
Una Europa comprimida entre imperios
El hambre de los imperios nunca se sacia. Cuando empiezan a comer, solo aumenta su apetito. Asistimos al regreso de una lógica imperial: grandes potencias que compiten despiadadamente por territorio, recursos y tecnologías, y reinstalan zonas de influencia. La coerción vuelve a ocupar un lugar central en la política internacional.
Europa se encuentra encajonada: comprimida entre imperios, sometida a una presión estratégica sin precedentes, vulnerable desde el exterior y erosionada desde el interior. Durante décadas, el Viejo Continente vivió bajo la ilusión de que la interdependencia económica y el derecho internacional habían sustituido a la fuerza bruta. Aquella ilusión se ha desvanecido.
La nueva competencia imperial no se libra solo con ejércitos. La carrera tecnológica es uno de los principales campos de batalla. De ella ha emergido una oligarquía digital global, concentrada en pocas manos, sin lealtades cívicas ni compromiso democrático. Poderes privados emergentes que configuran la opinión pública, dominan infraestructuras críticas y movilizan fuerzas reaccionarias hostiles al pluralismo y al Estado de derecho. La tecnología, que prometía emancipación, se ha convertido en un formidable instrumento de dominación.
En este contexto, Europa recibe presiones desde todos los flancos. Desde el este, Rusia es una amenaza directa, creíble y explícita. Su revisionismo histórico, su negación de la soberanía de sus vecinos y sus amenazas abiertas sobre territorio europeo no son retórica: son doctrina estratégica. Ucrania no es una anomalía, es la primera trinchera de la seguridad europea.

O Europa despierta, o un nuevo equilibrio imperial se impondrá sobre ella
Desde el oeste, el vínculo atlántico que sostuvo la posición estratégica europea durante la segunda mitad del siglo XX se ha roto. Estados Unidos ha cerrado su paraguas de seguridad y es explícitamente hostil a Bruselas y a todo lo que representa. Europa ha dejado de tener intereses geopolíticos sincronizados con Washington. Pretender que no ha sucedido no alterará la realidad.
Desde el este lejano, China avanza con determinación en la defensa de sus intereses económicos y estratégicos. En un contexto de competencia abierta con Estados Unidos por la hegemonía global, Pekín utiliza el comercio, la inversión y la dependencia tecnológica como palancas de influencia.
Y desde el interior, la amenaza adopta forma de fuerzas de signo autoritario que acaban actuando como embajadores de intereses extranjeros hostiles al proyecto europeo. Socavan la confianza en las instituciones, cuestionan el Estado de derecho y debilitan la cohesión interna de la Unión. En un mundo de imperios, los peones internos son tan valiosos como los ejércitos. Esta pinza geopolítica convierte todo en arma potencial: el comercio, la energía, la inmigración, las cadenas de suministro y la información. Los procesos electorales europeos ya están sometidos a injerencias sistemáticas y cada crisis se explota para dividir, intimidar o condicionar decisiones soberanas. Están en juego nuestros intereses económicos, nuestros valores democráticos y nuestra capacidad de gobernarnos conforme a nuestras propias leyes. Incluso nuestra seguridad física, si se consolida la idea de que las fronteras pueden redibujarse por la fuerza en Europa oriental.
Ante esta realidad, Europa no puede seguir actuando, con dignas y honrosas excepciones, como un sonámbulo: retórica pusilánime y estrategia de la adulación. La quiebra del respeto a la soberanía y a los principios básicos de la Carta de las Naciones Unidas, del Dniéper al Caribe, abre la puerta a un mundo más violento, impredecible y caótico. En ese mundo, la debilidad no es neutral: se castiga. La alternativa es clara, aunque exigente. Europa debe constituirse en una potencia digna de ese nombre: un actor soberano capaz de defender sus intereses, proteger su democracia y asumir de forma autónoma su seguridad. Eso implica capacidades militares creíbles, independencia tecnológica, resiliencia económica y una voluntad política acorde con su peso real.
EE.UU. Ha cerrado su paraguas de seguridad y es explícitamente hostil a Bruselas
Al mismo tiempo, Europa debe reafirmar su compromiso con el derecho internacional, la soberanía de los estados y la seguridad colectiva. Precisamente porque el mundo se brutaliza, alguien debe defender el orden internacional basado en normas frente al choque de imperios. Europa puede encontrar aliados en esa misión, una tarea necesaria para la protección de las libertades de los europeos.
La disyuntiva es clara y descarnada: o Europa despierta y se hace cargo de su porvenir, o un nuevo equilibrio imperial se impondrá sobre ella, la marginará estratégicamente y acabará por desguazar el proyecto de integración. En la era de los imperios, no elegir también es una forma de rendición.