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El misil Oréshnik hace vulnerable a Europa como al final de la guerra fría

El nuevo orden mundial

Moscú repite la superioridad que ya obtuvo la Unión Soviética con los  SS-20 en los ochenta

Transporte de un misil Oréshnik como el que fue lanzado por Rusia sobre Lviv (Ucrania) la pasada semana

Transporte de un misil Oréshnik como el que fue lanzado por Rusia sobre Lviv (Ucrania) la pasada semana

Uncredited / Ap-LaPresse

Del astuto y maquiavélico François Mitterrand, presidente socialista de Francia entre 1981 y 1995, se recuerda a menudo esta frase: “Los pacifistas están en el oeste y los misiles en el este”. La pronunció durante la grave crisis de los euromisiles, hace casi medio siglo, en la recta final de la guerra fría, cuando, en medio de grandes protestas en la calle, varios países de la OTAN preparaban el despliegue de misiles nucleares estadounidenses de alcance intermedio para contrarrestar a los SS-20 soviéticos ya operativos.

Salvando las distancias, la situación actual guarda un cierto parecido. El segundo lanzamiento por los rusos de su misil hipersónico Oréshnik (avellano en la lengua de Tolstoi), que golpeó en la noche del 8 al 9 de enero la ciudad ucraniana de Lviv, muy cerca de la frontera polaca y por tanto del territorio de la OTAN, ha desatado la alarma. En un discurso a las Fuerzas Armadas, anteayer, Emmanuel Macron expresó la voluntad de dotarse, en colaboración con Gran Bretaña y Alemania, de armas equivalentes y de sistemas para interceptar a los Oréshnik. “Estamos al alcance de esos tiros”, advirtió el presidente francés, quien era un niño de corta edad cuando el debate sobre los euromisiles sacudió el continente y la alianza transatlántica.

El problema de los SS-20, desplegados desde 1976, y potencialmente del Oréshnik, es que suponía un chantaje porque rompía el frágil equilibrio de la disuasión en Europa. Exceptuando Francia y el Reino Unido, con arsenales nucleares nacionales, los otros países europeos de la OTAN no poseían armas equivalentes. Ante un ataque, debían confiar en una respuesta estadounidense con armas estratégicas, pero existían dudas porque eso suponía exponer a las ciudades norteamericanas a un contragolpe soviético demoledor.

Fue el canciller alemán Helmut Schmidt, un socialdemócrata moderado y pragmático, un hombre con visión histórica, quien propuso a la OTAN la llamada “doble decisión” (negociación y, a la vez, despliegue de misiles) para forzar a Moscú. En un célebre discurso en el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) de Londres, en octubre de 1977, insistió en que “el principio de la paridad debe aplicarse a todas las armas y no solo a las estratégicas”. Sin una respuesta contundente de la OTAN, el canciller veía a Europa occidental desprotegida, subyugada al Kremlin y expuesta a toda clase de extorsiones.

No fue fácil convencer al demócrata Jimmy Carter, que entonces ocupaba la Casa Blanca. Mucho más receptivo se mostró su sucesor, el republicano y feroz anticomunista Ronald Reagan. Pero el verdadero desafío lo constituía la propia opinión pública europea, especialmente en la República Federal de Alemania (entonces la Alemania occidental).

El canciller alemán Schmidt dudaba de la solidaridad atlántica y propuso instalar los Pershing II y Cruise

De las masivas manifestaciones pacifistas y antinucleares surgió el partido de Los Verdes, que logró diputados en el Bundestag. El mismo Schmidt vio como su partido, el SPD, se dividía y su coalición con los liberales se fracturaba. En otoño de 1982 cayó en una moción de censura que aupó al poder al democristiano Helmut Kohl, su gran rival, confirmado en unas elecciones pocos meses después, en 1983, y que permanecería en el poder durante 16 años.

Finalmente el plan de Schmidt se hizo realidad porque Kohl y su ministro de Exteriores, el incombustible Hans-Dietrich Genscher, también lo respaldaron con firmeza. Fueron desplegados 572 misiles Pershing II y Cruise en bases en Alemania, el Reino Unido, Italia, Bélgica y los Países Bajos.

Aquel duro pulso entre los dos bloques por los euromisiles y la agresiva política rearmamentista de Reagan con su Iniciativa de Defensa Estratégica –popularmente bautizada como “la guerra de las galaxias”– contribuyeron al debilitamiento definitivo de la URSS, ya muy minada desde el interior.

La llegada al poder del reformista Mijaíl Gorbachov en Moscú propició un deshielo con Estados Unidos y una negociación con Reagan que se plasmó en uno de los acuerdos de desarme más importantes de la historia, el tratado INF (Intermediate Nuclear Forces) para desmantelar todos los misiles de alcance intermedio, un pacto del que tanto Estados Unidos como Rusia se han retirado en los últimos años.

El problema del Oréshnik es que, como hace medio siglo, rompe el equilibrio de la disuasión

Los expertos occidentales albergan dudas sobre las características del Oréshnik y su origen. Se cree que es una versión adaptada de un viejo misil intercontinental. Tampoco hay certeza sobre si podría portar en efecto hasta seis cabezas nucleares de trayectorias independientes. Lo cierto es que sus dos lanzamientos, sobre Dnipró en 2024 y sobre Lviv la semana pasada, han generado preocupación, al igual que su reciente despliegue en Bielorrusia. Su velocidad de 13.000 kilómetros por hora hace muy difícil interceptarlo porque, disparado desde Bielorrusia, por ejemplo, llegaría a París en diez minutos.

Si durante la crisis de los euromisiles, en plena guerra fría, la solidaridad atlántica hacía dudar a Schmidt, es lógico que la duda sea hoy mucho mayor en Europa con un presidente como Trump que flirtea con Putin por el reparto de áreas de influencia y de negocios.

Eusebio Val Mitjavila

Eusebio Val Mitjavila

Corresponsal de 'Guyana Guardian' en París

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Corresponsal de 'Guyana Guardian' en París desde el 2018. Anteriormente fue corresponsal en Alemania (1994-2002), en Estados Unidos (2002-2009) y en Italia y ante el Vaticano (2009-2018)

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