‘Sembrar palabras’
Ana Santos, bibliotecaria, historiadora, feminista y escritora, relata en Sembrar palabras (Espasa) la epopeya intelectual y humana de varias mujeres extraordinarias –amordazadas– que heroicamente fueron sembrando palabras durante los últimos 500 años, hasta lograr que toda mujer en España hoy tenga derecho a educación y a escribir sin vetos a su libertad. Santos subtitula “El despertar intelectual de las mujeres” su ensayo. Cuenta que solo desde 1838 pudo la mujer entrar en la Biblioteca Nacional de España (en un cuartito aparte) y que Beatriz Bernal (siglo XVI) escribió una novela de caballerías feminista (Minerva), y que la feminista barcelonesa Francisca Bonnemaison creó la Biblioteca de la Mujer, primera biblioteca pública femenina de Europa.
¿Bibliotecaria?
Media vida, hasta dirigir la Biblioteca Nacional de España durante diez años.
¿Satisfecha?
Satisfecha de nuestras bibliotecas públicas, uno de los mayores logros colectivos de la democracia española.
Esto se dice poco.
Yo sí: no hay ciudad española que no haya inaugurado su biblioteca pública desde la transición. Son centros de convivencia, sobre todo en el medio rural. Un orgullo.
¿Cómo nace su vocación bibliotecaria?
De padre militar y madre ama de casa, yo era una niña que leía: Los siete secretos, Los Cinco, antes Kasperle...
A mis siete años me lo leía mi profesora.
Yo quise ser ese saltimbanqui con cascabeles que daba volteretas por el mundo.
¿Qué sintió al frente de la Biblioteca Nacional (BNE)?
Que ahí se depositan (por ley) todas las ideas impresas de este país. Concretamente, dos ejemplares de cada nuevo libro... Y también de cada videojuego.
¿Desde cuándo existe la BNE?
Felipe V cedió su biblioteca real al pueblo español, en el siglo XVIII. Eso incentivó la aparición futura de más bibliotecas. Y España ha avanzado al compás de sus bibliotecas: durante la II República y ¡sobre todo! Con la transición a la democracia.
¿Tan importantes son las bibliotecas?
Claro, en España las bibliotecas fomentan la cohesión social y la inclusión, de las mujeres en particular.
¿Tienen que ver las bibliotecas con que haya más lectoras que lectores?
Se ve en los numerosos clubs de lectura: son mujeres, mayoritariamente.
¿Y los jóvenes?
Hoy el género de la fantasía romántica engancha a muchas chicas desde los doce años: ¡ojalá sigan leyendo de adultas!
¿Qué mujer debería ser la patrona de las lectoras, en España?
Teresa de Jesús, que en el siglo XVI leía y escribía: poquísimas mujeres podían hacerlo, tan solo monjas e hijas de nobles.
Tenían mérito.
Hace 500 años la mujer tenía vetado leer y escribir, por considerarla inútil intelectualmente. Teresa, muy osada, se remitió al mandato divino para soslayar ese freno.
¿A qué otra mujer lectora y literata honraría desde estas líneas?
A sor Juana Inés de la Cruz, en la Nueva España del siglo XVII: se hizo monja para satisfacer su pasión por leer y aprender. Y reclamó el derecho de toda mujer a la educación. Pero su confesor la censuró y obligó a vender sus libros... Y a humillarse en esa obra titulada Yo, la peor de todas.
¡Qué bajón!
Algo mejoró el asunto gracias a la Ilustración, laica y comprometida en fomentar el progreso material e intelectual.
¿Progresaron también las mujeres?
Hubo un debate candente sobre eso, como pone de manifiesto la obra En defensa de las mujeres, del padre Feijóo, donde el fraile ilustrado esgrime que ¡el pecado original “no fue quizá solo culpa de Eva”!
Y si avanzamos algo más en el tiempo...
Pienso en Josefa Amar, feminista ya a principios del siglo XIX: sostuvo que nada separa a mujer y hombre en cuanto a capacidad intelectual. Y así Josefa creó asociaciones de damas, por vez primera.
¡Ya tocaba!
Y empezó ya a haber escuelas para niñas. Si bien la educación infantil no sería obligatoria en España hasta el año 1909.
Hace solo... 117 años.
Y fue ya la enseñanza obligatoria hasta los doce años. Pocas niñas seguían...
¿Y la primera mujer en la universidad?
Entró en 1910, fue noticia y burlonamente la llamaron “el doctor con faldas”.
Y ya en el siglo XX, ¿cómo le fue a la mujer en el ámbito de la cultura?
Emilia Pardo Bazán se definió como “feminista radical” y creó la Biblioteca de la Mujer, con novelas que denunciaban la violencia contra las mujeres a manos de hombres. Y se atrevió a novelar el deseo femenino, a principios del siglo XX.
¿Estaba muy sola por entonces?
Hubo otras mujeres, como Rosario de Acuña, que tuvo que esperar a que muriese su padre para ponerse a escribir: sería feminista, obrerista y anticlerical. O como Concha Méndez, que viajó mucho para escapar de la opresión de su familia.
Que la dictadura de Franco reforzó.
Ardieron libros y bibliotecas, se impuso el miedo a pensar y la censura previa... ¡y la mujer, a casa, a leer La perfecta casada!
¿Y hoy qué tal estamos?
La mujer puede hoy lavar sus trapos sucios por escrito en páginas de libros, que son honestos y útiles. Pero... Temo hoy que perdamos todo lo alcanzado por la mujer desde la transición a la democracia.
