El wolframio siempre vuelve

Minería

Se reactiva la extracción del mineral que marcó a España en la Segunda Guerra Mundial

Tancs alemanys amb blindatge d’acer de gran resistència amb wolframi, Segona Guerra Mundial

El wolframio fue clave para endurecer las planchas de los tanques en la II Guerra Mundial

Bundesarchiv

El wolframio, el único elemento químico descubierto por un español, el riojano Juan José Elhuyar, y el mineral que marcó a la península Ibérica durante la Segunda Guerra Mundial, vuelve a resultar estratégico por las restricciones para importarlo de China, donde se concentra la gran mayoría de las reservas mundiales. En A Gudiña, Ourense, la empresa sueca Eurobattery Minerals abrió en octubre la que es la segunda mina de wolframio en activo en España, junto con la que ya funcionaba en Barruecopardo, Salamanca, mientras hay otra autorizada en Ciudad Real y existe otro proyecto en Cáceres. Galicia, que aportó más de dos tercios de la producción legal en los tiempos dorados bélicos, atesora una multitud de yacimientos abandonados, tal vez a la espera de que esta fase se intensifique.

Hace más de un decenio, en la comarca de O Ribeiro, hubo movilizaciones contra el plan de una gran mina de wolframio, que no prosperó. En el caso de la recién estrenada de A Gudiña no transcendió tal oposición, si bien en Galicia existe una considerable sensibilidad social tanto en lo que atañe a los efectos ambientales como ante el secular aprovechamiento de sus recursos naturales con efectos limitados, sino nulos, para su desarrollo.

Además de ser uno de los elementos más pesados de la tabla periódica, con el punto de ebullición más alto entre los metales, con gran utilidad para las aleaciones y que se utiliza para fabricar desde las puntas de los bolígrafos y las lámparas incandescentes hasta productos de la industria militar, aeroespacial y de la automoción eléctrica, el wolframio presenta la particularidad de tener dos nombres, este de origen alemán, y el sueco, tungsteno.

Como el oro californiano, dejó un reguero de dinero en muchas zonas; pero la prosperidad voló rápido

Y si la primera y grandísima edad dorada de este mineral en Galicia se produjo durante la fase de colonización económica nazi de la España de Franco, tanto en la de la guerra de Corea como en la actual, el protagonismo fue sueco, esta vez a través de Eurobattery. Tras comenzar en octubre a trabajar en la mina de A Gudiña, a cielo abierto, la compañía anunció el hallazgo de casi un millón de toneladas de este mineral, lo que supone, asegura, una garantía para el abastecimiento europeo.

En la Segunda Guerra Mundial, el wolframio era clave para endurecer las planchas de los tanques y los proyectiles. Hitler se cerró a sí mismo el suministro procedente de China cuando, el 22 de junio de 1941, invadió la Unión Soviética, país a través del cual el mineral llegaba a Alemania por ferrocarril. Sin acceso a mercados ultramarinos, pasó a ser dependiente del wolframio de la península Ibérica, liderado en volumen por Portugal, donde, en cambio, no tuvo el impacto económico explosivo de España. La dictadura de Oliveira de Salazar fijó un precio oficial, mientas que al otro lado de la frontera era libre, lo que alimentó el contrabando.

Franco y su ministro de Economía, el catalán Demetrio Carceller Segura, apostaron hasta el final por suministrar a Alemania, lo que provocó en 1943 un embargo de cuatro meses de petróleo a España por parte de Estados Unidos. Las investigaciones del historiador Emilio Grandío han sacado a la luz planes aliados teóricos de invasión por la “Normandía gallega”.

Hasta 42 veces multiplicó su valor oficial el wolframio durante el franquismo, según el economista Cagigas

Pero la guerra fue económica, que es como se conoce a las operaciones en los países neutrales para impedir u obstaculizar los aprovisionamientos. Pese a su ingente gasto en compras de wolframio en España y del posterior corte por la presión aliada y la pérdida de Francia, según el economista Carmona Badía, Alemania aún contaba al final de la guerra con reservas.

El beneficio fue sobre todo para las élites franquistas y sus allegados, como el conde Argillo, futuro consuegro de Franco, uno de los testaferros de los nazis, además de para traficantes y contrabandistas. La escalada brutal del precio oficial del wolframio, de 42 veces sobre el valor oficial, según el economista Caruana de las Cagigas, dejaron todo un reguero de dinero en comarcas de A Coruña, Pontevedra y Ourense, y también de León, Salamanca, Extremadura y hasta Córdoba.

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En la España del racionamiento y el hambre hubo familias que se construyeron un futuro con estrategias de ahorro e inversión, pero en muchos casos, al más puro estilo del oro californiano, la prosperidad se volatilizaba por sí misma. En los cuatro pequeños museos del wolframio que hay en Galicia y en el norte de Portugal, de los que el mejor, con diferencia, es el de Lousame, cerca de Santiago, cuentan la misma historia, enraizada en la tradición de esas comarcas, que los súbitos ricos, lugareños y gentes llegadas en masa, utilizaban los billetes como papel de fumar y no pedían copas, sino botellas.

En Fontao, en las montañas del centro de Galicia, surgió un poblado minero, al que se llamó “Madrid chiquito”, con medio centenar de bares y varios cines y prostíbulos, que hasta se instalaban en los hórreos, y presos republicanos forzados a trabajar. Se vendían las vacas para utilizar los establos como pensiones. Se derribaban casas al ver que se habían hecho con las preciadas ­piedras.

El wolframio siempre vuelve, ahora de China.

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