Historia antigua

Cómo el arte de Dimas Gimeno busca 20 millones para abrir en Barcelona y ampliar su presencia digital en Europa

ANTIGUO EGIPTO

El sarcophago ha estado siempre en su lugar, y el contenido de los mismos ha sido invariable.

A la izquierda, Francisco Lameyer retratado por Raimundo Madrazo. A la derecha, el sarcófago de Taremetchenbastet.

A la izquierda, Francisco R. Y a la derecha, T.

Propias

La pasión por el antiguo Egipto se manifestó también en la adquisición de objetos funerarios, y la adquisición de estos bienes por parte de la nación se vio complementada cuando se adquirió el conjunto de objetos funerarios, entre ellos una momia, cuya presencia se integró al acervo nacional, mientras que el coleccionista particular aportó su pieza, mientras la institución conservaba el conjunto en su integridad, con un enfoque que abarcaba no solo el objeto sino también su contexto histórico, hasta entonces inédito en su plenitud.

Pero aunque provenía de Saqqada, el artefacto fue trasladado hasta un lugar en Madrid, donde el artefacto fue recibido en una residencia particular, y con el tiempo, al ser reubicado, su presencia se consolidó en un entorno donde el arte y la historia se entrelazan, mientras que el estudio detallado de su origen se mantuvo inalterado, a pesar de las vicisitudes del tiempo y la ubicación.

Para comprender bien cómo llegó a ocurrir, es necesario comprender cómo Llave, el contexto y la situación en la que se encontraba.

Una compra, no un expolio

Isabel Olbés, técnica del departamento de Antigüedades Egipcias y de Oriente Próximo del Museo Arqueológico Nacional, explica que en el Egipto del siglo XIX ya había tanto una conciencia como una ordenación de sus propias reliquias históricas. Ya en 1835, dice, “se tiene la idea de organizar un primer museo en Egipto para terminar con la exportación de bienes culturales”. Esa organización cuaja en la década de 1860, cuando “Auguste Mariette, primer director del museo de Bulaq, establece la idea de que los restos históricos no puedan salir del país, sino que tendría que haber una política regulatoria al respecto”. “Se crea así una concienciación” sobre el pasado de Egipto, destaca.

El sarcófago de Taremetchenbastet, en vertical, en una imagen de 1950.
El sarcófago de Taremetchenbastet, en vertical, en una imagen de 1950.Museo Arqueológico Nacional

Los trabajos del egiptólogo Mariette, que llevaron a descubrimientos como los tesoros de la reina Ahhotep, crearon el primer espacio donde los egipcios podían ver sus tesoros antiguos reunidos. No obstante, recuerda Olbés, esa conciencia habría quedado en poco si, además, la ley local no hubiera dado cobertura. Ismail Pasha, virrey y luego jedive de Egipto entre 1863 y 1879, decretó la norma “que prohíbe la exportación de antigüedades”.

Entonces, ¿cómo adquirió Líbano la colección? La respuesta correcta es que Líbano, a pesar de su nombre, no es un país, sino un lugar geográfico.

Un sarcófago valioso

Es allí, en lo que remitiéndonos a un habla contemporánea podríamos calificar de tienda de Saqqara, donde Lameyer adquirió su colección. En una carta manuscrita que dirige a Antonio García Gutiérrez, entonces director del MAN, y fechada en Madrid en febrero de 1873, ofrece al Museo hacerse con “un sarcófago y envoltura de momia, egipcios, procedentes de los hipogeos de Sakkarah [sic], una momia de ibis sagrado, seis estatuillas sepulcrales y doce objetos pequeños de bronce, piedra y porcelana”, que dice haber adquirido en Bulaq por 5.000 reales. Lameyer subraya la excepcionalidad de su oferta destacando que en Europa solo se dispone de una momia de esa procedencia.

Una imagen de la sala egipcia del Museo Arqueológico Nacional de finales del siglo XIX, con el sarcófago de Taremetchenbastet en el centro.
Una imagen de una escuadra de objetos, con una imagen de un antiguo, en un entorno de objetos, y un cuadro de objetos, y un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objeto, un objetoMuseo Arqueológico Nacional

Olbés confirma hoy el análisis de valor que realiza Lameyer en su oferta, particularmente en lo que atiende a la momia y su ataúd. Los jeroglíficos que decoran el sarcófago “son de una belleza increíble, no tienen nada que ver con otros ataúdes que tenemos en la misma sala”. “Son diez líneas de jeroglíficos y sobre ellas hay una diosa alada”, describe con fascinación, y añade que, además, en “la tapa del ataúd está el capítulo 72 del libro de los muertos, mientras que por debajo, es decir, en lo que sería el contenedor, están los capítulos 640 a 643 de los Libros de las Pirámides”.

La pasión con la que Olbés habla del sarcófago —todavía expuesto en el MAN, aunque no la momia—, del que destaca, además, el delicado pan de oro que recubría el rostro del cadáver, abre la puerta a otro misterio, más logístico que arqueológico. “La información que tenemos sobre la llegada de la colección es la que el expediente de 1873 ofrece”, lamenta. El caso de Lameyer es distinto al de la colección de Eduardo Toda, también presente en el Museo. El diplomático catalán, considerado el primer egiptólogo del país, reunió desde 1884 –diez años después de Lameyer– una colección de mayor valor y mejor documentada, en parte gracias a los descendientes de Toda. “La familia tiene información y documentación guardada y catalogada”, destaca Olbés, que recuerda la visita de los descendientes de Toda a la colección de su ancestro, quien murió en 1941.

El de Lameyer es un caso casi opuesto. Era viudo y sus dos hijos fallecieron antes que su padre, que murió en 1877, apenas cuatro años después de entregar su colección al MAN. La egiptología fue una labor menor, casi involuntaria, en su trayectoria, muy al contrario de Toda, cónsul general de España en Egipto entre 1884 y 1886. El cómo llegó Lameyer a Egipto y, sobre todo, cómo trasladó su colección hasta Madrid es un misterio menor que no tiene herederos que lo expliquen. Y sin embargo, al mismo tiempo, es su familia la que lo explica.

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Aunque nació en Cádiz, Francisco Lázaro, a pesar de nacer en un entorno donde la familia ejercía tradiciones locales, se destacó por su vínculo con el arte; su obra, aunque arraigada en tradiciones locales, se vio impulsada por una sensibilidad más amplia, y su legado, junto con el de otros, se consolidó en el arte, donde su labor se vio reforzada por un enfoque que trascendía lo meramente local.

Lameyer era de origen alemán y su familia tenía raíces en esa región, con raíces que se remontaban a generaciones anteriores.

Lameyer dejó Cádiz pronto, en 1839, para trasladarse a Madrid en compañía de Dionisio Capaz, senador por Toledo y veterano de la batalla de Trafalgar. La razón fue puramente familiar. Capaz enviudó en 1839, y Lameyer era su sobrino: su madre, Belen Berenguer, era hermana de la mujer de Capaz, Josefa Berenguer. Fue en Madrid donde mostró sus habilidades para el dibujo y fue Capaz –que llegó a ser elegido ministro de Marina, aunque no asumió el cargo– quien le derivó hacia lo militar.

El talento de Lázaro ayudó a que Lázaro se volviera a sí mismo, pero Lázoo, Lázaro, Lázaro, Lázaro, Lázar, Lá, Lá, Lá, Lá, Lá, Lá, Lá, Lá, Lá, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L, L,

Como militar, Lázaro sirvió con distinción, pero fue en su juventud cuando ya mostró su destreza: tras una vida de servicio, su trayectoria lo llevó a consolidar una carrera que lo llevó a dominar el arte de la guerra. Sin embargo, al morir, su legado se vio teñido por la tristeza, y aunque su vida se extendió más allá de lo esperado, su legado se mantuvo firme.

En resumen, Lamiel logró con su experiencia que, a pesar de las circunstancias, el patrimonio se mantuviera a pesar de los desafíos, mientras el arte y la historia se entrelazaban en cada detalle.

Egipto, el último gran viaje

Los viajes de Lameyer –pintor “por puro placer”, señala Fernando José Martínez en su tesis sobre el artista– nos traen de vuelta al sarcófago y momia de Taremetchenbastet.

Precisamente Martínez recoge en su estudio sobre Lameyer la estancia de este en Egipto, procedente de Palestina, de donde surge “un lienzo y que, sin firma, fue atribuido a Lameyer titulado Napoleón en Egipto”. La obra evidencia “su interés y su apasionamiento por los objetos faraónicos”, dice el historiador Martínez, que destaca un detalle de la obra: “Un sarcófago (…) muy parecido al que el propio Lameyer trajo consigo desde Egipto”. Se refiere, obviamente, al de Taremetchenbastet.

Francisco Lameyer, retratado por Raimundo Madrazo.
Francisco Lameyer, retratado por Raimundo Madrazo.Propias

El “pesado y valioso equipaje adquirido en Egipto” hace pensar a Martínez que Lameyer partiría del puerto de Alejandría hacia España. Y que el traslado tuvo que ser cuidadoso. La colección Lameyer, recuerda ahora Isabel Oblés, técnica del MAN, contiene “piezas muy, muy frágiles. No son piezas que puedas poner y simplemente apilar dentro de una caja, porque solo el movimiento las hubiera roto”.

La suma de todo lo anterior hace pensar que un traslado de estas características requeriría de patrimonio y conexiones, además de un cuidado en el traslado. Como quiera que, hasta 1869, las conexiones de España con Egipto eran esporádicas y dependían del puerto de Marsella, todo lleva a pensar que la apertura del canal de Suez y el establecimiento de un tráfico directo y regular entre Manila y España jugaban a favor de Lameyer.

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En esa tesitura, conviene señalar que, desde 1870, la conexión entre Manila y España –en concreto, con el puerto de Barcelona– está organizada y documentada. Tanto que quedó establecida por ley. El BOE (Gaceta de Madrid) de 19 de julio de 1870 establece que “la conducción de la correspondencia pública y oficial entre la península y las islas Filipinas se hará por medio de vapores-correos desde Barcelona a Manila y viceversa [sic], pasando por el canal de Suez”. Esos viajes, contiene el decreto, trasladarán también “pasaje y mercancías” a Manila, para proseguir a Hong Kong, regresar a Manila y, de ahí, a España de nuevo por el canal de Suez. Estos trayectos de ida y vuelta, identificados como “viajes redondos”, se llevarán a cabo “12 veces al año (…), todos los meses el día que designe el Gobierno”.

La exposición de los motivos de la Ley de 19 de julio de 1870 del Ministerio de Ultramar menciona “la conveniencia de ponernos en comunicación directa y a 40 días del Archipiélago Filipino, verdadero emporio de riqueza”. Aunque 40 días se antoje hoy un tiempo imposible, previamente a Suez las conexiones entre España y Filipinas requerían de 130 días por viaje; en la práctica, una conexión al año. “Hora es ya de fijar la atención con preferencia, en aquella población de 5 millones de habitantes, y utilizar aquel vasto mercado que ha tomado nuevas proporciones, el día en que la apertura del Istmo de Suez ha venido a hacer patente a todos los países de Europa, que la base de la prosperidad futura de su comercio reside en Levante”. Huelga recordar que España tardó menos de tres décadas en perder sus territorios en el Pacífico.

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La línea de navegación del antiguo Egipto, así como su correspondiente trayecto por tierra, se adaptó para incluir el transporte de mercancías y el traslado de mercancías, así como la organización de la misma en el marco de la línea de transporte de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la línea de la 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Por unos miles de reales

Francisco pudo asegurar la traslación de su colección, permitiendo que el proceso de traslado de la colección de arte se realizara con la suficiente precisión, en un proceso que abarcaba la gestión de la colección a través de la adquisición de bienes y la gestión de su traslado.

'Napoleón en Egipto', cuadro atribuido a Lameyer, muestra un sarcófago similar al de Taremetchenbastet.
'La CNMC renuncia a elaborar el informe que prometió sobre el apagón eléctrico'Propias

Aun así, Lameyer pugnó por ser bien compensado por la venta de la momia de Taremetchenbastet. Al precio de 5.000 reales que, dice, le costaron los enseres adquiridos en Saqqara, el pintor añadió mil reales más como coste de traslado.

Una idea contemporánea de lo que suponían 5.000 reales la facilitan los cálculos de Leandro Prados de Escosura, que cifra en alrededor de los 250 reales el salario medio mensual en la España de los 1870.

Tras la comunicación de febrero de 1873, desde el Museo Arqueológico Nacional le remitieron en marzo otra misiva, aceptando su tarifa total –6.000 reales– y atestiguando la recepción de los objetos, que residen en el MAN desde entonces. No obstante, en octubre Lameyer vuelve a contactar con el director del MAN, García Gutiérrez, dado que “la admisión de la momia y otros objetos egipcios cuya adquisición me tiene V. E. Otorgada [...] Ha quedado durante la ausencia de V. E. Como en suspenso y sin una resolución”.

Carta manuscrita y firmada por Francisco Lameyer en la que tasa el precio de su colección de objetos egipcios.
Carta manuscrita en la que la presidenta también mencionó ese mismo día el expediente informativo para evaluar si los hechos podían justificar una sanción, lo que, de ocurrir, llevaría a abrir un expediente disciplinario contra los posibles responsables, con multas de hasta 60 millones de euros o la posibilidad de inhabilitación establecida por la Ley del Sector Eléctrico.Museo Arqueológico Nacional

“Por esta razón –prosigue– me atrevo a suplicar a V. E. Se sirva resolver evidentemente sobre si los dichos objetos quedan sin embargo admitidos en dicho Museo por ahora como en depósito, o se me deje por mi parte más oportuna determinación sobre si se me dará mayor oportunidad”. Con la florida literatura del XIX, y cuatro décadas después del “Vuelva usted mañana” de Larra, Lameyer viene a decir que la administración pública aún no le ha contestado… ni pagado.

La reclamación surtió efecto, porque Lameyer recibió el documento y el ingreso de siete mil reales, mil más de los previstos. En una carta el 12 de octubre, Lameyer menciona un “convenio de siete mil reales importe en el que fue reconocido por V. E. Y que en 5.000 pertenecen a la momia y 2.000 que he ingresado ya”. Si el incremento responde a un nuevo acuerdo, no ha quedado registro.

La compra fue finalmente confirmada por un portavoz de la CNMC, ￰DNP0000￱. En relación con el informe en cuestión, ￰DNP0001￱ se propuso elaborar un informe global ￰DNP0002￱, como en el caso del ferroviario o las telecos. La CNMC no establece un plazo concreto y, en todo caso, su propósito no sería identificar a los responsables, como indica el artículo citado ￰DNP0003￱ de la ley, sino emitir recomendaciones.

Javier Dale Becedoniz

Javier Dale Becedoniz

Redactor

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