Trump se atragantará con Venezuela

Diplomacia

Trump no ha secuestrado a Maduro por el petróleo y, mucho menos, por la democracia. La única razón de esta intervención militar es alimentar su insaciable ansia de poder. En Venezuela no hay un beneficio estratégico para Washington, como tampoco lo hay en Groenlandia, territorio OTAN donde Estados Unidos puede instalar más bases militares si quiere.

Maduro ya había aceptado darle acceso al petróleo y los minerales, igual que había acogido los vuelos con los deportados de EE.UU. Y liberado a más de cien presos políticos. Todo lo que Trump pide ahora a la presidenta interina Delcy Rodríguez, Maduro ya se lo daba.

El presidente de Estados Unidos ha secuestrado al de Venezuela porque tenía la fuerza para hacerlo y quería que todo el mundo lo viera. El objetivo era proyectar poder de una forma similar a la que hizo su gran ídolo, el presidente William McKinley, cuando declaró la guerra a España en 1898 para hacerse con Cuba, Puerto Rico, Guam y las Filipinas. En pocos meses, EE.UU. Pasó a ser un imperio. Ampliar el territorio nacional daba prestigio y ayudaba a la grandeza del país. La geografía y la riqueza eran los parámetros con los que se había medido el progreso de las sociedades desde hacía milenios.

Trump considera que el mundo es hoy el mismo de siempre, un espacio donde la fuerza debe utilizare para imponer el poder civilizatorio a las sociedades y países inferiores. Como es habitual en los líderes autoritarios, cree que la razón emana de la fuerza y no de las leyes ni de la moral colectiva. Esta semana ha confesado a The New York Times que solo su moral particular limitará sus acciones. Y ¿qué moral hay en secuestrar a un dictador si se mantiene la dictadura?

Performers on stilts dressed as former Venezuelan President Nicolas Maduro and his wife Cilia Flores wave during a march by government supporters calling for their release after U.S. forces captured them, in Caracas, Venezuela, Friday, Jan. 9, 2026. (AP Photo/Ariana Cubillos).

Imitadores de Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores, ayer en Caracas 

Ariana Cubillos / Ap-LaPresse

Las personas que se creen fuertes acostumbran a simplificar la realidad. Obran por instinto. Son impulsivos. En cambio, los que no se sienten fuertes son más precavidos. Antes de actuar, lo piensan todo dos veces. Trump, en consecuencia, utiliza muchos atajos mentales para no afrontar la complejidad del mundo. Lo reduce todo a la fuerza de las armas y al poder del dinero. Afirma, por ejemplo, que convertirá a Venezuela en un protectorado y explotará su petróleo. Se siente bien diciéndolo, pero, en realidad, no sabe muy bien lo que dice.

Ni EE.UU. Ni el mundo necesitan el petróleo de Venezuela, caro de producir y rentabilizar

Estados Unidos no necesita más petróleo. El mundo tampoco. El precio del barril ronda los 60 dólares –eran cien en el 2011– y, además, el crudo venezolano de nueva producción no costaría menos de 80. La industria está destrozada. Necesita grandes inversiones que las compañías petroleras estadounidenses no tienen claro cómo podrán recuperar.

A Trump le ha pasado en Venezuela lo que suele pasarle muchas veces a las personas con poder, que actúan de forma desmesurada. Creen que son más fuertes de lo que son.

El presidente parece no haber tomado en cuenta que cualquier intervención exterior provoca consecuencias no previstas. Ahora, por ejemplo, Venezuela, solo por el secuestro de Maduro, se ha convertido en un asunto primordial para EE.UU., un problema que no necesitaba y, además, muy difícil de resolver a medio plazo de manera exitosa porque la democracia está por hacer y la producción petrolera tardará años en recuperarse, y solo si hay garantías de que será rentable.

Trump se ha dejado llevar por el secretario de Estado Marco Rubio y por Pete Hegseth, el secretario de Defensa, dos halcones que le han hecho probar la miel de la fuerza.

Rubio es de origen cubano y tiene aspiraciones presidenciales. Quiere un cambio de régimen en Caracas que sea la antesala de otro en La Habana. Hegseth cree que el ejército hace grande a EE.UU.

Hacer grande a América, sin embargo, era otra cosa. El movimiento MAGA, base electoral del trumpismo, no quiere saber nada de aventuras militares en otros países. Sus ideólogos culpan a los neocons de los desastres en Irak y Afganistán. Sospechan que Rubio y Hegseth son neocons .

Venezuela, Epstein y las dificultades de la clase media dañan la relación entre Trump y MAGA

Trump y MAGA no pasan por su mejor momento. La sombra del fantasma Epstein es negra y alargada. ¿Hasta qué punto el presidente estuvo implicado en el tráfico sexual con menores?, se preguntan los acólitos de MAGA. Las pruebas que retiene el Departamento de Justicia pueden ser abrumadoras.

Muchos norteamericanos, y muchos de ellos en MAGA, llegan justos a fin de mes y culpan a Trump de que el crecimiento económico no les beneficia. El instituto Brookings calcula que un tercio de los hogares de clase media no ganan lo suficiente para pagar sus necesidades básicas. Es la mitad entre los latinos, colectivo importante del electorado republicano.

¿Contribuirá Venezuela al enriquecimiento de estas familias? Y ¿por qué el 70% de los estadounidenses era contrario a una intervención militar, según una encuesta de CBS/YouGov? Porque los seguidores de MAGA son aislacionistas y los demócratas se oponen al imperialismo que proyecta Trump.

El vicepresidente JD Vance lo ha visto muy claro y se ha apartado de la operación Venezuela. No sale en la foto de Mar-a-Lago. Entiende que al electorado conservador no se le seduce ocupando otros países sino defendiendo la sociedad blanca, cristiana y occidental.

Trump juega a las guerras en el Caribe mientras juega también a ser arquitecto en la Casa Blanca. Cree que si sigue así, con más guerras y remodelaciones, salvará la dura prueba de las elecciones legislativas de noviembre. Es muy posible, sin embargo, que ya las haya perdido.

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