt Castellet, con parada técnica en un episodio doloroso, el suicidio de Ben Jolly, su entrenador y su pareja.
–Esa situación no era fácil –le decía Castellet a la cámara.
(Se refería a las adicciones de Jolly, su debilidad por el alcohol y las drogas).
–Ben y yo éramos pareja. Luego él había pasado a ser mi entrenador, mi compañero de vida, mi todo. Lo que había entre nosotros era superespecial –decía Castellet.
El episodio la llevó a replantearse su trayectoria.
Queralt Castellet se recluyó con sus padres en Sabadell. Pasó cinco meses sin subirse a la tabla. En el refugio familiar halló paz. Las conversaciones en la intimidad, al calor del fuego, la hicieron regresar a escena.
La apuesta le salió bien.
–Las vidas de todas las personas tienen subidas y bajadas y cada uno decide qué herramientas usa para seguir adelante. Por suerte siempre tuve el snowboard y eso me da felicidad –contaba a La Vanguar dia en el 2022.
Para entonces, en aquel 2022, ya tenía su plata olímpica (hasta ahora, es la última de las cinco medallas que ha recogido el deporte español en el olimpismo de invierno).
Y aquí sigue.
La inercia, el tiempo, han traído a Queralt Castellet hasta Milano-Cortina d’Ampezzo, sus sexta aventura olímpica, donde ya no es aquella adolescente que, ilusionada, pirueteaba en Sestriere, sino una mujer adulta y una deportista excepcional en un cuerpo repleto de cicatrices (también es rara avis, ejemplar Mediterráneo único, como Carolina Marín en el bádminton, Lydia Valentín en la halterofilia o Nil Llop y Daniel Milagros en el patinaje de velocidad).
Sin embargo, en el Snow Park de Livigno, entre especialistas asiáticas y californianas –gentes de ropas anchas y punto de gravedad bajo–, las cosas se le tuercen y los trucos le dan la espalda: se cae en su primera carrera y se cae en la segunda, y en la última manga, conservadora pero eficiente, se desestabiliza en el desenlace, en el quinto truco, y solo puede ser décima. Desde la tribuna, contempla la proeza de Gaon Choi (17), la coreana inesperada que sube al oro e impide el tercer título olímpico de la legendaria Chloe Kim, plata.

