El tenista de élite es un rara avis. En cuestiones de soledad, quizás solo le supere el nadador. Hablamos en ambos casos de disciplinas individuales que basan su evolución y mejora en movimientos mecánicos y repetitivos. La mente, ante esos excesos de monotonía, requiere de una corteza competitiva dura como una piedra para resistir y sobresalir que solo unos pocos elegidos son capaces de desarrollar.
Generalizando mucho, los números uno del tenis a lo largo de la historia se pueden dividir en dos grupos, los inexpresivos y los extrovertidos. Unos y otros pasan por fases muy delicadas, de las que hemos tenido noticias pasado el tiempo gracias a biografías que remarcaban las consecuencias de ese inevitable aislamiento. Andre Agassi (extrovertido) reconoce en el libro Open que detestó el tenis durante gran parte de su carrera por la presión a la que fue sometido desde niño; Bjorn Borg (inexpresivo), que acaba de publicar Latidos-memorias , confirma que se retiró a los 26 años por falta de motivación y reconoce su incapacidad para sortear todo tipo de adicciones.
Juan Carlos Ferrero y Carlos Alcaraz preparando la última edición de Roland Garros
Carlos Alcaraz, aunque extrovertido, es un número uno diferente. O lo disimula de maravilla o disfruta jugando como si no contara el dinero que gana, lo que retrotrae al verle a la niñez de todos. La noticia de su ruptura con el entrenador que le ha elevado a la cima del mundo de la raqueta, Juan Carlos Ferrero, deja una sensación de extrañeza. Le considerábamos satisfecho con su carrera y con todo lo que le rodeaba. Bien pensado, nos dice que el murciano toma su primera decisión como adulto. Si ha acertado o no nos lo contará, si quiere, en una futura biografía, ya retirado, cuando se mira todo lo hecho con otros ojos.