Starmer cierra el paso a un rival por el liderazgo del Labour
Reino Unido
Andy Burnham, alcalde de Manchester, es el político laborista más popular

Andy Burnham es alcalde de Manchester desde el 2017

Pregunta de test psicológico para solicitar un trabajo o el ingreso a un colegio o universidad de élite: ¿ficharía usted a un colega brillante pero ambicioso, que abiertamente desea tu puesto, con tal de mejorar el equipo, o vetaría su acceso por miedo a que intrigue y le haga la cama? Keir Starmer, en la versión política de la prueba, ha optado por lo segundo.
Andy Burnham, el alcalde de Manchester, es con diferencia el político laborista más popular del país, con más gente que aprueba su gestión de la que lo critica. Y en los últimos meses no se ha callado la lengua a la hora de denunciar la gestión de Starmer, decir que las cosas tienen que cambiar y sugerir que él haría un trabajo mucho mejor. Numerosos diputados del Labour comparten esa opinión.
Cincuenta diputados critican una decisión del primer ministro que atribuyen al miedo a ser reemplazado
En medio de las especulaciones sobre si Starmer será el candidato de su partido en las próximas elecciones (previstas para el 2029), y si sobrevivirá al pronosticado batacazo en las autonómicas de mayo en Escocia y Gales, el nombre de Burnham sale sistemáticamente a relucir.
El problema es que Burnham no tiene actualmente un escaño en el parlamento de Westminster, requisito imprescindible para ser primer ministro. Al producirse una vacante en la circunscripción de Gorton and Denton (un suburbio de Manchester), el alcalde vio la oportunidad esperada y lanzó su sombrero al ruedo, tan sólo para encontrarse con el veto de la Comisión Ejecutiva del Labour, controlada por Starmer.
La decisión ha incendiado la guerra civil en el seno del laborismo, con figuras como la ex vice primera ministra Angela Rayner y el alcalde de Londres Sadiq Khan a favor de que Burnham fuera el candidato, una carta abierta de cincuenta diputados a Downing Street pidiendo que reconsidere la decisión (idea que ha sido descartada) y críticas a la “cobardía” de Starmer, y a que haya antepuesto su miedo a ser derrocado a cualquier otra consideración.
El pretexto que han dado Starmer y sus aliados es que habría quedado vacante la alcaldía de Manchester, haciendo necesaria una elección, distrayendo recursos de la campaña para las autonómicas y municipales de mayo, y todo ello con el riesgo de que se la llevase el populista ultra Nigel Farage. Pero a nadie se le escapa que el primer ministro es enormemente impopular, y el grupo parlamentario cree que hay otras figuras (Burnham, Rayner, el ministro de Sanidad Wes Streeting, la titular de Interior Shabana Mahmood...) Que llevarían mejor el timón y tal vez impedirían que la nave se estrelle contra los acantilados. Porque eso es lo que significaría perder Gales por primera vez en la historia, que los nacionalistas del SNP obtengan un quinto mandato consecutivo en Escocia, y que Farage conquiste numerosos municipios ingleses.
El bloqueo a Burnham otorga una importancia adicional a la elección parcial por el escaño de Gorton a Denton a finales de mes, un bastión laborista tradicional con una mezcla de profesionales de clase media, musulmanes (un 28%) y votantes de la antigua clase trabajadora. Los sondeos sugieren que el Labour las pasará canutas para no perder ante Farage o los Verdes, que bajo el liderazgo de Zack Polanski se están convirtiendo en la principal opción de izquierda radical. Y si pierde, la culpa se le atribuirá a Starmer por no haber permitido que se presente el candidato más popular y un peso pesado del Partido.
Starmer emprendió ayer una misión a Pekín en busca de inversiones
Starmer emprendió ayer una misión a Pekín en busca de inversiones y en medio de un escándalo sobre el pinchazo de teléfonos de políticos británicos por parte de los servicios de inteligencia chinos, y eso que había prometido dedicar menos tiempo a los viajes y la política internacional (el terreno en el que mejor se mueve), y concentrarse en intentar reducir el coste de la vida, que es la mayor preocupación de los votantes.
A Starmer, con una tendencia más autoritaria de lo que sugiere su imagen, se le ha diagnosticado a la vez síndrome de déficit de atención (a las cuestiones domésticas), ansiedad (por el miedo a perder el cargo) y paranoia (ve enemigos por todas partes). Un médico le daría la baja, como al millón y medio de británicos que percibe ayudas por problemas de salud mental, pero la baja es precisamente lo que no quiere. Él quiere seguir a toda costa.
