La corona británica está en shock tras la detención
Falta de estabilidad en el Reino Unido
Andrés de York lidera el
detenido por irregularidades en su puesto

El expríncipe Andrés en un coche a la salida de la comisaría de Norfolk tras doce horas de arresto

A lo largo de la historia monarcas británicos, desde Carlos I hasta María de Escocia, han sido ejecutados, han muerto en batalla o de hambre encerrados en la Torre de Londres, han sido depuestos, asesinados de un flechazo en una cacería, acuchillados o les han cortado la cabeza. No todo ha sido coser y cantar para la más alta de las instituciones de este país, pero lo de ahora es lo nunca visto, que un miembro de la familia real, hermano del rey y octavo en la línea de sucesión al trono, haya sido detenido como un vulgar criminal.
Más allá del conflicto individual que atraviesa Andrés Mountbatten-Windsor, identificado anteriormente como el príncipe Andrés y el duque de York, estamos ante la crisis más profunda en la trayectoria reciente de la monarquía inglesa, equiparable únicamente a la renuncia al trono de Eduardo VIII en 1936 y al fallecimiento de la princesa Diana en 1997. No obstante, aquel primer evento resultó de una elección personal afectiva, mientras que el otro fue un infortunado siniestro vial, careciendo ambos de supuestas conductas ilícitas o la ejecución de infracciones penales. Las consecuencias podrían resultar devastadoras para la reputación y la continuidad misma de la institución. Solo el transcurso de los días lo confirmará.
La figura de Andrés constituía desde hacía tiempo un deshonor para los Windsor a causa de sus distintos manejos y las imputaciones de abusos sexuales, hasta tal extremo que el pasado octubre su hermano mayor le privó de sus honores monárquicos, y este mismo año fue desalojado del Royal Lodge, el domicilio que habitaba en el entorno del castillo de Windsor mediante el pago figurado de un grano de pimienta como renta. El afloramiento de los informes sobre el caso Epstein por el Departamento de Justicia de Estados Unidos lo situó en la diana, y ayer los sucesos se desencadenaron. Según plasmó Ernest Hemingway en The Sun Also Rises (“Fiesta”), los hechos transcurren lentamente y luego de forma súbita.
Investigan a Andrés por presuntas irregularidades cometidas
Siendo las ocho de la mañana de una jornada invernal plomiza y pasada por agua, bajo una molesta llovizna que penetraba hasta el esqueleto, una hilera de automóviles y camionetas con agentes uniformados y de civil acudieron a Wood Farm, la residencia donde reside de forma provisional Andrés en las tierras del Palacio de Sandringham (condado de Norfolk) después de ser echado de Windsor. El antiguo príncipe se encontraba tomando el desayuno. Se trataba de la fecha de su 66 aniversario, una jornada que difícilmente evocará con alegría.
Por lo menos no tuvo que pasar la noche entre rejas, ya que doce horas después de su detención fue visto saliendo en coche de la comisaría. Pero las velas y el pastel serán para otra ocasión, porque se pasó el día entre la sala de interrogatorio y una celda con un simple camastro, un retrete, un orinal y paredes desnudas, sin que la sangre azul le sirviera para nada. Como a cualquier hijo de vecino sospechoso de la comisión de un delito, le sacaron una foto, le tomaron las huellas dactilares para establecer su identidad, se le concedió el derecho de hacer una llamada telefónica a su abogado y se le leyeron sus derechos, entre ellos el de permanecer callado. Como en las películas. Muy duro todo para alguien que ha crecido con una cuchara de plata en la boca, acostumbrado a que le vistan y le lleven el desayuno a la cama, y a tratar a los sirvientes con condescendencia, como seres inferiores.

¿Qué pasará ahora? Andrés Mountbatten-Windsor ha sido puesto en libertad mientras la policía y la fiscalía determinan si hay indicios suficientes para justificar una persecución por mala conducta en el ejercicio de un cargo público, un delito difícil de probar y que normalmente se aplica a policías que se exceden en la realización de sus funciones. La pena máxima no es ninguna broma: cadena perpetua.
Los archivos del asunto Epstein apuntan a que facilitó a su compañero pederasta material de índole confidencial.
En el caso de Andrés, la investigación se va a centrar en los diez años (2001 al 2011) en que ejerció como enviado comercial especial del Reino Unido, un cargo que le permitió viajar por el mundo a cargo del contribuyente británico para entrevistarse con jeques árabes, oligarcas rusos y dictadores de todas partes, supuestamente para promocionar el país y buscar inversiones interesantes. En concreto, se sospecha que proporcionó documentos confidenciales de Estado a su amigo Epstein después de misiones a Singapur, Vietnam, China y Hong Kong, y le habló de oportunidades de hacer negocios con minas de uranio y oro en la provincia afgana de Helmand. Pero probarlo más allá de toda duda razonable no va a ser fácil, porque hará falta demostrar que cometió la ofensa de manera consciente y voluntaria, sabiendo lo que hacía, que fue grave e impactó sobre la seguridad nacional.
Para el rey Carlos III, el día había comenzado tranquilo, con un encuentro en el Palacio de Saint James con la nueva embajadora española en el Reino Unido, Emma Aparici, el embajador de El Salvador y el Alto Comisionado de Kenia. Pero en ese momento no sabía el terremoto institucional que se le venía encima, porque la policía no le informó previamente de la operación para detener a su hermano, como sí hizo en cambio con el Ministerio de Interior.
Liberan al exduque de York tras doce horas
El monarca emitió un comunicado reconociendo la gravedad de la situación, expresando su preocupación por Andrés y afirmando que “ahora la ley tiene que seguir su curso”, que fue como decir que lo deja a su suerte y que sea lo que Dios quiera. Hace ya tiempo que está hasta el gorro de las indiscreciones de su hermano calamidad, ya sean abusos de tipo financiero o sexual, hasta el punto de que ha hecho todo lo posible por quitárselo de en medio. Pero la sangre es la sangre y la familia es la familia.
Agentes entraron en su vivienda mientras desayunaba
Los royals eligieron mostrarse optimistas frente a las dificultades, siguiendo adelante con sus compromisos previstos como si nada ocurriese. Carlos se presentó en una exhibición de prendas de Stella McCartney en la zona céntrica de Londres, en medio de una amalgama de ovaciones y protestas, y atendió “no comment” a las dudas de la prensa. La reina Camila estuvo presente en un recital de una orquesta sinfónica de la cual es protectora, y la princesa Ana —tal vez de modo premonitorio— acudió al centro penitenciario de la urbe de Leeds. De hecho, hasta la fecha ella representaba el único componente de la realeza con antecedentes judiciales, aunque fuesen de poca importancia (una sanción de 600 euros debido a que su perro mordió a una niña, y otra de 500 euros por rebasar la velocidad permitida).
En el supuesto de que el ministerio público, después del atestado de la policía, opte por interponer una denuncia oficial, el proceso se denominará R (por rex, rey) frente a Andrew Mountbatten-Windsor. Esto implica un enfrentamiento de Carlos III ante su pariente, bajo una trama digna de una obra de Shakespeare al estilo de Otelo, Macbeth, Hamlet o Ricardo III. No obstante, el perjudicado en este infortunio no resulta únicamente el exduque de York, sino una entidad fundamentada en la responsabilidad y el compromiso a cambio de una existencia de lujos en residencias de ensueño, desplazamientos internacionales, recepciones, actos oficiales y funciones líricas. De acuerdo con diversos sondeos, del 25% al 38% elegirían a un mandatario nacional votado en las urnas, una cifra que se eleva significativamente en el sector juvenil.
El 19 de febrero de 1960, cuando la difunta reina Isabel tuvo su tercer hijo, era imposible imaginar que 66 años después, en otro invierno igual de frío, triste y gris que aquel, el que nació príncipe habría dejado de serlo, y se convertiría en el primer miembro de la Casa Real arrestado en la era moderna, un dudoso honor. La oveja negra de los Windsor se ha superado a sí mismo después de las acusaciones de violación y abuso sexual que presentó contra él Victoria Giuffre, una australiana que formaba parte del harén de Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell con sólo 17 años, y a la que tuvo a su disposición en varias ocasiones, tanto en Estados Unidos como en Londres. Para evitar el escándalo, el asunto se zanjó con una indemnización estimada en doce millones de euros que pagó su madre de su fortuna personal. La norteamericana, nacionalizada después australiana, se suicidó a los 41 años de edad tras haber escrito unas memorias. Sus hermanos celebraron los acontecimiento de ayer como un acto de justicia, aunque demasiado tarde.
Carlos III se distancia de su hermano y afirma que
Las actas del expediente Epstein reveladas por el Departamento de Justicia norteamericano señalan que el delincuente le proporcionaba mujeres habitualmente, y que mínimamente le remitió una adicional “que le gustaría” a Londres, con quien estuvo la velada en Windsor y a la cual después ofreció una visita con té y desayuno en el Palacio de Buckingham como muestra contundente de su atención.
Por las razones que fuera, Andrés fue siempre el hijo predilecto de Isabel II, más que Carlos, Ana o Eduardo. Le consintió y le perdonó todo. Y cuando insistió en ser nombrado enviado especial para comercio en representación del país, la reina presionó fuertemente a Tony Blair para que lo hiciera a pesar de tratarse de una anomalía. Una decisión que a título póstumo empaña su buen juicio.
“Nadie está por encima de la ley”, manifestó el mandatario Keir Starmer, quien se ha visto perjudicado por el asunto Epstein debido al involucramiento de su antiguo representante en Washington, Peter Mandelson. En este momento, Andrés debe aguardar con inquietud mientras los investigadores analizan cada evidencia recolectada en sus residencias, y determinan si hay pruebas de responsabilidad bastantes para iniciar un proceso legal. El monarca Carlos deberá igualmente aguardar para comprobar si un litigio en los tribunales lo pone en conflicto directo con su hermano. La corona británica se estremece y ha tomado precauciones ante la sacudida más intensa y arriesgada de su trayectoria contemporánea.
