Historia contemporánea

Más vidas que Mussolini, los magnicidios frustrados del “hombre de la providencia”

Objetivo: matar al Duce

Una aristócrata británica, un anarquista, un chico de quince años… El Duce sobrevivió a varios atentados y los utilizó para justificar la represión política y consolidar su poder

Benito Mussolini durante la Marcha sobre Roma

Benito Mussolini durante la Marcha sobre Roma

Getty Images

El secuestro y asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti a manos de un grupo de militantes fascistas próximos a Benito Mussolini causó un grave perjuicio a la imagen del Duce y desencadenó una profunda crisis de gobierno en Italia en 1924. Aun así, pudo haber sido mucho peor para Mussolini: pudo haber sido el detonante de su muerte.

Un año más tarde, el 4 de noviembre de 1925, un hombre armado se encontrará en una habitación de hotel frente al palacio Chigi, donde Mussolini tiene su despacho, dispuesto a cobrarse venganza por el asesinato de Matteotti. Su nombre es Tito Zaniboni, exdiputado socialista, militar condecorado en la Gran Guerra y experto tirador.

Cuando el cadáver de Matteotti apareció, en avanzado estado de descomposición, en un bosque a las afueras de la ciudad, Zaniboni se puso manos a la obra: habló con la oposición para empujarlos a adoptar posiciones de lucha armada, se reunió con el rey Víctor Manuel III para que tomara partido contra Mussolini e intentó unir a exiliados antifascistas y generales disidentes para organizar una conjura contra el gobierno fascista. Sin embargo, nadie le siguió.

Apostado en una ventana del hotel Dragoni, Zaniboni había estado observando el balcón de enfrente por la mirilla de su carabina Steyr-Mannlicher. Estaba esperando a que saliera Mussolini, quien esa mañana iba a arengar a la multitud como parte de la celebración del aniversario de la victoria italiana contra el Imperio austrohúngaro. Lo que ignoraba el tirador es que sus movimientos estaban siendo vigilados por la policía, alertada por su intensa actividad conspirativa.

Balcón del hotel Dragoni de Roma desde el que Zaniboni pensaba disparar a Mussolini
Balcón del hotel Dragoni de Roma desde el que Zaniboni pensaba disparar a MussoliniDominio público

Horas antes de que el Duce saliera al balcón, la policía irrumpió en el hotel deteniendo al francotirador. Zaniboni fue juzgado y condenado a treinta años de prisión por alta traición. Aunque este asumió su participación en solitario, también fue juzgado (y condenado) el general Luigi Capello como colaborador en la conjura. Capello, fascista de primera hora pero disidente por su filiación masónica, admitió haberse reunido con Zaniboni, pero no su involucramiento en el intento de atentado.

Ambos serían liberados antes de cumplir la condena. El general, por su reputación de héroe de guerra y porque Mussolini no estaba convencido de su participación directa en el ataque frustrado. El político, tras la destitución de Mussolini y la caída del régimen fascista en 1943.

La aristócrata que disparó a Mussolini

El 11 de mayo de 1915, Mussolini escribió en su periódico Il Popolo d'Italia: “Estoy más firmemente convencido que nunca de que para la salvación de Italia tenemos que disparar, y digo disparar por la espalda, a unas decenas de diputados y condenar, por lo menos, a un par de exministros a cadena perpetua”.

Poco más de una década después, esas palabras las pondrían en práctica en su contra tres personas guiadas por el mismo objetivo que perseguía el dictador: “La salvación de Italia”.

La primera fue una mujer anglo-irlandesa de origen aristocrático llamada Violet Gibson, que canalizó su frustración existencial de joven acomodada a través de la exploración de los nuevos horizontes vitales y espirituales que ofrecían las religiones alternativas y las ideologías revolucionarias que estaban más en boga a principios del siglo XX.

Gibson buscó remedios para su insatisfacción y su creciente inestabilidad emocional en la ciencia cristiana, la teosofía, el socialismo, el sufragismo… Finalmente, abrazó el catolicismo, decisión que la apartó de su protestante y unionista familia.

Fotografía de Violet Gibson tomada tras el intento de asesinato de Mussolini, en 1926
Fotografía de Violet Gibson tomada tras el intento de asesinato de Mussolini, en 1926Dominio público

El catolicismo llevó a Gibson a Roma, y Roma a Mussolini. En 1926, cuando se propuso acabar con la vida del Duce, Violet era una mujer mentalmente inestable. Había querido matar al papa Pío XI por su connivencia con el fascismo, intentó matarse a sí misma disparándose en el pecho “por la gloria de Dios”, y la mañana del 7 de abril de 1926, se dispuso a matar a Mussolini.

Gibson salió del convento donde residía armada con un revólver y una piedra, por si tenía que romper la ventana del coche presidencial. Se dirigió a la plaza del Campidoglio, donde una multitud esperaba a que saliera Mussolini. Cuando este apareció, Violet, abriéndose paso entre la masa, llegó hasta él y le disparó apuntando a la sien. Justo en ese instante, Mussolini hizo un gesto de saludo con la cabeza, propiciando que la bala solo le rozara la nariz. La atacante volvió a apretar el gatillo, pero el revólver se encasquilló.

En medio del caos, el Duce fue llevado al edificio donde estaban los cirujanos para que le curaran la herida. Gibson, por su parte, tras haber sido salvada de ser linchada por una muchedumbre, fue trasladada a prisión.

Mussolini con la nariz vendada tras ser disparado por Gibson
Mussolini con la nariz vendada tras ser disparado por GibsonDominio público

Descartada la hipótesis del complot político y visto su historial de hospitalizaciones relacionadas con la salud mental, las autoridades italianas decidieron deportarla a Inglaterra, con la condición de que su familia la internara en una institución psiquiátrica. Gibson vivió hasta su muerte en 1956 en el hospital mental de St. Andrew, en Northampton.

La decisión también tuvo algo de gesto político hacia Gran Bretaña, con quien Mussolini estaba interesado en mantener buenas relaciones. El Ministerio de Asuntos Exteriores británico respondió expresando su gratitud y ensalzando la magnanimidad de Mussolini.

Una bomba anarquista

Cinco meses después del ataque de Gibson, Mussolini sufrió un nuevo atentado. En esta ocasión, el agresor fue un joven anarquista toscano, Gino Lucetti, que se había exiliado a Francia tras el triunfo del fascismo.

Primero en Niza y luego en Marsella, tomó contacto con otros exilados a causa del fascismo. Fueron meses de miseria, indigencia y acaloradas discusiones políticas, durante los cuales fue alimentando su odio hacia al Duce. En 1926, decidió pasar a la acción.

El plan era sencillo, un clásico de la acción revolucionaria anarquista: arrojar una bomba contra el tirano. La mañana del 11 de septiembre de 1926, Lucetti esperó a Mussolini cerca de la porta Pia, en el trayecto que iba de la residencia del dictador, en Villa Torlonia, a su despacho en el palacio Chigi. Cuando lo vio pasar en su lujoso Lancia Lambda, lanzó una granada de mano hacia el interior del vehículo. Esta rebotó contra el marco de la ventanilla, que estaba abierta, y explotó en el suelo, hiriendo de levedad a varios transeúntes.

El automóvil siguió su camino, y Lucetti fue rápidamente detenido por testigos del ataque y agentes de la escolta. En la jefatura de policía, el agresor confesó con orgullo su culpabilidad y recalcó que había actuado en solitario: “No vine con un ramo de flores para Mussolini. Traje una bomba y una pistola. Y me habría servido de esta de no haber logrado mi propósito con la bomba”, declaró.

Imagen de Gino Lucetti
Imagen de Gino LucettiDominio público

Dado su móvil político, la policía buscó pruebas de un complot. Arrestó a la familia del atacante y a varios de sus amigos. Aunque no se encontraron evidencias de conspiración, se decidió procesar a dos camaradas anarquistas de Lucetti que le habían ayudado a instalarse en Roma. Al igual que Tito Zaniboni, Lucetti fue condenado a treinta años de prisión y liberado tras la caída del régimen en 1943. Pero, a diferencia de este, no vivió mucho tiempo para disfrutar de la libertad. Al poco de salir de prisión, murió durante un bombardeo aliado.

Un magnicida de quince años

El último intento de acabar con la vida del Duce se produjo solo un mes y medio después del ataque anterior. Fue el más trágico de todos, aunque no para el dictador. El atentado fue perpetrado por Anteo Zamboni, un chico boloñés de quince años de edad, de quien se creía que tenía convicciones anarquistas.

El 31 de octubre de 1926, cuarto aniversario de la Marcha sobre Roma, el joven Zamboni se encontraba en una esquina de los soportales de la via dell'Indipendenza, en el centro de Bolonia, esperando entre la multitud a que pasara el coche del Duce. Al aminorar la marcha el descapotable presidencial para doblar la esquina, Anteo avanzó hacia el vehículo y disparó contra Mussolini. La bala solo le rozó el uniforme a la altura del pecho, y el coche siguió su camino.

El atacante fue rápidamente desarmado. Pero, en esta ocasión, no hubo intervención policial. El chico fue linchado en la calle hasta la muerte. Entre los agresores se encontraba el militar fascista Carlo Alberto Pasolini, padre del célebre poeta y cineasta Pier Paolo Pasolini. El ataque de Zamboni, por el contexto en el que se produjo, rodeado de camisas negras celebrando la llegada del Duce y la Marcha sobre Roma, era prácticamente un atentado suicida. ¿Qué llevó a un adolescente a inmolarse de esa manera?

La hipótesis del ataque anarquista se impuso. Basándose en el pasado político de la familia Zamboni, se determinó que el chico había actuado influenciado por ella. Como consecuencia, su padre y su tía, quienes más se habían pronunciado políticamente en el pasado, fueron condenados a treinta años de prisión como instigadores del intento de magnicidio. Los dos fueron indultados en 1933.

Mussolini poco antes del atentado de Zamboni
Mussolini poco antes del atentado de ZamboniDominio público

En cambio, internamente, se habló de un complot urdido por escuadristas afines al fascista radical Roberto Farinacci, recientemente caído en desgracia tras haber sido el secretario general del Partido Nacional Fascista. La facilidad con la que el chico cruzó el cordón policial y la rapidez y brutalidad con la que se le “silenció” hicieron sospechar de una acción coordinada por la facción más ultra del partido, descontenta con las políticas moderadas –con respecto a la Iglesia, los judíos, la oposición– que estaba llevando a cabo Mussolini.

El hombre de la providencia

El régimen fascista instrumentalizó esos ataques de dos maneras. Por una parte, los utilizó como combustible propagandístico. Cada atentado fallido supuso una oportunidad para alimentar el mito de la invulnerabilidad del Duce, que asistió a un notable incremento de su seguridad personal.

Sus declaraciones tras los ataques también iban en esa dirección. “Las balas pasan, pero Mussolini permanece”, comentó el dictador, portando una aparatosa tirita en la nariz, tras ser disparado por Violet Gibson. Mussolini era “el hombre de la providencia”, como le llamó el papa Pío XI; un líder que se había salvado milagrosamente de morir asesinado gracias a la protección divina.

Por otra parte, los atentados sirvieron para justificar y acelerar el aumento de la represión política y consolidar la dictadura. En noviembre de 1926 se aprobaron las leyes especiales para la defensa del Estado, conocidas como “leyes fascistísimas”, por las cuales se eliminaba cualquier rastro de disidencia política: se suprimieron la libertad de prensa y de asociación, se ilegalizaron el resto de los partidos políticos, se endurecieron las penas a la disidencia a través del Tribunal Especial para la Defensa del Estado, se reintrodujo la pena de muerte y se creó la policía política, la futura OVRA. La deriva totalitaria de Mussolini era ya imparable.