Las Claves
- Donald Trump ordenó una intervención militar en Venezuela donde la Delta Force capturó a Nicolás Maduro para procesarlo en Nueva York.
- Los halcones liderados por Marco
El jueves, Donald Trump advirtió a Irán con una intervención si no finalizaba el hostigamiento a las manifestaciones. El sábado, EE.UU. Efectuó una serie de ofensivas que, con una exactitud milimétrica, neutralizaron sectores clave de la capital venezolana, mientras un equipo de la Delta Force capturó a Nicolás Maduro y a su cónyuge para conducirlos a Nueva York, donde serán procesados por narcotráfico. Tratándose de un mandatario que inició su segunda gestión afirmando que detesta los conflictos bélicos y que no desea implicar a estadounidenses en confrontaciones foráneas, su primer ciclo anual en la Casa Blanca se ha distinguido por el ejercicio del poderío militar en los asuntos exteriores (asimismo en Yemen, Nigeria, y previamente en Irán). Y solamente han transcurrido doce meses...
Por varios meses, la Administración Trump ha oscilado entre las prioridades de los sectores pragmáticos y las de los “halcones” de Miami. El primer grupo se centraba en el business , en una resolución pactada que evitase entorpecer la extracción de las riquezas de crudo en la nación, poseedora de los depósitos certificados más extensos del globo. Se trataba del lobby tejano y, específicamente, de Chevron, entidad que ha mantenido sus operaciones con normalidad, sin verse afectada por las ofensivas que la fuerza militar gringa ha dirigido en las semanas previas contra los buques petroleros venezolanos. Las últimas tentativas de Nicolás Maduro para eludir la intervención reflejaban su disposición a permitir la entrada al sector de las corporaciones estadounidenses. Aquello constituía, tras conocerse el desenlace, su recurso final y fallido.
Finalmente se han impuesto los “halcones”, encabezados por el secretario de Estado, Marco Rubio. Son quienes sostienen que no existe posibilidad de una transformación acordada en Venezuela. Están seguros de que si cae Venezuela, Cuba lo hará después, la máxima aspiración del lobby de Miami, esa nación insular que sobrevive a través del crudo de Venezuela.
La guía de procedimientos para intervenir en el continente establece que el factor determinante para el cambio se halla en los cuarteles. Sin el respaldo del ejército, estas maniobras resultan sumamente complejas. El alto mando militar del régimen, favorecido por los ingresos del petróleo y el narco, se ha habituado al régimen.
Una simpatizante del gobierno chavista sostiene dos representaciones de Nicolás Maduro y su mujer, Celia Flores.
Resultan igualmente inciertas las perspectivas de la dirigente opositora, María Corina Machado, y su destreza para forjar una unión de intereses que le permita superar la fase actual. El apoyo otorgado a las incursiones en el Caribe no ha servido para elevar su prestigio dentro de una sociedad sumamente fragmentada.
Washington, inflexible en su búsqueda de predominio respecto a la totalidad de la región continental.
La intención de Trump de liderar el estado hasta que el relevo no se encuentre afianzado pretende solucionar dicho dilema: conseguir un soporte militar mínimo y un espacio más extenso para el entendimiento político.
En el momento en que Washington comenzó a interceptar embarcaciones rápidas en el Caribe, violando de forma evidente los principios de derechos humanos, resultaba razonable creer que estas maniobras estaban orientadas al beneficio político interno de una Administración que ha situado la migración y el tráfico de estupefacientes en el centro de su estrategia. En última instancia, la masiva presencia de fuerzas en el área ha anticipado la incursión militar en el resto del continente.
La agresión contra Venezuela resulta consistente con la estrategia que la Casa Blanca ha diseñado para la región. La toma de Groenlandia en cuanto resulte factible y Dinamarca se debilite; la incorporación de Canadá y, de paso, también de México; el recobro del canal de Panamá, punto de logística que anteriormente les perteneció. Además del desgaste, o incluso la supresión, de aquellas administraciones que no se alineen con las directrices dominantes de la derecha americana. En definitiva, un retorno a las épocas más oscuras del predominio de Estados Unidos dentro del hemisferio occidental.
Bajo ese marco debe interpretarse la injerencia en Venezuela; el hostigamiento hacia Colombia, asustada por la probabilidad de ser la próxima víctima, o el respaldo a las administraciones de Javier Milei en Argentina (incorporando estímulos financieros) o de José Antonio Kast en un Chile que posee yacimientos de litio y cobre, un par de recursos fundamentales para el sector tecnológico y armamentístico.
Resulta imposible no percibir en tales acciones una pugna entre EE.UU. Y China, nación que durante los últimos diez años ha expandido su influencia en Sudamérica, poniendo en riesgo ciertos suministros fundamentales para el coloso septentrional. Rusia y China, los principales aliados de Maduro recientemente, desempeñarán una función determinante en el tiempo venidero. El resultado final del escenario en Venezuela está vinculado igualmente a su postura. Queda por ver si promueven una resistencia extrema (poco factible). O si, siguiendo la tendencia de la actual configuración global y la distribución de zonas de control entre las naciones dominantes, colaboran en la mediación de un retiro favorable para las partes (incluyendo a los remanentes del sistema actual) que favorezca sus propios objetivos en las regiones del planeta donde exigen predominio.
Rusia y China se imponen: se perfila la distribución del mundo en extensas zonas de influencia.
Europa habría podido denunciar una actuación que contradice sus propios principios de hace décadas. Su respuesta llegó con retraso y de forma torpe, lo cual subraya su declive en un entorno global donde el poder se impone paulatinamente como la norma fundamental en los vínculos entre naciones.