Más allá de los Pirineos, el misterio que conecta los carnavales vascos con Bulgaria o el Cáucaso
Ritos invernales
Personajes como el ‘hartza’, el oso’, o los portadores de cencerros, los ‘joaldunak’ se repiten en celebraciones invernales de toda Europa gracias a una arcaica conexión

El ‘hartza’, rodeado de los ‘joaldunak’, entre las localidades de Ituren y Zubieta, en la comarca de Malerreka, en el norte de Navarra.

A menudo encadenado y solo a veces liberado; temido en muchas ocasiones y siempre celebrado, el hartza, el oso de los carnavales vascos, se alza como una de las figuras más icónicas de estos rituales que anuncian el lento final del invierno, el progresivo alargamiento de los días y el retorno de la vida. El hartza ya ha hecho su aparición en Ituren y Zubieta, al son de los cencerros de los joaldunak, y en las próximas semanas visitará también Arizkun, Markina, Segura, Eibar o Beskoitze.
Lo sorprendente es que este oso que abandona la hibernación es también una figura central en rituales invernales similares que aún perviven en toda Europa, desde Galicia hasta Eslovenia, y desde Croacia hasta el Cáucaso, pasando por los Kukeri de Bulgaria. En todos los casos aparece como un protagonista extraño y fascinante, casi exótico, un eslabón perdido de un mundo que apenas alcanzamos a comprender y que nos conecta con costumbres arcaicas.

“Hay un hilo neolítico que une estos rituales invernales en toda Europa. Tenemos que pensar en comunidades totalmente ligadas a la naturaleza y que ritualizan los momentos de cambio. Tras una época oscura y dura como el invierno, el sol empieza a ganar terreno y se vive un despertar de la naturaleza. Estos carnavales rurales son rituales de tránsito celebrados por comunidades que tienen esa observación común de una naturaleza que empieza a despertar. Esa motivación era la misma en Portugal que en los Balcanes, dentro de una Europa en la que existían migraciones y movimientos de personas. De ahí surgen intercambios culturales que cada pueblo adapta”, explica Aitor Ventureira, escritor e investigador en el ámbito de la etnografía.
Es en ese contexto en el que aparecen personajes comunes. “Vemos el oso en festejos invernales desde Galicia hasta el Cáucaso. Simboliza que se termina el invierno, un ciclo duro, y que vuelve la naturaleza, y aparece en culturas que habitan lugares montañosos. Algunas teorías aluden también a rituales chamánicos, y otras los vinculan con las matres, las diosas neolíticas de la fertilidad. En el caso vasco, esa diosa es Mari. Juan Antonio Urbeltz, mientras, ve el oso como un señor de los animales, que simboliza un bailar del caos que espanta las plagas”.
Ocurre algo similar con otros elementos como los cencerros. Los joaldunak de Ituren o Zubieta, hoy tan icónicos en la cultura vasca, se parecen a los zamarracos de Cantabria y a otros portadores de cencerros que vemos en Bulgaria. “Venimos de un mundo que estaba más interconectado de lo que pensamos”, añade.

Lo que sí es un elemento diferencial en el caso de los carnavales vascos, o vasconavarros, es el increíble proceso de revitalización que han vivido. Cuando en febrero de 1964 el antropólogo e historiador Julio Caro Baroja visitó Lantz, sus hoy conocidísimos carnavales habían caído en el olvido.
Acompañado de su hermano Pío Caro y de un operador del No-Do, el célebre vascólogo tuvo serias dificultades para recrear algo que se pareciese al carnaval rural que se celebraba antes de la Guerra Civil. Los jóvenes ni siquiera conocían aquellas tradiciones y el único hombre que sabía tocar con el txistu las melodías tradicionales estaba de luto.
Julio Caro Baroja, no obstante, logró rescatar de manera puntual aquel carnaval, previo permiso de las autoridades franquistas, y dejó una grabación que ha quedado para la historia. Seis décadas después, Miel Otxin y Ziripot, sus personajes centrales, son conocidísimos en la cultura vasca, y el carnaval de Lantz es un Bien de Interés Cultural.

Desde los carnavales rurales de Zalduondo hasta las maskaradak de Zuberoa, el interés por estos festejos se ha generalizado de manera inusitada en las últimas décadas.
“En el caso vasco, la revitalización de estos festejos comenzó antes y se han reivindicado de manera más decidida. El esfuerzo que se está haciendo ahora en otras regiones empezó ya desde los años 70, y eso ha permitido incluso recuperar de manera fiel carnavales rurales que se habían perdido. Es un fenómeno singular que tiene que ver con ese impulso por revitalizar la lengua y la cultura vasca, y también con el trabajo de estudiosos como Barandiaran o Aranzadi”, indica Aitor Ventureira.
Además, algunos elementos de estos estos carnavales tradicionales se han fusionado con expresiones culturales contemporáneas que mueven a miles de personas dentro y fuera del entorno cultural vasco.
Un buen ejemplo es el proyecto Mitoaroa del grupo navarro Zetak. Hace un año llenó dos veces el Navarra Arena de Pamplona, congregando a 30.000 personas, y en septiembre colgó el sold out durante tres días en el pabellón donostiarra de Illunbe (40.000 personas en total). En junio llenará dos veces el estadio de San Mamés (100.000 personas, en total) con una tercera entrega de este espectáculo en euskera.
“Es impresionante lo que está haciendo: ha logrado acercar la cultura tradicional a gente muy joven. Soy un defensor a ultranza de esa apuesta, y soy muy poco purista para esto: mantener puras las tradiciones significa desaparecer”, indica.
Los carnavales rurales más conocidos viven hoy una situación opuesta a la que encontró Caro Baroja cuando visitó Lantz, en 1964, o Ituren seis años después. “Es cierto que existe el riesgo de la masificación o incluso de la desnaturalización”, admite Ventureira.
Lo positivo, en todo caso, es que en pleno siglo XXI aún es posible disfrutar de celebraciones genuinas, capaces de despertar un enorme interés social y de conectarnos con nuestro pasado a través de un hilo que se pierde en el tiempo. “Es importante acercarse a ellas con respeto y saber qué es lo que estamos viendo, porque en este caso se trata de tradiciones que nos vinculan con el neolítico y con la naturaleza”, concluye.

