Las temporadas de 8 episodios deben acabar: el reciente lanzamiento de 'Fallout' confirma nuestras dudas
Videojuegos y streaming
¿Resultan bastantes solo 7 horas para adaptar las más de 50 que ofrece un videojuego? Lo observado en la segunda temporada de 'Fallout' nos indica que no.
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Esta línea argumental tal vez sea la segunda más efectiva de la temporada aunque, tras dejar el resguardo, parece haber extraviado el rumbo.

Que las segundas partes nunca sean buenas, a veces, tiene su fundamento. O al menos, eso es lo que le ha ocurrido a la segunda temporada de Fallout: la secuela de la exitosa adaptación producida por Amazon de la franquicia de videojuegos de Bethesda Games. Aunque, en su estreno original en abril de 2024, tanto los fans como los espectadores ajenos a la saga acogieron con entusiasmo su planteamiento, sus personajes y su ritmo, esta segunda entrega de capítulos ha enfrentado una recepción considerablemente más reservada.
La razón principal es, ciertamente, que esta segunda entrega abarcó una cantidad de contenido superior a sus capacidades. El conjunto de ocho capítulos lanzados de diciembre a febrero en Prime Video busca, con resultados desiguales, trasladar la atmósfera, el nivel de detalle y la diversidad de una de las obras lúdicas más apreciadas de la franquicia por sus seguidores.
Hablo de ese Fallout: New Vegas que, a pesar de su estreno técnico desastroso en 2010, terminó adquiriendo un estatus de culto por la riqueza de su historia y la fuerte atención que concede a las decisiones del jugador. Ambientado en el desierto del Mojave, dábamos vida a un cartero que, tras ser atacado durante la entrega de un paquete crucial, se convertía en el elemento central para poner fin a un conflicto entre facciones. Apoyar o rechazar a la República de Nueva California, a la Legión de César o al Sr. House, entre otros, generaba efectos concretos en su mundo, y el jugador debía enfrentar sin cesar las consecuencias de sus propias acciones.
Durante la segunda entrega, Lucy y el Ghoul se dirigen a la urbe de New Vegas —un complejo de casinos edificado encima de los restos de la vieja Las Vegas, Nevada— con el anhelo de hallar indicios acerca de la ubicación de sus parientes. Mediante dicha trama, los protagonistas y el público se sumergen, gradualmente, en el intrincado panorama de dicha región. La producción requiere detallar un contexto sociopolítico imaginario y enrevesado, en el cual cerca de diez grupos distintos luchan por el control bajo condiciones específicas. Al mismo tiempo, el segundo ciclo retoma diversos relatos pendientes del pasado: Maximus, el combatiente de la Hermandad del Acero, lidiará con su conflicto ético personal, al tiempo que los habitantes de los refugios 31, 32 y 33 logran comprender mejor la realidad de su situación.
Esta situación provoca que una producción con una estructura ya intrincada —contando con tres figuras principales desde el inicio— termine saturada por el volumen de tramas que debe entrelazar, los diversos marcos que requiere aclarar y la diversidad de individuos y motivaciones que necesita mostrar. La consecuencia son entregas inconsistentes donde ocurren múltiples eventos, aunque, simultáneamente, se percibe un estancamiento total: mediante breves escenas de escasos minutos, la narrativa brinca entre roles, lugares y puntos de vista con rapidez, sufriendo para lograr el más mínimo desarrollo en gran parte de las historias. No obstante, esto no resulta sorprendente. La segunda entrega de Fallout padece una dificultad que no le pertenece únicamente a ella, sino que representa una restricción habitual en la industria: el formato habitual de ocho capítulos.
A raíz del éxito masivo de las plataformas de streaming, como Netflix y la propia Prime Video, sumado al crecimiento de la inversión necesaria para costear el montaje, la ambientación y los efectos digitales de las ficciones televisivas, las entregas de ocho capítulos se han consolidado como el patrón habitual en la mayoría de producciones, sustituyendo a las antiguas temporadas que solían contar con doce episodios o incluso más de veinte.
Las temporadas de ocho capítulos se han vuelto el nuevo estándar en la mayoría de las series, donde antes solían caber temporadas de doce, como mínimo, e incluso más de veinte
La actividad comercial empezó a girar en torno al binge-watching —la acción de ver, de forma continuada, la totalidad de los episodios de una obra—, una moda promovida por los propios servicios de streaming, los cuales estrenaban las temporadas enteras de sus creaciones originales simultáneamente, organizadas de forma óptima para el espectador y enlazando los capítulos de modo automático.
Sin embargo, esta modalidad de estreno, la entrega integral en la red sin pasar antes por la televisión, acarreaba ciertas dificultades. Hace solamente una década o quince años, las ficciones se estrenaban sin que su proceso de creación hubiera concluido totalmente; era habitual que diversas producciones continuaran rodándose o montándose cuando ya se proyectaban ante el público. El hecho de que las entregas fueran extensas no suponía un inconveniente; de hecho, solía representar un beneficio considerable en múltiples ocasiones. Después de todo, el atractivo principal para los canales residía en la publicidad insertada durante los cortes comerciales de la transmisión.

En el caso de que las compañías deban lanzar sus entregas íntegras de golpe, y si el parámetro actual de triunfo no reside en el rating o la facturación por anuncios, sino en la permanencia y el volumen de minutos consumidos, resulta comprensible que los creadores apuesten por contenidos breves, ideados para un consumo rápido. Sin embargo, lo que sale perdiendo en esta búsqueda de sencillez es la creación artística: producciones demasiado simples, con historias muy planas, en las que los roles y las tensiones apenas cuentan con margen para evolucionar y profundizar.
Aunque muchas empresas han ido dejando atrás progresivamente el modelo de binge-watching —Prime Video, por ejemplo, ha estrenado esta temporada de Fallout semanalmente, mientras que la primera temporada se lanzó de forma simultánea—, los impactos que ha generado en los servicios de streaming y en los estándares de calidad persisten.
En cierta medida, la segunda temporada de Fallout es atrevida: intentar condensar su complejo universo no es nada fácil. La serie de Amazon aborda este reto con elegancia, rechazando ceder en ambición. Pero el juego del que provienen estos episodios dura unas 50 horas, repletas de tensión, eventos y matices; y ocho capítulos de cincuenta minutos cada uno resultan insuficientes para capturarlos todos. Quizás, en otro momento, bajo otras condiciones, la New Vegas cinematográfica podría haber alcanzado la grandeza de su contraparte videojueguil.

