Apolonia, la colonia griega en Albania que acabó abandonada tras un terremoto
Arqueología
Fundada a orillas del Adriático, esta ciudad fue un próspero centro comercial, político y cultural griego, para aliarse con Roma y pasar al olvido en la Antigüedad tardía. Redescubierta en el siglo XX, hoy aspira a convertirse en Patrimonio Mundial

Vista aérea del yacimiento de la antigua Apolonia, en Albania
La costa oriental del Adriático es hoy un conglomerado de naciones que, en la Antigüedad, se correspondía con la región de Iliria. Algunas de sus ciudades, como Apolonia, fueron fundadas por colonos helenos. En concreto, los pioneros que se asentaron en Apolonia en el año 588 a. C. Procedían de Corcira (hoy, Corfú) y Corinto, al igual que los que habían fundado la cercana Epidamno, al norte, en 626 a. C. Tantos unos como otros tomaron posesión de las tierras de los taulantios, un grupo de tribus ilirias cuya etimología remitía al mito de Taulas o Taulante, hijo de Ilirio (vástago, según la leyenda, de Cadmo y Harmonía, o bien de Polifemo y Galatea).
Los helenos levantaron la ciudad de Apolonia en una colina a cien metros sobre el nivel del mar, a escasos kilómetros de la costa, junto al río Vjosa (Aoo). El primer nombre de la urbe fue Gylakeia, en homenaje a Gylax, que dirigió la expedición, pero pronto fue bautizada como Apolonia en honor al dios Apolo. Hoy en día, Pojan, en la región de Fier, es la ciudad más próxima a sus ruinas.
Desde su origen, el comercio fue el motor de su riqueza. Brindisi, al otro lado del mar, y Epiro, al sur de Iliria, eran sus principales mercados. La industria naval de la región era muy renombrada, y abundaban los talleres de metal para la fabricación de armas y herramientas de trabajo. Además, su tierra era fértil, y sus esclavos, muy valorados.
De tanto en tanto, no obstante, los enfrentamientos con sus vecinos amenazaban su prosperidad. En este sentido, hay documentados conflictos con la ciudad de Thronion (antes de 460 a. C.), de los que Apolonia salió victoriosa, y con Epidamno (Dirraquio o Durrës) en 435 a. C., ya en los prolegómenos de la guerra del Peloponeso que enfrentó a Atenas y sus aliados contra Esparta y los suyos.

Su edad de oro podría situarse entre los siglos IV a. C. Y II a. C., un período en el que fue conquistada por Pirro de Epiro, en 275 a. C., y entró en la órbita de Roma, en 229 a. C. De esta última etapa hay que resaltar su fidelidad a la República; así, combatió junto a las legiones de Lucio Emilio Paulo en la batalla de Pidna (168 a. C.) Contra las falanges macedonias del rey Perseo, y, con el tiempo, se benefició de la mejora de sus comunicaciones gracias a la vía Egnatia, que unió diferentes colonias romanas entre el mar Adriático y Bizancio.
Décadas más tarde, sirvió como base al campamento de Julio César en su campaña contra Pompeyo, y, curiosamente, cuando aquel fue asesinado en los idus de marzo, su hijo adoptivo Octavio se enteró de la noticia mientras estudiaba filosofía en la prestigiosa escuela de esta ciudad, junto con sus compañeros Agripa y Mecenas.
Tras los muros de Apolonia, que abrazaban una superficie de más de ochenta hectáreas, se calcula que llegaron a vivir unas sesenta mil personas (“magna urbs et gravis”, gran e importante ciudad, apuntó Cicerón en sus Filípicas). Estrabón alabó sus leyes y Aristóteles hizo lo propio con su sistema de gobierno, en el que los descendientes de los colonos originales –realmente, una minoría– acaparaban los cargos públicos.
Un redescubrimiento tardío
Aunque visitada por el arqueólogo italiano Ciriaco de Ancona entre 1434 y 1435 y estudiada por la misión que Napoleón III envió para seguir los pasos de César en Albania, puede decirse que el conjunto del país fue desatendido por la arqueología profesional hasta el primer cuarto del siglo XX. No se asomó a esta ciencia hasta la llegada de los austríacos Arnold Schober, Carl Patsch y Camillo Prashinker, que abrieron la senda que el francés Léon Rey exploró entre los años veinte y treinta. La Convención Arqueológica Franco-Albanesa le permitió excavar el centro monumental de Apolonia y publicar el fruto de sus investigaciones en los seis números de la revista Albania. Cahiers d’archéologie, d’histoire de l’art en Albanie et dans les Balkans.

Uno de los miembros de su expedición, el arqueólogo y numismático albanés Hasan Ceka, tomó su testigo tras la Segunda Guerra Mundial, ya bajo la dictadura de Enver Hoxha, y lideró las excavaciones albano-soviéticas junto con su colega Vladímir Blavatsky. En 1958, el Museo Arqueológico abrió sus puertas en el monasterio de Santa María, pero, tras su rehabilitación en 1985, no tardó en cerrarlas por motivos de seguridad, en medio de la incertidumbre por la caída del comunismo en Albania. Gracias a un programa puesto en marcha por el gobierno español en 2007 para cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), la institución renació en 2011.
Para entonces, la ley de parques arqueológicos del país, aprobada en el año 2003, había incluido ya el de Apolonia en su catálogo; y el interés por sus restos no ha decrecido desde entonces.
Continuando con la tradición de su predecesor Léon Rey, el historiador francés Pierre Cabanes encabezó una misión arqueológica y epigráfica que se sustanció en diversos estudios. Y en 2006, investigadores del Departamento de Estudios Clásicos de la Universidad de Cincinnati informaron del hallazgo de un templo griego a las afueras de la ciudad, de unos 14 x 40 metros, datado a finales del siglo VIa. C. Toda una sorpresa que, a buen seguro, no será la última, ya que se estima que solo el 10% de sus secretos ha salido a la luz. Desde 2014, la antigua ciudad de Apolonia figura en la lista indicativa de bienes susceptibles de presentarse ante la Unesco para engrosar su lista del Patrimonio Mundial.
Entre Grecia y Roma
La mayor parte de los monumentos conservados en el parque arqueológico pertenecen a los períodos helenístico y romano. “El urbanismo y los monumentos denotan la continuidad de habitación y el progreso arquitectónico desde la época arcaica griega hasta el final de la romana”, señala el profesor de Historia Antigua Sabino Perea Yébenes en un artículo reciente.
El ágora concentra la mayoría, entre ellos, el buleuterio, sede del Consejo (Boulé) de Gobierno. Erigido en el último cuarto del siglo II, sabemos, por la inscripción de su pórtico, que veinticinco parejas de gladiadores combatieron en su inauguración. A su espalda, se reconocen los restos del pritaneo, sede del poder ejecutivo donde se reunían los altos funcionarios, y, en su lado occidental, el templo de Diana, del último cuarto del siglo II.

Pero si la ciudad le debe su nombre a Apolo, ¿acaso no hay ninguna huella de ese vínculo? En el área del témenos –un espacio sagrado en el que los griegos adoraban a sus dioses–, se alzó un templo consagrado a esa deidad, aunque ya no quedan restos (sí, en cambio, de la muralla que delimitaba la zona). Lo que sí podemos admirar es el obelisco a Apolo Agieo, protector de los caminos y los colonos, frente a la entrada del citado témenos. Abundando en la religiosidad helena, los santuarios se agrupaban en la colina más alta, la de los Olivos, tal como delatan las inscripciones a Artemisia y Gea en ese espacio.
El odeón es otro recinto muy notable por su arquitectura, que fusiona el estilo griego con las técnicas de construcción romanas. Similar a un teatro, despuntó en el siglo II y podía albergar hasta trescientas personas. Su presencia no exime la del teatro, al oeste del ágora, que fue abandonado en la Antigüedad tardía y cuyas piedras se utilizaron para la construcción del monasterio medieval.

Además de esos edificios, encontramos dos estoas, unos espacios públicos que en otro tiempo estaban cubiertos. La A, al este del ágora, seguía la antigua avenida de la ciudad a lo largo de unos treinta metros hacia el sur y se topaba con la biblioteca, que fue identificada por Léon Rey. La B pasa por ser el monumento mejor conservado del período clásico, y cuenta con treinta y seis columnas dóricas octogonales y diecisiete nichos; construida en el siglo III a. C., fue empleada hasta el II de nuestra era. También a pares comparecen las necrópolis –hay una helenística y otra romana–; si bien las casas de los vivos resultan más interesantes.
Entre esas villas, sobresale la de Atenea, un palacio de 3.500 m2 cuyas ruinas exigen un laborioso ejercicio de imaginación para representarnos su pasado esplendor, con sus dos patios con peristilos y sus ricos mosaicos. En su interior se halló una estatua de la diosa Atenea; de ahí su nombre. Obra del siglo II, fue abandonada en el III, coincidiendo tal vez con el terremoto que en 234 castigó la ciudad y propició su abandono. Aquel seísmo desvió el curso del río Aoo, encenagando el puerto y condenando a la malaria a los habitantes que decidieron quedarse.

Para reconstruir su final, los archivos episcopales son de gran ayuda. Si en el año 431, el obispo Félix representó simultáneamente a esta ciudad y a Bylis en el Concilio de Éfeso, el nombre de Apolonia desapareció de las juntas posteriores. El último testimonio sobre su actividad es una inscripción de la época de Justiniano (siglo VI), referida a un proyecto para reparar la muralla. Durante el siglo XIII, no obstante, se levantó el katholikón de Santa María, la iglesia principal del monasterio, que alberga hoy las colecciones del Museo Arqueológico en seis salas.

