Las temperaturas extremas favorecen la posición de Rusia en Ucrania.
Guerra en Europa
Someter a los ciudadanos al frío intenso constituye actualmente la meta fundamental de la campaña de bombardeos.

Los residentes de Kyiv encienden una hoguera para resguardarse del clima gélido, cocinar alimentos y socializar en los momentos en que las alarmas de bombardeo lo permiten.

Ucrania no había experimentado una temporada invernal tan rigurosa en bastante tiempo. El cambio climático solía limitar el frío más intenso a escasas semanas, habitualmente durante febrero. No obstante, este enero está resultando helador, registrando mínimas de 20 grados bajo cero y máximas que difícilmente superan el punto de congelación. Los pronósticos de cara a la semana entrante resultan todavía más desalentadores. En Kyiv, se espera que las temperaturas máximas se sitúen cerca de los 15 grados negativos.
Rusia utiliza las bajas temperaturas para quebrar la voluntad de aguante de los ciudadanos. Arremete contra las plantas de energía y el sistema de suministro. Los recientes ataques sobre Kyiv han privado de electricidad a un millón de individuos y han dejado a 6.000 viviendas sin suministro térmico.
“Está siendo muy duro”, reconoce Olga Tarnovska, traductora y responsable de un videoblog acerca del conflicto bélico. “Vivimos sin nada de lo que es normal para la mayoría de la humanidad –explica–. Luz, calefacción, agua corriente e internet son servicios que van y vienen, y cuando funcionan es una alegría inmensa”.
Cerca de cuatro años han transcurrido desde la ofensiva masiva del ejército ruso y Ucrania continúa su defensa. Los ucranianos experimentan un sentimiento de orgullo, a pesar de estar exhaustos.
“Estamos cansados y enojados –reconoce el escritor Andréi Kurkov–. “Aguantamos, pero es muy difícil. Yo y mi mujer dormimos en un colchón en el suelo del pasillo, junto a la estufa de gas. Es importante estar lejos de la ventana, tanto por la amenaza de los drones rusos como por el frío. Hace tiempo que ya no bajamos al refugio”.
Tras varias semanas de intenso frío, la siguiente resultará todavía más cruda, registrándose en Kyiv máximas de 15 grados bajo cero.
Kyiv destaca como la ciudad europea con el mayor número de torres y Kurkov habita en una de ellas. Las aeronaves no tripuladas rusas cuentan con abundantes objetivos para atacar y gran parte de los ciudadanos se encomienda al azar.
Olga Tarnovska reside igualmente en una torre elevada y le resulta complicado acudir al refugio. Tal acción significaría pasar la noche allí diariamente, sin intimidad y rodeada de residentes exhaustos.
“El año pasado solo hubo dos días sin alarmas antiaéreas -explica–, y desde el 1 de enero no ha habido ninguno”.
Pese a las bajas temperaturas y la carencia de electricidad o calefacción, en las plataformas sociales circulan grabaciones de ucranianos danzando y preparando comida al aire libre. “Parece que se lo pasan bien, pero es una ilusión”, afirma Olga Rudenko, responsable del portal informativo The Kyiv Independent . “No es una prueba más de la resistencia sin límites del pueblo ucraniano –añade–. Creerlo es peligroso, porque los ucranianos necesitamos ayuda. Necesitamos, por ejemplo, municiones para las defensas antiaéreas.”
En Kyiv y distintas localidades, los funcionarios han desplegado amplias carpas que cuentan con climatización y corriente eléctrica por medio de generadores de gasoil. Tales estaciones de ayuda funcionan para refugiarse del clima gélido, recargar dispositivos móviles y tomar comida caliente antes de retornar a la vivienda.
“El año pasado solo hubo dos días sin alarmas antiaéreas”, relata Olga Tarnovska desde Kyiv
Ciertas familias han instalado carpas en el salón de sus viviendas. Las mantienen calientes mediante calefactores de baterías o con bloques que han acumulado calor al lado de alguna estufa de gas.
“Sobrevivimos, pero el coste es enorme –reconoce Olga Tarnovska–. El cuerpo se desgasta física y psíquicamente. Soportamos una carga enorme. El peso de la guerra es extenuante”.
El mandatario Volodímir Zelensky comunica que las plantas que continúan funcionando apenas logran producir el 60% de la electricidad requerida por la nación. Ucrania adquiere el máximo posible de corriente eléctrica desde Eslovaquia, Polonia, Hungría, Rumanía y Moldavia, aunque todavía resulta indispensable realizar cortes de luz periódicos con el fin de asegurar la estabilidad del sistema.
Las agencias de espionaje alertan que Rusia organiza un ataque con proyectiles y aeronaves no tripuladas hacia las tres instalaciones de energía más importantes que aún funcionan, actualmente vulnerables por la escasez de suministros destinados a los sistemas de protección aérea.
“Es una desgracia que a Rusia se le permita torturar a millones de personas con el frío, mientras el mundo mira para otro lado, distraído por las maniobras de Donald Trump”, manifiesta su pesar Olga Rudenko.
Al autor Andréi Kurkov le asombra la gran capacidad de aguante que surge cuando no queda otra opción.
A partir del comienzo del conflicto, Rusia ha golpeado las instalaciones de energía de Ucrania. El Kremlin argumenta estas acciones con el fin de mermar el potencial defensivo y presionar a Zelensky durante los diálogos hacia un posible cese de hostilidades.
Las fuerzas de Rusia progresan por el sector este, aunque de forma lenta y asumiendo un sacrificio humano inmenso. La predicción más reciente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales señala que al llegar la primavera se habrán sobrepasado los dos millones de víctimas. Rusia habrá registrado 1,2 millones de bajas –contando fallecidos, lesionados y extraviados– mientras que Ucrania alcanzará las 600.000.
Pese a tal barbarie, Kurkov opina “la guerra seguirá más o menos igual. Ni ellos ni nosotros vamos a ceder”. Además de los motivos políticos y estratégicos de Kyiv y Moscú para mantener el combate, Kurkov subraya el impacto de la guerra en la vida cotidiana de una sociedad completa. “Llega un momento –dice–en el que la resistencia se convierte en tu modo de vida. Yo nunca hubiera imaginado que pudiéramos resistir tanto, pero cuando no hay alternativa, todo es posible”.
“El instinto de supervivencia no tiene límites –señala Olga Tarnovska–. ¿Cómo, si no, podemos seguir adelante sin dormir ninguna noche entera? Todo lo que hacemos es por instinto, como apretar los dientes hasta que se nos caen.”
Drones rusos impactan un ferrocarril que, con cinco fallecidos y decenas de lesionados, arriba a su terminal.
La determinación de continuar se hizo patente el martes, cuando tres drones rusos impactaron contra un ferrocarril en la zona de Járkiv. En el interior se hallaban 291 pasajeros, cinco de los cuales perdieron la vida y decenas sufrieron heridas. Los conductores desvincularon los vagones incendiados y consiguieron desplazar el resto de la formación hasta la estación de destino.
“Así seguirán las cosas mientras Putin siga vivo”, vaticina Andréi Kurkov.