Costa Este, marcando el ritmo de la noche

Empresas: ocio

La familia Bordas culmina el relevo generacional en el grupo sin romper el modelo que les ha llevado a la cima del ocio nocturno

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Jorge Bordas, segunda generación de Costa Este, en el interior del Boris 

Andreu Esteban / Propias

Es quizás uno de los sectores más agridulces del panorama económico. Con permiso del tardeo de moda, a casi todo el mundo le gusta salir de noche y divertirse, pero pocos toleran tener una discoteca o un local de copas al lado de casa. Pero la familia Bordas ha sabido mantener un justo equilibrio logrando encumbrar su empresa a lo más alto del ocio nocturno. Se trata de Costa Este, un imperio de 14 locales –con Opium Barcelona a la cabeza– y 90 millones de euros de facturación que durante más de 40 años han dirigido Ramón y Javier Bordas. Ahora, los hijos del primero –Jorge y Ramón–han cogido el testigo.

“Yo no hablaría de relevo, sino de convivencia”, dice Jorge sentado junto a su padre, Ramón Bordas. La frase no es retórica: describe un cambio que ya se está produciendo. La segunda generación ya gestiona el día a día del negocio, mientras la primera sigue presente en la estrategia y en las grandes decisiones. “Esta etapa de convivencia es muy útil para todos. Ellos aprenden de nosotros, y nosotros, de ellos”, valora Jorge Bordas, quien al igual que su hermano pasó por la banca de inversión en Londres tras formarse en Administración y Dirección de Empresas.

El grupo factura 90 millones de euros al año y emplea a unas 1.000 personas, sobre todo en Barcelona

Su llegada al negocio familiar se produjo durante la pandemia, “en el momento más bajo”, cuando el sector estaba completamente parado. “No nos arruinó de milagro”, reconoce el padre. Pero Jorge encontró su espacio. “Con las experiencias anteriores ya tenía una buena base, y además mi hermano estaba también dentro. Ha sido una transición muy natural”.

Opium, Bling Bling, Astoria, Ku (antigua Pachá) o Cachitos son algunos de los establecimientos que han consolidado el músculo de un grupo que emplea a cerca de 1.000 personas y que se ha convertido en uno de los grandes operadores del ocio nocturno en España, presentes también en la Costa Brava, Madrid y Marbella. Por sus locales pasan cada año entre tres y cuatro millones de clientes, y aunque presentan perfiles muy distintos, les une una misma filosofía: crear experiencias reconocibles, difíciles de replicar y muy ligadas al pulso de cada ciudad. “La noche es muy poco franquiciable, no es macdonizable ”, explica Ramón Bordas.

foto ANDREU ESTEBAN Entrevista con Jorge Bordas, representante de la familia Costa Este, en el recién inaugurado Local Boris.

La discoteca Boris es un proyecto íntegramente de la segunda generación 

Andreu Esteban / Propias

A ese núcleo histórico se han sumado los primeros proyectos impulsados directamente por la segunda generación, que marcan también un cambio de etapa. El más simbólico es Boris, una discoteca de menor aforo para un público algo más maduro –treintañeros, como sus creadores–. “Es más un concepto de calidad que de cantidad”, resume Jorge. Música, tamaño, relaciones públicas y experiencia se han afinado para ocupar un nicho que, aseguran, Barcelona estaba pidiendo. También el Bastian, un ambicioso beach club en la playa de Sant Sebastià, junto al hotel W de Barcelona, que ha supuesto una inversión de entre 15 y 20 millones y que combina restauración, copas y eventos. “Sin ellos (los hijos), mi hermano y yo no lo habríamos abordado”, admite el fundador.

Y es que este proyecto dista mucho de lo que Ramón y Javier Bordas montaron a finales de los años ochenta casi por casualidad. Unas carpas efímeras en la Barceloneta y en la Costa Brava, que fueron el embrión de Costa Este. “No había nada parecido entonces”, recuerda el fundador. Eran espacios temporales, al aire libre, en una noche mucho más improvisada y menos regulada, donde el éxito dependía tanto del olfato como de la capacidad de reaccionar rápido.

La empresa tuvo también proyectos que no cuajaron y locales que cerraron antes de tiempo, víctimas de problemas vecinales, licencias complejas o simplemente de haber llegado demasiado pronto. Una acumulación de aciertos y errores que fue moldeando una forma de hacer. Hoy la noche ya no es la misma que cuando empezaron, reconocen. Ha cambiado el consumo de alcohol –pero no en el segmento prémium, donde el champán sigue corriendo–, ha subido el ocio diurno, todo está mucho más digitalizado y el cliente es más exigente. También el peso del público extranjero ha crecido. Es una noche más transversal, pero sigue siendo la noche y, para esta familia, es sinónimo de negocio y de disfrutar.

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