
El último disparate: Una montaña rusa en la costa
A pie de calle
Seguimos metidos en el debate sobre qué hacemos con las vías del tren de la costa que inmortalizó la canción de Los Sírex. Esta es una infraestructura que sufre los embates de los temporales cada vez más frecuentes y que los expertos vaticinan su desaparición cuando el mar se la meriende debido al cambio climático.
La solución tiene visiones diferentes según dónde se pregunta. Por un lado, la Generalitat no quiere oír hablar de trasladar las líneas afectadas al interior, como proponen los geólogos, porque tendría un coste muy alto. A cambio, el Govern apuesta por medidas de protección de las vías que rescatarían las denostadas regeneraciones de las playas y la instalación de espigones sumergidos para apaciguar la fuerza de las olas antes de que lleguen al litoral, que se reforzaría con escolleras.
Plantear una vía elevada frente al mar es una bofetada con la mano abierta al territorio
Es curioso que estas regeneraciones rechazadas con gran estrépito político, se vuelvan a considerar como solución para proteger no solo el tren, sino las viviendas que están en primera línea desde hace siglos y que ahora le ven las orejas al lobo.
Por su parte, el Gobierno central reconoce que la solución definitiva sería el traslado y soterramiento de la vía hacia el interior. No obstante, comparten con la Generalitat que este proyecto tardaría 30 años y sería muy caro, unos 10.000 millones. Por eso, apoyan la opción del Govern de aplicar medidas de defensa más baratas (1.000 millones) y ejecutables en 4 o 5 años. No obstante, esta obra de defensa del litoral habrá que hacerla tanto si se traslada la vía como si no porque será imprescindible para proteger las poblaciones costeras. En caso contrario, a largo plazo no solo habría que evacuar el tren sino a toda la gente que vive frente al mar.

El ministro de Transportes, Óscar Puente, entró la semana pasada en este debate y lanzó una propuesta “a título personal” que consiste en elevar la vía del tren en algunos tramos. Los técnicos consideran “un disparate” esta idea de tren aéreo discontinuo porque no resolvería el problema del impacto del mar y, sobre todo, porque los trenes no pueden ir subiendo y bajando como las montañas rusas. Sin olvidar el impacto ambiental, que sería mucho peor que el tramo actual.
Este impacto es especialmente crítico en el Maresme, una zona castigada por dos barreras artificiales: la mencionada vía del tren y la carretera N-II. Los casi 500.000 habitantes de esta comarca sueñan desde hace generaciones con liberarse de estas dos cicatrices que les separa del mar. Por esta razón, los alcaldes prefieren el traslado de la vía porque, aunque tarde más tiempo, daría una solución definitiva. A pesar de esto, consideran compatible el plan de defensa del litoral que propone la Generalitat y exigen que no se pierda más el tiempo en debates estériles.
Por este motivo, hablarles ahora de que no solo no les van a quitar la vía del tren, sino que se propone elevarla por tramos, es una bofetada con la mano abierta que ni tan solo aliviará la propuesta de pacificación de la carretera N-II que la Generalitat ha decidido impulsar tras años de retraso. Por cierto, esta pacificación llega en el peor momento para la movilidad por el fallo sistémico de Rodalies que ha derivado a muchos viajeros a la carretera, ya sea en bus o en coche particular. Este fenómeno, sumado al aumento de la población por la expulsión de ciudadanos de Barcelona debido a la crisis de la vivienda, condena a la comarca al colapso por la falta de fiabilidad en los trenes y porque se reduce a la mitad su capacidad viaria.
Sería aconsejable que se piense bien qué hacer, que se consensúe con quienes lo van a sufrir y que antes de soltar propuestas ilusas se escuche más a los técnicos porque esto de pasar del Tutiki Splash actual por el impacto de las olas, a un Dragon Khan de sube y baja es una broma.
