Discursos mesiánicos
Sabe programar un robot, diseccionar un imperio y oler la trampa tecnológica antes de que tenga forma. Lleva años investigando cómo unas pocas empresas, con discursos mesiánicos y promesas de progreso, moldean el futuro con modelos de inteligencia artificial que nadie ha votado. En El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo (Península), esta reportera curtida en The Atlantic, MIT Technology Review y The Wall Street Journal pone nombre, cifras y contexto a la nueva fiebre colonial: una carrera tecnológica que devora agua, datos, energía y trabajo precario. Tras más de 250 entrevistas, Hao ofrece algo más que una radiografía del sistema que engendró Altman. Una industria opaca que promete curar el cáncer mientras externaliza el trauma; que se presentan como salvadores, pero avanzan conquistando.
Cuál es el mayor impacto de la IA en la sociedad?
Está erosionando la democracia. Las megacorporaciones que la desarrollan están construyendo un nuevo tipo de imperio: acumulan poder, capital y recursos a escala planetaria.
¿La IA nos lleva de nuevo a los imperios?
La industria tecnológica en EE.UU. Necesita ingentes cantidades de capital, recursos naturales, mano de obra y explotación de otros recursos críticos.
De eso nos estamos enterando ahora.
Consolidan un poder político y económico gigantesco mientras socavan la autodeterminación, la dignidad y los derechos humanos de muchas personas.
¿Cómo se ha construido este imperio?
Según decisiones políticas e ideológicas. Cuando OpenAI empezó, querían dominar el desarrollo de la IA, una tecnología crucial para acumular poder e influir en el futuro del mundo.
Suena conspiranoico.
Y para lograrlo, eligieron un camino fácil: en lugar de investigar con creatividad, optaron por priorizar tecnologías existentes: apostaron por el dinero, los datos y la velocidad.
¿Y ahora en qué punto estamos?
Necesitan supercomputadoras del tamaño de ciudades. Para entrenar modelos, requieren cientos de miles de chips y enormes cantidades de energía, agua y tierra. Representa un consumo de recursos sin precedentes.
¿La IA compite con la vida?
Sí. Estas infraestructuras necesitan recursos que antes usaban comunidades: agua dulce, energía constante... Y todo para alimentar modelos que no sabemos bien si necesitamos.
¿No podrían funcionar con renovables?
No con las actuales. Las instalaciones operan 24/7, y las renovables no alcanzan ese ritmo. Hablan de fusión nuclear como solución, pero eso es ciencia ficción, y quieren construir todo esto en ocho años.
¿Sus tácticas también son imperialistas?
Veo 4 paralelismos: acaparan recursos como los datos; explotan mano de obra barata; monopolizan el conocimiento científico financiando o empleando a los investigadores, y venden una narrativa moral en la que ellos son el “imperio bueno” frente al “malo”, ya sea China o Google.
¿Y esa narrativa tiene tintes religiosos?
Algunos creen que crearán una especie de “dios IA” que nos salvará o destruirá.
¿Y hay evidencias científicas?
No. El 75% de los investigadores encuestados no cree que estemos cerca de lograr una inteligencia artificial general (IAG).
La IAG parece la panacea.
Para algunos es un asistente personal perfecto; para otros, algo capaz de curar el cáncer o generar ingresos milmillonarios. La IAG se ha convertido en lo que cada empresa necesita que sea para convencer a los inversores. Pero no hay tecnología que cumpla esas expectativas hoy en día.
Sam Altman, ¿manipulador o líder?
Trabajé para él, y es ambas cosas. OpenAI empezó como una oenegé para atraer talento con ideales. Cuando logró ese talento, abandonó sus principios y se convirtió en una empresa opaca y ambiciosa.
¿Y ese cambio?
Al inicio no podían competir con Google en capital, pero sí en propósito. Reclutaban personas motivadas por una misión superior.
¿La política influye en la IA?
Mucho. Con Trump, las empresas relajaron la moderación de contenidos para adaptarse a su retórica. Pero también presionan al poder: los gobiernos necesitan que mantengan el crecimiento económico.
¿Qué papel juegan países del sur global?
Son esenciales. Miles de trabajadores en Kenia o Venezuela corrigen errores, limpian datos, conversan con los modelos. Sin ellos, la IA no funciona. Pero no se les reconoce ni compensa.
¿Qué regla esencial se debería imponer?
La transparencia. Debemos saber qué datos usan, cuánta energía consumen, a quién venden los modelos. La opacidad actual pone en riesgo nuestros derechos.
¿Los usuarios somos conscientes del riesgo de la IA?
Cada vez más. En EE.UU. Y Europa crece la preocupación por el impacto en la salud mental, el empleo, los deepfakes … La gente empieza a conectar los problemas con la industria de la IA.
¿Qué modelo de poder está construyendo la IA?
Un orden donde una élite influye sobre miles de millones. Es una tecnología persuasiva. La IA está construyendo un orden autoritario sin que nos demos cuenta.
¿Qué futuro nos augura?
El futuro lo escriben quienes deciden escribirlo. Si todos nos sentamos a la mesa y participamos en decidir cómo se desarrolla la tecnología, podemos construir un futuro mejor donde la IA eleve la vida de todos.
