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El desafío para la derecha europea que supone el ascenso de la ultraderecha

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Los extremistas han registrado un crecimiento electoral sostenido gracias a su capacidad para explotar temáticas como la inmigración, la identidad nacional, la seguridad y la oposición a las agendas de género

Marine le Pen, Ursula von der Leyen y Giorgia Meloni, mujeres que pueden dominar la política europea de los próximos años. 

Marine le Pen, Ursula von der Leyen y Giorgia Meloni, mujeres que pueden dominar la política europea de los próximos años. 

Agencias

En las últimas décadas, Europa ha sido testigo del ascenso sostenido de fuerzas de ultraderecha. Lo que comenzó como una serie de movimientos marginales con escasa representación política ha evolucionado hasta convertirse en un fenómeno de gran envergadura, con partidos que han integrado –o lideran actualmente– gobiernos en países como Italia, Hungría, Finlandia y Países Bajos, entre otros. Este proceso plantea desafíos fundamentales para las democracias liberales, especialmente para la derecha convencional, que enfrenta una creciente presión para radicalizarse o redefinirse. Al mismo tiempo, obliga a todos los actores del arco democrático a repensar cómo construir coaliciones amplias que integren la diversidad de electorados opuestos a la ultraderecha.

La expansión electoral de la ultraderecha

Los partidos de ultraderecha europeos han registrado un crecimiento electoral sostenido gracias a su capacidad para explotar temáticas como la inmigración, la identidad nacional, la seguridad y la oposición a las agendas de género. Su discurso articula una crítica feroz contra el progresismo y el orden liberal establecido, al que acusan de haber traicionado a la mayoría silenciosa. Aunque su éxito varía según el contexto nacional, el patrón es claro: en muchos países europeos, estas fuerzas ya no representan una anomalía, sino que se han normalizado como actores legítimos dentro del sistema político.

Si bien suele afirmarse que el auge de la ultraderecha se debe a votantes desencantados de la izquierda, la evidencia empírica sugiere que se trata más bien de una reconfiguración dentro del campo político de la derecha. Siempre han existido votantes de clase baja y acomodada que sostienen ideas conservadoras. Hoy, esos electores se enfrentan a un campo de opciones políticas que incluye tanto a partidos de derecha convencional, apegados a los principios de la democracia liberal, como a fuerzas de ultraderecha que promueven un modelo democrático iliberal.

Mapa de la extrema derecha europea tras las elecciones europeas de 2024. 
Mapa de la extrema derecha europea tras las elecciones europeas de 2024. Laura Aragó

Frente a este escenario, la derecha convencional –en particular los partidos conservadores, cristianodemócratas y liberales– se halla en una encrucijada. Por un lado, enfrenta una presión electoral para aproximarse a las posiciones de la ultraderecha y así supuestamente recuperar votantes atraídos por ese discurso. Por otro, corre el riesgo de perder su identidad democrática y liberal si asume un tono excesivamente radical o autoritario.

Algunos partidos de derecha convencional han optado por cooperar con la ultraderecha, ya sea mediante coaliciones formales o adoptando parte de su agenda, especialmente en materia migratoria o de seguridad. Esta estrategia puede ofrecer réditos electorales a corto plazo, pero genera tensiones internas y erosiona los valores democráticos que han definido históricamente a la derecha moderada. Francia es ejemplo de esta tendencia. Diversos estudios advierten que el costo de esta radicalización puede ser alto: no solo se pierde legitimidad, sino que se normaliza el discurso iliberal y se potencia el crecimiento de la ultraderecha a expensas de la propia derecha convencional.

La alternativa para la derecha convencional es diferenciarse con claridad de la ultraderecha, evidenciando su radicalidad. Ello no implica eludir temas como la inmigración o la seguridad, sino abordarlos de forma compatible con los principios del Estado de derecho: respeto a las minorías, división de poderes, protección de los derechos civiles y autonomía de las instituciones –como tribunales y órganos de fiscalización– que por buenas razones no están sometidos al control directo del electorado. El liderazgo de Merkel en Alemania ejemplifica este camino, el cual obliga a formar gobiernos ideológicamente diversos, muchas veces con la centroizquierda.

El dilema de las coaliciones democráticas

Frente al avance de la ultraderecha, una de las preguntas estratégicas más urgentes es cómo articular coaliciones democráticas amplias capaces de frenarla electoralmente y preservar el orden liberal. Esta tarea no es sencilla, ya que implica conciliar electorados diversos: desde votantes de centroderecha preocupados principalmente por la estabilidad, pasando por sectores progresistas comprometidos con la defensa de los derechos culturales y conectando también con electores más apáticos, sin posturas ideológicas tan claras ni necesariamente mucho interés en la política.

Para que estas coaliciones sean viables y efectivas, es necesario asumir al menos tres principios. Primero, reconocer que el auge de la ultraderecha no es un fenómeno coyuntural, sino estructural. No desaparecerá por sí solo y, por tanto, exige respuestas políticas sostenidas. Segundo, entender que la unidad democrática no debe construirse únicamente en función del rechazo a la ultraderecha, sino sobre una agenda propositiva que recupere la confianza ciudadana y reafirme el valor del pluralismo político. Tercero, reconocer que muchos de quienes hoy votan por la ultraderecha no están perdidos para la democracia: lo hacen por miedo, frustración o descontento, y podrían reincorporarse a opciones democráticas si estas logran ofrecer una narrativa creíble y movilizadora.

El éxito de la ultraderecha no se debe a un giro conservador generalizado en la opinión pública, sino a la capacidad de ciertos liderazgos de canalizar miedos e identidades heridas

Construir este tipo de coaliciones implica partir de una constatación empírica clave: en general, las fuerzas de ultraderecha generan más rechazo que apoyo entre la ciudadanía. Si bien han acumulado un respaldo considerable, aún más numeroso es el segmento que se opone a ellas. Basta observar la imagen internacional de figuras como Donald Trump: ¿los ciudadanos europeos lo ven como un modelo a seguir? En su mayoría, no. Por eso, las ultraderechas europeas deben aclarar si buscan replicar el modelo trumpista. Y si dicen que no, corresponde interpelarlas sobre en qué difieren realmente de ese ideario excluyente y crecientemente autoritario.

Al mismo tiempo, académicos y actores políticos deben reflexionar sobre cuáles son los puntos en común que pueden unir a los distintos electorados opuestos a la ultraderecha. Una posible convergencia radica en la idea de que las diferencias deben ser procesadas mediante el diálogo y el compromiso. En este sentido, el consenso no debe entenderse como una rendición de principios, sino como una conquista democrática fundamental. Asimismo, es necesario evitar caer en la trampa de centrar el debate exclusivamente en los temas que domina la ultraderecha, como la migración. Es clave ampliar la agenda e incluir otras áreas críticas para la ciudadanía, donde la ultraderecha tiene escasa credibilidad. Un ejemplo elocuente es la cuestión de la vivienda: se trata de un problema que afecta a amplios sectores en toda Europa, pero que ni los partidos de derecha convencional ni los socialdemócratas han logrado abordar de manera convincente. ¿Acaso han sabido formular una política efectiva al respecto?

El éxito de la ultraderecha no se debe a un giro conservador generalizado en la opinión pública, sino a la capacidad de ciertos liderazgos de canalizar miedos e identidades heridas. No es que las sociedades europeas se estén volviendo más reaccionarias, sino que la inclusión de grupos históricamente marginados —como mujeres o inmigrantes— ha provocado una sensación de pérdida de estatus en ciertos segmentos de la población. Se trata de minorías muy ruidosas, amplificadas por las redes sociales y hábiles liderazgos de ultraderecha.

Hacia un nuevo pacto democrático

En definitiva, el avance de la ultraderecha en Europa plantea un desafío existencial para las democracias liberales. La derecha convencional debe decidir si se radicaliza para competir con los nuevos actores o si reafirma su compromiso democrático. Las fuerzas progresistas, por su parte, deben ampliar sus alianzas hacia el centro y construir una visión de futuro inclusiva, pero también sensible a los temores que recorren amplios sectores de la sociedad.

La respuesta al fenómeno ultraderechista no puede ser únicamente reactiva. Se requiere una renovación del pacto democrático que combine políticas redistributivas con una defensa activa de los valores liberales, un compromiso genuino con la ciudadanía y una narrativa común que reintegre a quienes hoy se sienten excluidos por el cambio social. Solo mediante una estrategia clara, cohesionada y audaz será posible contener a la ultraderecha, revitalizar la democracia y asegurar que el futuro de Europa no sea capturado por quienes desprecian sus principios fundacionales.

Cristóbal Rovira Kaltwasser es profesor de Ciencia Política, Pontificia Universidad Católica de Chile

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