Historia moderna

Manual para ser el perfecto “cuñado” en la España de la Ilustración

‘Tips’ con retranca

Se reedita una obra satírica del siglo XVIII en la que el militar y escritor José de Cadalso ofrecía consejos para que el lector pudiera dárselas de listo en cualquier conversación

Detalle de un retrato de José de Cadalso, por P. Castro, 1855. Museo Histórico Municipal de Cádiz

Detalle de un retrato de José de Cadalso, por P. Castro, 1855. Museo Histórico Municipal de Cádiz

Aci / Heritage Image Partners

De un tiempo esta parte, el término “cuñado” ha pasado a designar a una persona pedante que aparenta un conocimiento que no tiene. Este vicio es común a toda clase de épocas. En el siglo XVIII, el ilustrado español José de Cadalso escribió una obra satírica, Los eruditos a la violeta (1772), en la que da consejos útiles para fingir toda clase de saberes sin tomarse el trabajo de estudiarlos. Este ensayo acaba de reeditarse dentro del volumen Voces de la Ilustración (Biblioteca Castro), donde también se incluyen títulos de Benito Jerónimo Feijoo y Gaspar Melchor de Jovellanos.

Cadalso parodia a los falsos intelectuales no porque él desprecie la cultura, sino por todo lo contrario. Quiere evitar que el público confunda a los auténticos sabios con los impostores. Como buen hijo del Siglo de las Luces, escribe con una voluntad pedagógica. Su intención es ridiculizar a los que ahora denominaríamos “todólogos”, aquellos que se atreven a opinar de cualquier materia. Con absoluto realismo, advierte a sus lectores que, si es difícil dominar una ciencia, pretender abarcarlas todas entra dentro de lo imposible: “Lo ridículo que es tratarlas con magisterio, satisfacción propia y deseo de ser tenido por sabio universal”.

En manos irresponsables, el saber se convierte en un vehículo para el lucimiento personal. En los cafés o en las tertulias, los falsos eruditos buscan a toda costa la admiración ajena al precio del mínimo esfuerzo. Alimentan así la arrogancia propia convirtiéndose en individuos intratables por su desprecio a los demás.

En su pequeño manual de la cultura ficticia, Cadalso repasa distintas disciplinas. Al hablar de literatura repasa los clásicos griegos y recomienda hacer afirmaciones sobre ellos de carácter generalista, sin un conocimiento que pueda respaldarlas. Si uno insiste en según qué tópicos, los demás supondrán que sabe de lo que está hablando: “Decid poco de los poetas griegos. Bastará que repitáis: ¡Qué imaginación la de Homero! ¡Qué sublimidad la de Píndaro! ¡Qué dulzura la de Anacreonte!”.

José de Cadalso, por P. Castro, 1855. Museo Histórico Municipal de Cádiz
José de Cadalso, por P. Castro, 1855. Museo Histórico Municipal de CádizAci / Heritage Image Partners

Se trata de ir de farol. Aunque uno no domine el tema de un debate, lo parecerá si grita como si estuviera convencido de lo que afirma. Bastará con recitar algún verso y el título de alguna obra para pasar por experto en un poeta cualquiera. Si una conversación gira en torno a Lucano, el poeta hispano del siglo I d. C., es suficiente con que digamos sentenciosamente que nadie querrá leer la Farsalia, su poema épico, si antes ha leído la Eneida, el clásico de Virgilio.

Puesto que se trata de aparentar, una regla de oro consiste en utilizar una terminología oscura. En lugar de apuntar que Francisco de Quevedo escribió mil “pillerías”, el aspirante a erudito preferirá la palabra “polisonerías”, voz que deriva del francés polisson, que significa pícaro o tunante. Cadalso se burla con ello de los que se empeñan en emplear vocabulario extranjero que no es necesario, solo por dar a entender que están a la última de todo.

En otros terrenos se aplican las mismas directrices. ¿No tienes idea sobre el pensamiento de los antiguos griegos? Prueba a señalar que Heráclito se apenaba por todo y que Demócrito se tomaba el mundo con humor. Mientras tanto, aprende los nombres de las diversas escuelas filosóficas, sobre todo si tienen denominaciones extrañas como “megarios” o “peripatéticos”. Si se trata de autores modernos, como el inglés John Locke, hazte el misterioso y critica las traducciones francesas de sus obras por ser muy inferiores a las originales. Así la gente entenderá que hablas la lengua de Shakespeare mejor que si estuvieras en la Cámara de los Comunes.

El erudito a la violeta sabe poco, pero es consciente de que sus interlocutores saben aún menos. Por eso se permite las más tremendas inexactitudes. Nadie va a corregirle, así que se ahorrará el ridículo. Si la materia es la teología, no importa que diga que los calvinistas, originarios del siglo XVI, fueron condenados por herejes en el primer Concilio de Jerusalén, una asamblea que tuvo lugar en el siglo I d. C.

'Alegoría de las Bellas Artes exaltando a la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País', cuadro de 1785 de Fray Manuel Bayeu
'Alegoría de las Bellas Artes exaltando a la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País', cuadro de 1785 de Fray Manuel BayeuDominio público

La ironía no persigue aquí solo un efecto cómico. Se trata de ridiculizar los vicios de la nación para hacerla mejorar. Cadalso se opone con firmeza al patriotismo mal entendido que solo quiere ver virtudes, aunque sean imaginarias, mientras rechaza corregir defectos. Tampoco comparte la tendencia contraria, la de creer que lo propio es siempre malo y lo extranjero digno de alabanza por definición. Frente a las exageraciones de distinto signo, propugna el equilibrio y el sentido común. Si viviera en la actualidad, sin duda encontraría fascinante la existencia de las redes sociales y la forma en que los falsos expertos acaparan protagonismo en ellas. Los eruditos a la violeta del siglo XXI son básicamente digitales.