El Reino Unido o el imperio de la mediocridad política
Crisis de liderazgo en Europa
Keir Starmer acaba el año como el primer ministro más impopular de la historia

Víctimade su tiempo. Starmer se enfrenta a una ciudadanía sin la paciencia suficiente para resolver problemas estructurales como el de la economía, en mal estado desde la salida del Reino Unido de la UE

Hay datos que se aceptan con naturalidad, como que la Patagonia chilena es el lugar donde más nieva del mundo, Venus es el único planeta que rota en dirección de las agujas del reloj o Mohamed es el nombre más común. Y hay otros que sorprenden, como que una nube puede pesar cinco toneladas, por la boca abierta de un hipopótamo cabe un coche, un cuerpo da en la báscula medio kilo menos cuando la luna está directamente encima, el agua caliente se congela antes que la fría, la lengua es el órgano más fuerte, Finlandia es el país más feliz, los equipos de fútbol con rojo en la camiseta ganan más veces y en un grupo de 23 personas hay un 50% de posibilidades de que al menos dos compartan cumpleaños. O que Keir Starmer es el líder más impopular de la historia del Reino Unido.
El actual ocupante de Downing Street cierra el año como el dirigente con un peor índice de popularidad desde que en 1977 comenzaron a realizarse este tipo de encuestas (un 13% considera que está haciendo un buen trabajo, y un 79%, que no), e incluso dentro de su propio partido (el Labour), un 39% querría que fuera reemplazado. Es incluso más impopular (ya es difícil) que Macron en Francia. Que Merz en Alemania. Mucho más que Sánchez en España, y no digamos que Meloni en Italia. ¿Pero es realmente Starmer uno de los peores primeros ministros de la historia, como sugerirían estas estadísticas? ¿Peor que Cameron, que abrió las puertas al desastre del Brexit? ¿Que Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss (que solo duró 49 días) o Rishi Sunak? ¿Que James Callaghan, que llevaba las riendas durante el “invierno del descontento”, cuando los cadáveres se acumulaban en las calles por una huelga de los enterradores, y el Reino Unido tuvo que ser rescatado por el FMI? ¿Que Harold Wilson, bajo cuyo mandato la libra cayó en picado y el paro alcanzó el 25%?
A la hora de calificar a los dirigentes británicos de este siglo, el patrón oro son Winston Churchill (por dirigir al país a la victoria sobre el nazismo), Clement Atlee (por la creación del Estado de bienestar) y un poco menos David Lloyd George, por la victoria en la Primera Guerra Mundial y sus reformas sociales, como el derecho de voto de las mujeres. Pero todos ellos tuvieron también sombras considerables. Los desastres de Gallípoli y Singapur, la oposición a Gandhi y la independencia de India, el racismo y el colonialismo en el caso de Churchill, y la corrupción, la firma del tratado de Versalles, la gestión de la economía de entreguerras y la partición de Irlanda en el caso de Lloyd George.
La maldición del Brexit: las carreras de todos los líderes han acabado en fracaso desde la salida de la UE
En cuanto a Atlee, visto como poco menos que un santo por la izquierda tras haber establecido un sistema de medicina pública universal, tenía tan poco carisma que Churchill dijo de él que “era modesto, y con toda la razón para serlo”, y que “cuando un taxi llegaba vacío a Downing Street, de él se bajaba Clement Atlee”. Hasta los líderes más venerados han tenido sus defectos y metido la pata.
¿Es de verdad Keir Starmer peor que lord North, que llevó a Gran Bretaña a la guerra con las 13 colonias norteamericanas (hoy Estados Unidos) y la perdió? ¿O Anthony Eden, autor de la debacle de Suez, símbolo de la decadencia del imperio británico y la aparición de un nuevo orden mundial? ¿Que el elitista duque de Wellington, vencedor en Waterloo, pero que no estaba hecho para la política ni le gustaba? ¿Que el conde de Liverpool, un represor apodado el Supermediocre que envió las tropas a una manifestación en Manchester que resultó en la muerte de 15 personas y muchos heridos (la masacre de Peterloo)?
Churchill y Atlee son el patrón oro entre los 58 premiers del país, pero también tuvieron sus sombras
Ciertamente, el último ramillete de líderes británicos no se ha lucido, y –con la excepción de Boris Johnson– no ha demostrado un nivel intelectual y una oratoria a la altura de sus predecesores. Cameron sería considerado un primer ministro simplemente insulso, un restaurador del orden tradicional conservador tras los años de Blair y Brown, de no ser por el desastre fatal de convocar el referéndum del Brexit. A partir de ahí todo fue cuesta abajo. Theresa May negoció mal los términos de la salida de la UE; Liz Truss casi lleva al país a la ruina en mes y medio antes de que los mercados financieros se la cargaran; Boris Johnson pecó de hipocresía, arrogancia y cara dura con las fiestas ilegales de la pandemia, y Rishi Sunak fue un tecnócrata al que le vinieron muy grandes los problemas económicos acumulados. Como a Starmer.
Starmer no es brillante, pero le ha tocado una era de votantes cínicos y enrabiados
Thatcher y Blair, a pesar de ser figuras divisorias, son considerados como los dos últimos “grandes líderes” británicos por haber sido capaces de implementar sus ideas. La Dama de Hierro privatizó en masa, cerró las minas y las fábricas textiles, domó a los sindicatos y cambió las políticas socialistas de Wilson y Callaghan por el neoliberalismo. Blair, el autor de la tercera vía, facilitó la paz en el Ulster, dio la autonomía a Escocia y Gales, presidió una era de prosperidad, modernizó el país y ganó tres elecciones hasta ser engullido por mentir sobre la guerra de Irak. Calidad intelectual al margen, las comparaciones entre líderes de distintas épocas son muy difíciles. El paso del tiempo da una pátina lustrosa a ex premierscomo Arthur Balfour (que abrió las puertas a una patria judía en Palestina), lord Salisbury, Robert Walpole (el primer ocupante de Downing Street), William Pitt, el Joven (que se enfrentó a la Francia napoleónica y ganó la guerra de los Siete Años) o Benjamín Disraeli (arquitecto del Partido Conservador moderno, que llegó a lo alto a pesar de los prejuicios contra los judíos y de no tener ni dinero ni estudios). Es como comparar el fútbol de distintas épocas, el de Pelé con el de Cruyff, el de Maradona con el de Messi. Las tácticas son distintas; las defensas, más agresivas, y en la política británica el bipartidismo ha muerto, con hasta siete formaciones (Labour, tories , liberales, Verdes, ultraderecha y nacionalistas de Escocia y Gales) que se disputan los votos. El público se informa a través de las redes sociales, donde es fácil crear opinión y fake news , lo magnifican todo y generan malestar para aupar a los ultras. Impera la polarización, manda el cortoplacismo y los intereses de partido sobre los del país, unos deslegitiman a los otros, el populismo ha reemplazado al sentido identitario (por ideología o clase), la gente es cínica y la volatilidad se ha extremado.
Es difícil saber cómo las redes sociales hubieran tratado a los ‘mejores’ primeros ministros
En la era de la posverdad, ¿cuál habría sido el juicio popular a Churchill, Atlee, Disraeli, Gladstone o Pitt? Seguramente, distinto del que les ha reservado la historia. En ese sentido, Starmer (un tecnócrata que cambia como una veleta y no maneja los hilos políticos) es víctima de su tiempo. De un tiempo de votantes enfadados, desilusionados e impacientes, y de un sistema electoral que le dio una falsa mayoría absoluta de 400 escaños con apenas un 30% de votos, cuando lo único que quería la gente era castigar a los conservadores y deshacerse de ellos.
Cada generación lleva su cruz. Hoy hay problemas como el coste de la vida, la falta de vivienda asequible, el calentamiento del planeta, la sensación de que los hijos van a vivir peor que los padres, la amenaza de la inteligencia artificial, presión migratoria, la diferencia abismal entre ricos y pobres... Y también ventajas (expectativa de vida, Estado de bienestar, avances en medicina y tecnología, viajes baratos, paz...). Los votantes del 2026 sienten ira, rabia y desilusión y han perdido la fe en el sistema. Churchill decía que los británicos son el único pueblo al que le gusta recibir malas noticias, pero ya no es así.