Anthony Bale, medievalista: “Viajar en la Edad Media podía ser más fácil que ahora, porque se podía utilizar la religión como instrumento de comunicación”
Edad Media
Con su ‘Guía de viajes por la Edad Media’, el autor británico nos muestra la riqueza del viaje en aquella época, en la que, pese a los peligros, los desplazamientos eran más habituales de lo que solemos pensar

El historiador británico Anthony Bale en Madrid
Al historiador británico Anthony Bale le fluye el Medievo por la biografía. Y es que, aparte de catedrático de Literatura Medieval y del Renacimiento en la Universidad de Cambridge, se confiesa medievalista temprano desde que hace 30 años se interesara por las relaciones entre judíos y cristianos para acabar navegando por las aguas de Tierra Santa como un viajero más.
Y ahí, historia aparte, encontramos su otra gran pasión: el viaje. Algo que ha llevado a Bale a publicar Guía de viajes por la Edad Media. El mundo visto por los viajeros medievales (Ático de los Libros). Un texto original y tremendamente ameno que desarrolla cómo se recorría el mundo medieval, y que empezó a escribir durante la pandemia de Covid-19. “La manera en que viajábamos empezó a parecerse mucho más a cómo se viajaba en el Medievo”, sostiene mientras arranca esta entrevista que, a juzgar por sus risas abundantes, parece disfrutar.
¿Por qué escribir esta guía de viajes en la Edad Media?
Las guías de viaje siempre se han dejado de lado, y es una pena porque son fuentes muy ricas, muy emocionantes, que abren una puerta íntima y fresca a la vida de la gente. A través de este tipo de relatos observamos una visión más personal del pasado, de la historia de estas personas, con experiencias relacionadas con la salud, el sexo, sus expectativas o sus esperanzas. Con este libro quería diversificar la visión que se tiene del Medievo en cuanto a lo variadas que eran las sociedades, y a cómo funcionaba el panorama internacional, que era más diverso de lo que pensábamos.
La visión que tenemos en Europa está muy relacionada con batallas y familias reales, pero no tenemos tantas imágenes del individuo corriente, y al final todo el mundo viajaba y no todos pertenecían a la élite. Tener más versiones de cómo se vivía el Medievo y conocer el nivel de internacionalización es interesante, porque en Europa se genera mucha información a partir del nacionalismo del siglo XIX a través de la creación de tradiciones de lengua y de Estado. En el Medievo estaba todo mucho más mezclado.
Su libro se lee como una recopilación de cuentos de aventuras. ¿En qué fuentes se basa?
En su mayoría, las fuentes que utilicé fueron guías de viaje, pero tenemos también documentos administrativos, tumbas de la comunidad italiana en China... También quise que las fuentes fuesen los sitios que aparecían en el libro, a los que intenté viajar. No fue posible por la pandemia, pero lo intenté porque me parecía que al final vivir el mundo que habían vivido mis personajes era la mejor manera de escribirlo.

¿Se parecía el turismo de hoy en día al turismo medieval…, si es que lo había?
Sí, en muchas de las fuentes vemos cómo se refleja el comienzo de lo que es el turismo moderno. Es un momento en el que las personas empiezan a pagar para irse de viaje junto con otras personas, como si fuesen viajes organizados. Vemos también cómo surgen infraestructuras, como tabernas y posadas, que abren solo para servir a viajeros. Y también vemos cómo la gestión de las divisas hace que empiecen a abrir bancos en Europa que están destinados a trotamundos en exclusiva.
¿Cuáles eran las motivaciones para viajar en la Edad Media? Aparte de encontrar al Preste Juan, claro…
[Ríe]. Hay muchas motivaciones, pero se podría decir que la principal es obtener un beneficio material o espiritual. Por ejemplo, las personas que peregrinaban hasta Jerusalén recibían una recompensa para el alma directamente del banco de Dios. Y los mercaderes obtenían un beneficio material. También había personas que viajaban por curiosidad y había diferentes profesiones viajeras, como por ejemplo diplomáticos, espías o misioneros. La gente también viajaba por salud. De hecho, empiezo el libro hablando de una mujer inglesa que en 1350 peregrinó porque quería quedarse embarazada y no lo lograba, algo bastante común.

¿Cómo es posible que se entendieran entre sí los viajeros medievales?
Para algunos viajeros de esa época a veces era más fácil viajar que actualmente, porque se podía utilizar la religión como instrumento de comunicación. Los cristianos se podían comunicar en latín, los judíos en hebreo y los musulmanes en árabe. Tenían esa lengua litúrgica en común, aunque luego su lengua del día a día fuese distinta. Pero los viajeros hablan mucho de problemas de comunicación, perdiéndose a menudo por ello.
Para ayudar, las guías incluían listas de palabras o glosarios con números, nombres de alimentos, con información general e incluso sobre intercambios sexuales. Lo cual no servía de mucho, porque con frecuencia estaban desfasadas o equivocadas. Hay una historia en mi libro de un caballero alemán que llega a Tierra Santa y, cuando quiere salir a utilizar una letrina, le piden dinero, se niega y termina muriendo tras una paliza. En este episodio parece que hubo algún error de comunicación.
¿Cuál es la mentira más sorprendente que se ha encontrado en los relatos de viajes medievales?
Esta es una pregunta difícil contestar. La mentira más grande es la mención a la transmisión espiritual. Es decir, se preguntaban si era cierto que la gente se sentía cambiada o había cambiado cuando volvían de peregrinar de Jerusalén o Roma. Este es un problema que abordan los textos de viajes porque se preguntan si realmente viajar aporta un valor o, simplemente, la sensación de cambio es una ilusión.
¿Cuál es su viajero medieval favorito? Sospecho que no es Marco Polo…
[Ríe]. No, Marco Polo no es mi favorito. Los libros que escribió son maravillosos e inspiradores, pero tienden a ser impersonales. A mí me gustan los relatos más íntimos. No tengo un favorito, pero es cierto que me gusta mucho el personaje de Margaret Kent, una señora inglesa del siglo XV que viajó a Jerusalén, Santiago y Roma, y que escribió todo lo que había vivido en sus viajes, bastante complicados. También me gusta el personaje de Félix Fabri, un fraile suizo también del siglo XV, que escribió unos relatos preciosos sobre su viaje, y que hace una descripción muy certera del sentimiento de echar de menos tu casa cuando estás lejos.

¿Su criatura favorita descrita por los viajeros medievales?
[Ríe]. Buena pregunta… Al final de mi libro dedico un capítulo a los viajeros que fueron de Oriente a Occidente. Y uno de estos personajes es un mercader chino que se llamaba Ma Huan, que viajó desde China hasta Arabia a principios del siglo XV. En sus relatos describe un par de trucos que se hacían con animales. Por ejemplo, una cabra a la que le ponían unos palos en las pezuñas y que conseguía sostenerse en pie, o un mono al que le tapaban los ojos, le tocaban en algún punto del cuerpo y, cuando le quitaban la venda, podía encontrar a la persona que le había tocado. Me parece un retrato muy fiel de cómo nos maravillamos cuando viajamos.
¿Había menos límites geográficos en los viajes medievales de los que imaginamos?
Sí, pero eso no implica que no hubiese límites. Hacia el este solo se llegaba hasta Java y Sumatra, y hacia el oeste, normalmente, hasta África Occidental y el sur de Marruecos. No se aventuraban mucho a cruzar el Atlántico, como mucho hasta las Azores. Se pensaba que ese era el paso para llegar a Japón, que se consideraba muy peligroso. Esos límites prácticos creaban barreras, porque en la Edad Media se pensaba que hasta el conocimiento tiene límites, que hay cosas que solo Dios puede saber, y que por lo tanto es natural quedarse con dudas.
¿A qué líder político actual recomendaría viajar para abrir su mente?
¡Guau! Me parece una pregunta muy polémica. Mientras no tuviese que acompañar a esas personas... [Risas]. Yo diría que tendría que irse de viaje para abrir su mente cualquier político que crea fervientemente en el nacionalismo. Para abrirse así a otras culturas, a otras maneras de funcionar. Me gustaría que lo hiciesen los políticos británicos que estuvieron a favor del Brexit, para que se den cuenta de cómo ha cambiado la situación, lo difícil que es viajar ahora. Me pone muy triste que hoy tenga que superar barreras con las que no crecí y que el mundo esté más dividido que nunca.

¿Tienen algo que enseñarnos hoy las gentes del Medievo?
Gran cantidad de cosas. La época medieval no nos queda tan lejos y, aunque es cierto que tenemos muchas diferencias, también tenemos cosas en común. Somos conscientes de que la historia no siempre va a mejor, a veces lamentablemente va peor, así que esta comparación con el pasado nos es útil para saber qué ha cambiado, qué podríamos conservar, qué podríamos recuperar, qué no tiene que volver de ninguna manera. Y, en el caso del viaje, esta diferencia nos ayuda a reivindicar el viajar con más consciencia, más tranquilos, apreciando mejor las diferencias, si bien no sería conveniente volver a las condiciones que teníamos entonces de peligro, de vulnerabilidad ante el conflicto o las enfermedades.



