Historia contemporánea

Eduardo VIII y el nazismo, el escándalo que la Corona británica prefirió ocultar

Monarquías

A principios de 1936 moría Jorge V y Eduardo era proclamado rey. Abandonó el trono antes de un año. Se dijo que por amor. Pero nadie mencionó las intrigas políticas que se tejieron en su entorno

Retrato de Eduardo VIII

Retrato de Eduardo VIII

Otras Fuentes

Eduardo de Sajonia-Coburgo-Gotha vio la luz en 1894. Era el primer vástago del matrimonio formado por el entonces duque de York, futuro Jorge V, y la princesa Victoria María de Teck. El Imperio británico estaba aún regido por su bisabuela, la r eina Victoria, a través de la cual se hallaba emparentado con casi todas las casas reales del continente europeo.

El estallido de la Gran Guerra le sumió en una situación traumática: la del enfrentamiento con su querida Alemania. Y es que David, como se le conocía en familia (por su séptimo nombre), sentía una profunda y sincera admiración por todo lo germano. Ese era el origen de sus abuelos maternos, había aprendido su lengua al mismo tiempo que la inglesa y se sentía como en casa en compañía de la extensa familia del “tío Willie”, el káiser Guillermo II.

Ello no fue obstáculo para que quisiera servir a su país en aquel momento, aunque se hizo el firme propósito de impedir que aquella situación, que consideraba fratricida, se repitiese. También se sintió dolido por la decisión de su padre de cambiar el germánico apellido familiar de Sajonia-Coburgo-Gotha por el mucho más británico Windsor.

El fin de la contienda y la vuelta a Inglaterra abrirían una nueva etapa en su vida. Ya con casa propia, no solo se convertiría en permanente embajador de la monarquía británica, sino también en un perfecto relaciones públicas. Le gustaba bailar y divertirse, y se le veía con frecuencia en los principales clubes nocturnos londinenses. Entretanto se había convertido en el soltero más codiciado de las cortes europeas.

La pasión por Wallis

Sus numerosas y breves correrías sentimentales causaron más de un quebradero de cabeza al tradicional Jorge V. El rey se sentía especialmente molesto con la preferencia de su hijo por las mujeres casadas, como Winifred Mary Birkin o lady Thelma Furness.

Sería precisamente en una fiesta organizada por esta última, en 1931, donde Eduardo conocería a Wallis Warfield Simpson, una hábil y egocéntrica mujer de mundo. Provenía de una buena familia de Baltimore (Maryland) venida a menos, y se había trasladado a Inglaterra junto a su segundo marido, Ernest Simpson, por motivos profesionales.

Wallis Simpson, fotografiada junto al príncipe Eduardo
Wallis Simpson, fotografiada junto al príncipe EduardoDominio público

La insistencia de Wallis logró hacerse un hueco en el corazón de Eduardo. La atracción se trocó muy pronto en pasión y dependencia. Se estableció una abierta relación entre ellos, al parecer consentida por el marido de Wallis. Eduardo ignoraba que los servicios secretos británicos habían establecido una discreta vigilancia sobre ella, motivada por sus frecuentes contactos con políticos alemanes de tendencias extremistas.

Además de aquella atracción mutua existía una notable coincidencia ideológica entre ambos. Una mezcla de miedo y odio hacia el bolchevismo, que había acabado con la familia del “tío Nicky” (el zar Nicolás II); un fuerte sentimiento de clase, sazonado con un interés social más aparente que real; y una creciente admiración por el fascismo primero y por el nazismo después, vistos como únicas fuerzas capaces de frenar el comunismo revolucionario.

Estas cosas en común acabarían uniendo a la pareja y forjarían a su alrededor un nutrido círculo de personas que compartían tales ideas, por lo demás nada extrañas entre la aristocracia británica de los años treinta.

Con todo, Wallis no dejaba de ser una extranjera plebeya sobre la que pesaba un primer divorcio. Esto, la dependencia casi patológica que Eduardo acabó experimentando y los caros regalos con que la obsequiaba fueron la comidilla de las reuniones sociales en Inglaterra. Por el momento no trascendieron a la prensa, al menos a la británica, por expreso deseo de la familia real. La muerte de Jorge V en 1936 precipitaría los acontecimientos.

Del trono a la renuncia

Eduardo fue proclamado rey desde el balcón del palacio de St. James, aunque se aplazó su coronación para guardar el protocolario duelo. La situación internacional pasaba por uno de los momentos más difíciles tras el final de la Primera Guerra Mundial: Hitler había conseguido remilitarizar Renania, contraviniendo lo estipulado en los tratados de Versalles y Locarno, y las tropas de Mussolini avanzaban por una desangrada Etiopía.

Eduardo VIII acabó propugnando un acercamiento al Tercer Reich. Por si fuera poco, quería contraer matrimonio, lo antes posible y a toda costa, con la aún casada señora Simpson. Esto chocaba con la postura oficial de la Iglesia anglicana –contraria al divorcio–, de la que, como rey, era cabeza visible.

Eduardo VIII y Wallis Simpson durante unas vacaciones en 1936
Eduardo VIII y Wallis Simpson durante unas vacaciones en 1936Terceros

La respuesta a este asunto por parte del gabinete conservador, presidido por Stanley Baldwin, fue negativa. El rey no estaba obligado a aceptar su decisión, pero entonces tendría que disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones con la esperanza de que un nuevo premier lo aceptara. Sin embargo, el apoyo a Baldwin de los jefes del Partido Laborista, Clement Attlee, y del Liberal, Archibald Sinclair, eliminaron tal posibilidad.

Eduardo propuso una fórmula alternativa: la boda morganática, que no otorgaba el rango real a la esposa y negaba el derecho de sucesión a los hijos habidos del matrimonio. El gabinete desaconsejó también esta opción.

Eduardo no pareció darse cuenta de que su obcecación estaba brindando una oportunidad única a un grupo de influyentes políticos (entre los que no se encontraba Winston Churchill, casi su único valedor junto al ultraderechista sir Oswald Mosley) de desembarazarse de él. Le consideraban peligroso para el mantenimiento del orden constitucional. El pulso final tendría lugar poco después de que Wallis Simpson pidiera el divorcio de su marido y se trasladara a Francia, por recomendación real, perseguida por la prensa.

El rey amenazó con apelar al pueblo si no se le dejaba contraer matrimonio. Baldwin le respondió que aún estaba a tiempo de marchar dignamente, sin someter al Reino Unido a una crisis de impredecibles consecuencias que retrotraería al país a los tiempos del rey Enrique VIII. Viendo por fin que no se saldría con la suya, le espetó: “Para mí el trono no significa nada si Wallis no está conmigo”.

Churchill junto al futuro Eduardo VIII cuando aún era príncipe de Gales
Churchill junto al futuro Eduardo VIII cuando aún era príncipe de GalesTerceros

A finales de 1936, Eduardo, en un sentido discurso a la nación que Churchill le había ayudado a redactar, anunciaba al pueblo británico su renuncia al trono. ¿Era plenamente consciente del significado de aquel acto o del futuro que le esperaba? Quién sabe. Parecía más bien un niño que, pese a la rabieta, estaba seguro de que todo terminaría por ajustarse a sus deseos. A la madrugada siguiente partía con destino a Francia. Había reinado un total de 325 días, y dejaba en el trono a su hermano menor Bertie, proclamado como Jorge VI.

Vínculos peligrosos

Eduardo no permaneció con Wallis en Francia: marchó al austríaco castillo de Enzesfeld, propiedad del barón Rothschild, a la espera de que se fallase el divorcio de su amada, que llegaría en 1937. Por fin juntos, se instalaron en el palacio de Candé, cerca de Tours, que pertenecía al multimillonario norteamericano Charles-Eugène Bedaux. Allí contraerían matrimonio.

Lo que no sabía Eduardo es que Bedaux no solo había sido un espía germano durante la Gran Guerra, sino que se había convertido en un ferviente nacionalsocialista, con importantes contactos entre los dirigentes del Tercer Reich. Uno de ellos era el todopoderoso Hermann Göring. Este instrumentalizaría el resentimiento de Eduardo hacia los británicos a favor de Hitler, tejiendo a su alrededor una inextricable maraña en la que fue cayendo casi sin darse cuenta.

Sus amigos ofrecieron a la pareja una gira por Alemania. Pero el que debía ser un itinerario turístico se convirtió en una verdadera campaña propagandística en apoyo del Reich. Eduardo aprovechaba cualquier ocasión para hablar en alemán, y respondía gustoso a las aclamaciones del pueblo con el saludo romano. Serían recibidos en Berchtesgaden por el propio Führer.

Adolf Hitler, fotografiado junto a los duques de Windsor durante la visita de estos últimos a la Alemania Nazi, 1937
Adolf Hitler, fotografiado junto a los duques de Windsor durante la visita de estos últimos a la Alemania Nazi, 1937Dominio público

Durante y después del periplo los esposos alabaron sin cesar los logros del régimen hitleriano. Ello provocaba en Londres disgusto, y también el temor de que regresara a Inglaterra como portavoz de las excelencias del nacionalsocialismo. Así que su hermano le prohibió la vuelta.

Los duques acabaron instalándose en París, donde llevaron un impresionante tren de vida. La invasión alemana de Polonia en 1939 y la declaración de guerra al Reich por parte de Gran Bretaña y Francia pondrían al descubierto la más oscura página en la vida del duque.

Una actitud sospechosa

Tras innumerables ruegos, Eduardo aceptó trasladarse a Cherburgo junto a su esposa. Allí les esperaba el destructor HMS Kelly, que debía trasladarles de vuelta a Inglaterra. Sin embargo, la estancia de los duques en Gran Bretaña pronto devino incómoda para todos. En especial, para Jorge VI, que temía una especie de tutela por parte de su hermano mayor. De hecho, nada más poner un pie en la isla, Eduardo empezó a propagar que la guerra era un desastre y que se debía buscar un acuerdo con Alemania.

Pronto volvería a Francia integrado, con el grado de general, en una comisión militar que debía inspeccionar las defensas galas. Desempeñó esta función con éxito, pero muy pronto volvió a caer en la órbita de Bedaux, a quien relataba sin tapujos todo lo visto. Bajo todo ello subyacía la idea, propia o sugerida, de que Eduardo podía encabezar un partido favorable a la paz, que le restituyese en el trono y concluyera las hostilidades, y del que Bedaux sería el enlace con Alemania.

Los servicios secretos británicos comenzaron a sospechar del duque, por lo que sus movimientos le fueron limitados y se le pidió que dejara de frecuentar a su millonario amigo. Incumpliendo esta última petición, se trasladó a su residencia parisina del bulevar Suchet, en la que organizaba grandes fiestas completamente ajenas a la obligada austeridad que la guerra requería.

Ante el incontenible avance del ejército alemán en 1940, Eduardo se trasladó a la lujosa residencia de La Cröe, en la Costa Azul. Se desentendía, pues, tanto de la suerte de los franceses como de las tropas británicas que luchaban en el país, y sobre las que seguía ostentando el rango de general.

El duque de Windsor y Wallis Simpson posan el día de su boda
El duque de Windsor y Wallis Simpson posan el día de su bodaPropias

Ante el armisticio franco-alemán, los duques y un pequeño séquito de criados y secretarios viajaron a España por vía terrestre, instalándose en el madrileño hotel Ritz. Pronto se urdieron mil y una intrigas a su alrededor.

Semanas después, Eduardo abandonaba Madrid con destino a Lisboa, donde permaneció cerca de un mes. Sería allí, por mediación de su amigo Miguel Primo de Rivera, donde el gobierno de Franco le comunicaría que la Casa del Rey Moro, en Ronda, se hallaba a su entera disposición si decidía fijar su residencia en España.

Detrás del ofrecimiento se hallaba el intento alemán de mantener al duque bajo su control en un país propicio, a fin de utilizarle políticamente si la situación lo requería.

Al final, parece que el duque se asustó. Había llegado demasiado lejos. Aceptó el cargo de gobernador de las Bahamas que Churchill le ofrecía. Allí pasaron los duques la mayor parte de la guerra. Antes de que finalizara, Eduardo ya había dimitido y vuelto a su residencia parisina a través de Estados Unidos.

El duque de Windsor, fotografiado en la entrada de la Casa Blanca, en la fecha del anuncio de la rendición japonesa, 1945
El duque de Windsor, fotografiado en la entrada de la Casa Blanca, en la fecha del anuncio de la rendición japonesa, 1945Dominio público

Su hermano, el rey Jorge, encargó al servicio de contraespionaje británico, el MI5, la destrucción de todo documento que se encontrara en Alemania que implicase a Eduardo con el nacionalsocialismo.

Hasta su muerte en 1972, Eduardo pasó el tiempo en París, entre fiestas y excentricidades, rodeado de sus amigos, entre los que se encontraban todo tipo de personajes. Los esposos se llevaron siempre bien, y, aunque no tuvieron hijos, existió una notable compenetración entre ellos. Al morir el duque, Wallis, que le sobreviviría catorce años, exclamó: “Él era toda mi vida”. Reposan juntos cerca del castillo de Windsor.

Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 468 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a [email protected]

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