“A casa por Navidad”, la eterna promesa incumplida en las guerras
Paz deseada
La promesa de volver al hogar por las fiestas navideñas poniendo fin a los conflictos bélicos ha sido normalmente un síntoma de exceso de optimismo

Soldados británicos y alemanes durante la tregua de Navidad de 1914 en Ploegsteert, cerca de Ypres
“Ya les he prometido a las esposas y madres que los muchachos de la 24.ª división volverán por Navidad. No me hagan quedar como un mentiroso. Lleguen al Yalu y los relevaré”, esta fue la promesa que el general Douglas MacArthur hizo a finales de noviembre de 1950 durante la guerra de Corea, en una muestra del convencimiento del célebre militar de que lograría una victoria en ese conflicto.
La prensa estadounidense se mostró encantada con la declaración (y otras más que MacArthur hizo en la misma línea) y bautizaron el avance de las fuerzas de la ONU hacia el río Yalu –la frontera entre China y Corea del Norte– como la “campaña para volver a casa por Navidad”.
Al mes siguiente, hace ahora 75 años, el 24 de diciembre, la situación en Corea había dado un vuelco. Pocos días después de que MacArthur realizara su promesa, las tropas de la República Popular China cruzaban el Yalu y sorprendían a las fuerzas de la ONU (principalmente unidades estadounidenses) que esperaban acabar con la resistencia de los últimos reductos del régimen norcoreano.
No solo vio su promesa convertida en papel mojado. MacArthur también tuvo que organizar un repliegue de sus fuerzas hacia el sur del paralelo 38 tras sufrir 36.000 bajas entre muertos y heridos. Así se puso fin al sueño de un rápido final en la guerra coreana, el conflicto entró en una fase en la que ambos bandos lanzaron varias ofensivas con un gran coste humano hasta llegar al estancamiento que propició el armisticio de 1953.

El veterano general no había sido el primero en ser presa del optimismo y asegurar a sus soldados que un último esfuerzo valía la pena para, a cambio, regresar a casa en fechas tan señaladas pero con nefastas consecuencias. De hecho, se ha producido con bastante frecuencia en los principales conflictos de los últimos 125 años: desde la segunda guerra bóer hasta el mencionado caso de Corea.
Los primeros casos de prometer ese “a casa por Navidad” los protagonizó la prensa. Los diarios eran unos altavoces destacados del nacionalismo que impulsaba a las grandes potencias en el siglo XIX. Con el estallido de la segunda guerra bóer (1899-1902), los rotativos británicos crearon un clima de euforia en el país.
Tras años de provocaciones británicas, el 11 de octubre de 1899, las repúblicas bóers sudafricanas del Estado Libre de Orange y Transvaal atacaron los territorios de Natal y la Colonia del Cabo. Los diarios en Londres se imbuyeron de jingoísmo, el patrioterismo exaltado propio del Imperio victoriano, y reclamaban una respuesta ejemplar ante la agresión.
Las páginas de estos diarios británicos se llenaron de artículos que aseguraban que el ejército británico daría un castigo ejemplar a aquellos granjeros sudafricanos y la guerra estaría terminada para finales de año.

Al contrario de lo visto en Corea medio siglo después, el comandante británico de las tropas que iban a Sudáfrica, sir Redvers Buller, no compartía ese optimismo de ver a sus hombres en casa por Navidad, ya que había combatido contra los bóers en la primera guerra (1881) y sabía que eran unos enemigos muy capaces.
Los temores de Buller se confirmaron poco después. Entre el 10 y el 17 de diciembre de 1899 las tropas británicas sufrieron una serie de derrotas catastróficas con más de 2.700 soldados muertos. La prensa cambió su discurso y bautizó esos días como la Semana Negra, y después la esperanza de una guerra corta se desvaneció, dando lugar a un duro conflicto antiinsurgente que concluyó el 31 de mayo de 1902.
Del optimismo del káiser a la tregua improvisada
El ejemplo más paradigmático del optimismo en una guerra rápida se encuentra en las semanas iniciales de la Primera Guerra Mundial. En este caso, las perspectivas de una pronta finalización responden a varios factores y no solo a la prensa inflamando los ánimos patrióticos.
Las propias estrategias de cada bando contemplaban un conflicto corto. El plan Schlieffen, el avance alemán hacia París atravesando Bélgica, contemplaba la derrota francesa en seis semanas.

En el lado de la Entente, los generales franceses habían diseñado el Plan XVII, que consideraba dos ejes de avance al norte y sur de Metz contra territorio alemán. Según esta estrategia, calculaban lograr la victoria en un período de tiempo parecido al estimado por sus enemigos. De igual manera, los rusos aseguraban que estarían en Berlín a comienzos de septiembre.
También había un convencimiento extendido entre una parte importante de la población europea que las grandes potencias no estaban interesadas en un conflicto largo. Esta visión estaba basada en un libro, La gran ilusión, publicado en 1910, y que fue todo un éxito de ventas en los años previos a la Gran Guerra.
El autor de La gran ilusión era Norman Angell, periodista y parlamentario laborista británico que defendía que el desarrollo de las relaciones comerciales entre países alejaba el riesgo de un gran conflicto.
Este optimismo incluso pronosticó una vuelta mucho antes de las fiestas navideñas. “Estaréis en casa antes de que caigan las hojas de los árboles”, fue la proclama del káiser Guillermo II ante sus tropas en la primera semana de agosto de 1914, justo cuando la Primera Guerra Mundial vivía sus jornadas iniciales.

Solamente unas pocas voces advirtieron del riesgo de una guerra larga. Por ejemplo, el jefe de Estado Mayor alemán, Helmuth von Moltke el Joven (1848-1916), quien, pese a que en público hablaba de una victoria rápida, en privado aseguraba que se encaminaban a una contienda larga y agotadora.
En el bando de la Entente, el ministro de la Guerra británico, lord Herbert Kitchener, previó un choque prolongado, ya que, según explicó cuando accedió al cargo, “una nación como Alemania […] no se rendiría hasta haber sido aniquilada por completo. Y esto durará mucho tiempo y nadie puede saber cuánto”.
La batalla del Marne entre el 5 y el 12 de septiembre se cerró con victoria francesa y certificó el fracaso del plan Schlieffen. Con todo, aún no se abandonó la esperanza de un final cercano. Una semana después de este enfrentamiento, en una visita al frente en Chauny, Guillermo II volvió a prometer a sus soldados: “Estaréis en casa por Navidad. Os dejaré ir pronto”.
El frente occidental se estabilizó tras la batalla de Ypres, a finales de noviembre de 1914. Su resultado incierto sí que convenció a los dos bandos que estaban ante un conflicto dilatado y sangriento. Mientras que los soldados se atrincheraban en condiciones de vida muy duras.

Max Hastings, en su libro 1914. El año de la catástrofe (Crítica, 2013), considera que la célebre Tregua de Navidad, surgida de manera espontánea entre los soldados de varios lugares del frente, fue una reacción humana para buscar un respiro ante el extenso conflicto que presentían.
La arriesgada apuesta del mariscal
Tras romper el frente alemán en Normandía y liberar París en agosto de 1944, los Aliados iniciaron un rápido avance por Europa occidental persiguiendo a las fuerzas alemanas en retirada.
El mariscal británico Bernard Montgomery concibió un plan, la operación Market-Garden: tres divisiones aerotransportadas ocuparían puentes estratégicos sobre el Rin y sus ríos tributarios a su paso por Holanda, mientras que fuerzas terrestres realizarían un rápido avance para llegar hasta las posiciones de los paracaidistas.
Montgomery vendió su plan como la manera más rápida de avanzar hacia el corazón de Alemania y lograr así la rendición del Tercer Reich. Incluso, como recoge Cornelius Ryan en su célebre libro Un puente lejano (Crítica, 2023) afirmó: “Si yo fuera un jugador, diría que sería una apuesta a la par el que la guerra termina por Navidad”.
Market-Garden fue un fracaso para los Aliados por subestimar la voluntad de lucha alemana, así como los fallos de inteligencia, que no detectó a tiempo la presencia de importantes fuerzas acorazadas y cometió errores en la planificación. Montgomery fue muy criticado por este fiasco y tuvo que abandonar sus planes de un rápido final de la Segunda Guerra Mundial en Europa.

Pese a que Market-Garden fue una apuesta personal de Montgomery, muchos generales aliados compartían una visión similar a finales del verano de 1944. Ryan asegura que “el desatado optimismo rozaba el autoengaño, pues en aquellos momentos, los grandes ejércitos de Eisenhower, tras un impetuoso avance de más de 300 kilómetros desde las orillas del Sena, habían caído en un gigantesco problema de mantenimiento”.
Tras Market-Garden, los aliados certificaron que el ejército alemán no se estaba derrumbando y aún tendría que combatir hasta mayo de 1945 para lograr la capitulación del Tercer Reich.
El fracaso de estas promesas de “volver a casa por Navidad” es una muestra más de las incertidumbres que existen sobre el desarrollo de un conflicto bélico. Una variante más de la máxima que hizo famosa el mariscal Von Moltke, en este caso, el Viejo (1800-1891), de que “ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo”.




